Año 1, núm. 6, enero de 2026
ISSN 3122-3583
voces
El mundo sin paraguas: militarización, tecnología y el fin de la inocencia democrática
Entrevista de Jesús Caudillo a Bernardo Navazo
La militarización contemporánea ya no avanza solo con ejércitos y uniformes. En esta entrevista, Bernardo Navazo explica cómo el reordenamiento del poder global, la retirada relativa de Estados Unidos y la centralidad de la tecnología han normalizado la excepción y colocado a las democracias frente a una intemperie estratégica inédita.
Durante décadas, buena parte del mundo occidental vivió bajo una certeza silenciosa: la seguridad estaba garantizada. No era un asunto central del debate público ni una preocupación cotidiana. La guerra pertenecía al pasado o a geografías distantes. El orden internacional parecía estable, previsible, administrable. La democracia, con todas sus imperfecciones, podía darse el lujo de discutir identidades, derechos, mercados y culturas sin preguntarse demasiado por la fuerza que la sostenía. Bernardo Navazo sostiene que esa época terminó.
No por un solo evento ni por una ruptura súbita, sino por un proceso acumulativo que fue erosionando el andamiaje invisible sobre el que se apoyaba la política global. “Durante veinticinco o treinta años nos socializamos en la idea de que Estados Unidos siempre iba a estar”, dice. Esa presencia no era solo militar. Era simbólica, cognitiva y estructural. Funcionaba como punto de fuga para decisiones políticas, económicas y estratégicas. Hoy, ese punto de fuga se ha desplazado.
El mundo no colapsó, no desapareció el sistema internacional, siguen existiendo Estados, fronteras y diplomacia. Lo que se quebró fue la ilusión de estabilidad permanente, y en ese vacío, lo que regresa con fuerza es el militarismo, no como ideología explícita, sino como lógica organizadora del presente.
El fin del “paraguas” estadounidense obliga a los Estados a repensar la seguridad como responsabilidad propia.
El fin del orden cómodo
Para entender este momento, Navazo propone abandonar explicaciones simples. No estamos, dice, ante una lucha moral entre democracias y autoritarismos. “Esa etiqueta no explica lo que está ocurriendo”. A lo largo de la historia, esas categorías han sido instrumentos políticos, redefinidos según convenía a cada bloque.
Lo que sí permite comprender la transformación es observar la secuencia de quiebres que, desde mediados de la década pasada, marcaron un cambio de época: Ucrania, Brexit, la victoria de Trump en 2016, la guerra comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China, la pandemia, la retirada de Afganistán, el regreso de Trump al poder. Cada evento aceleró inercias previas.
A partir de 2014, señala Navazo, Estados Unidos inició un retraimiento estratégico. No un aislamiento total, sino una redefinición selectiva de sus compromisos. El llamado pivote hacia Asia dejó de ser retórico. Europa, acostumbrada a delegar su seguridad, comenzó a percibir algo inquietante: el paraguas se estaba encogiendo.
“Ese paraguas, al menguar, nos deja a la intemperie”, dice Navazo. Y la intemperie no es solo militar. Es emocional, narrativa y política. Implica asumir que la seguridad deja de ser un dato y se convierte en una responsabilidad propia.
Ese reconocimiento fue lento y doloroso. Durante años, parte de las élites europeas se aferraron a la nostalgia transatlántica, a la idea de que el vínculo podía ajustarse sin romperse. Pero los acontecimientos terminaron imponiendo otra lectura: el mundo cómodo había quedado atrás.
Un mundo que se reorganiza
Navazo propone un marco claro: estamos transitando hacia un mundo bipolar. No una reedición exacta de la Guerra Fría, sino una bipolaridad adaptada al siglo XXI. Solo dos actores —Estados Unidos y China— concentran las capacidades necesarias para ejercer poder en todas las dimensiones relevantes.
“Una gran potencia es la que puntúa alto en todas las áreas del poder civilizatorio humano”, explica. Militar, económica, tecnológica, científica, educativa. Bajo ese criterio, ni Europa ni Rusia ni India alcanzan plenamente ese estatus. Son actores relevantes, pero no estructurantes.
Esto no significa que el sistema internacional haya cambiado de naturaleza. “Siguen existiendo naciones y Estados”, dice Navazo. Lo que cambió es el entorno. Durante décadas, el orden estadounidense proporcionó coherencia. Al debilitarse, emergen zonas grises, espacios disputados y márgenes de incertidumbre.
Europa enfrenta aquí un dilema profundo. Debe realizar un salto cognitivo acelerado. Ministerios, ejércitos, empresas estratégicas y servicios de inteligencia fueron formados bajo la premisa de una protección permanente. “Formaba parte de nuestro tuétano”, afirma. Desaprender eso en pocos años no es sencillo.
De ahí la centralidad actual del debate sobre autonomía estratégica, capacidades propias y defensa. No como deseo belicista, sino como respuesta a la vulnerabilidad.
La militarización actual opera de forma difusa: atraviesa tecnología, economía y decisiones políticas cotidianas.
Militarización más allá del uniforme
Hablar hoy de militarismo exige ampliar el foco. No se trata solo de ejércitos, tanques o presupuestos de defensa. La militarización contemporánea es más difusa, transversal y silenciosa.
Navazo es tajante: “La tecnología no es una fuerza per se”. No avanza sola ni determina la historia por sí misma. Existe como potencial hasta que un actor político decide cooptarla para obtener poder. La innovación técnica siempre ha estado ahí. Lo que cambia es quién la usa y para qué.
El caso del 5G es ilustrativo. Las tecnologías necesarias existían desde hacía décadas. Lo que no existía era la voluntad política de explotarlas. Estados Unidos, como hegemonía consolidada, prefería vivir de las rentas del sistema que dominaba. China, en cambio, identificó un nicho estratégico y apostó a largo plazo.
Ese patrón se repite en la inteligencia artificial, el machine learning, las comunicaciones seguras, la ciberseguridad. No es innovación por curiosidad científica. Es innovación orientada a la competencia.
En este contexto, la ingeniería recupera un protagonismo histórico. “En tiempos de paz, el ingeniero tiene menos brillo”, observa Navazo. En tiempos de tensión, se convierte en figura estratégica. El constructor de sistemas, el diseñador de algoritmos, el creador de infraestructuras críticas pasa al centro del poder.
La guerra del siglo XXI se libra tanto en el campo de batalla como en los servidores. Drones, sistemas autónomos, edge computing, decisiones distribuidas. La capacidad de decidir más rápido que el adversario se vuelve decisiva. La militarización ya no siempre lleva uniforme.
Seguridad contra pluralismo
Más allá de la geopolítica, Navazo apunta a un problema político profundo: el impacto de la inseguridad sobre la democracia.
“En momentos de alta inseguridad, discursos fuertes ayudan a consolidar una masa social”, afirma. Es una observación incómoda, pero históricamente consistente. Cuando la amenaza se percibe como existencial, las sociedades tienden a cerrar filas. Se endurece el lenguaje. Se construye un “nosotros” frente a un “ellos”.
En contextos de tensión extrema, explica, los Estados buscan minimizar fisuras internas. Aparecen discursos chauvinistas, procesos de centralización del poder y restricciones al pluralismo. La figura del líder fuerte emerge como punto de referencia emocional.
“La idea de que hay alguien al mando nos da tranquilidad”, dice. Pero ese mismo mecanismo entra en tensión con la democracia deliberativa, basada en contrapesos y diversidad de voces.
La democracia no desaparece de inmediato, se reconfigura. Acepta excepciones en nombre de la seguridad. Normaliza la vigilancia. Tolera opacidades antes impensables. El militarismo contemporáneo no necesita suspender elecciones para erosionarla; le basta con instalar la amenaza permanente.
El mundo transita hacia una bipolaridad estructural donde solo Estados Unidos y China concentran poder integral.
Sistemas sociales en competencia
Navazo propone cuestionar las categorías con las que solemos analizar el mundo. Democracia, autoritarismo, dictadura. Palabras cargadas de moralidad que, a menudo, ocultan más de lo que revelan.
“Quizá nos sea más útil pensar que estamos ante una competencia entre sistemas sociales”, sugiere. Cada uno organiza a su población de una manera distinta y produce ciertos resultados: orden, crecimiento, innovación, control.
China ha logrado construir poder, reducir pobreza y desarrollar capacidades tecnológicas. También ejerce control y vigilancia intensos. Estados Unidos produce innovación y cultura, pero enfrenta polarización extrema. Europa ofrece estabilidad e institucionalidad, pero tiene dificultades para actuar con rapidez en crisis.
Las etiquetas se vuelven móviles. Durante décadas, Estados Unidos y Europa se reconocían como democracias similares porque eran aliados. Hoy, al cambiar la relación, emergen las diferencias. China, antes definida solo como autoritaria, comienza a describirse como un sistema con características propias.
América Latina: militarización desde dentro
Desde Europa, Navazo observa América Latina con cautela, pero su marco permite algunas lecturas. En muchos países de la región, la militarización no responde a amenazas externas, sino a conflictos internos: violencia, crimen organizado, debilidad institucional.
El caso mexicano es paradigmático: la transferencia de funciones civiles a las fuerzas armadas no surge como proyecto ideológico, sino como solución pragmática ante la incapacidad del Estado. El resultado, sin embargo, converge con otros contextos: concentración de poder, opacidad, erosión de controles civiles.
Navazo recuerda que Europa tardó siglos —y atravesó niveles extremos de violencia— en construir Estados capaces de canalizar el conflicto sin recurrir sistemáticamente a la fuerza. “Nos costó setecientos años”, dice. América Latina sigue recorriendo ese camino bajo presiones crecientes. Aquí, la militarización es síntoma antes que causa.
La excepción deja de ser extraordinaria y se convierte en lógica permanente de gobierno.
El legado del siglo XXI
Hacia el final, surge la pregunta por el legado generacional. Si el siglo XX fue el siglo del reconocimiento de derechos, ¿qué define al XXI?
Navazo evita respuestas tajantes, pero arriesga hipótesis: el fin de la hegemonía estadounidense, la consolidación de China, la transformación del espacio digital, la erosión de la atención y de las capacidades cognitivas.
Entre todas, una preocupación destaca: cómo enfrentar un mundo más inseguro sin perder el humanismo. “No podemos ser ingenuos”, advierte. Las amenazas son reales. Ignorarlas sería irresponsable. Pero responder sacrificando el diálogo y la dignidad del otro implica un costo civilizatorio enorme.
El militarismo tiende a simplificar, a dividir, a reducir al adversario a amenaza. Resistir esa deriva no significa renunciar a la defensa, sino preservar la capacidad de reconocer humanidad incluso en el conflicto.
Ese es, quizá, el dilema central del mundo sin paraguas: aprender a vivir en la intemperie sin convertirla en desierto.


























