Año 1, núm. 6, enero de 2026
ISSN 3122-3583
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El militarismo que fundó el régimen posrevolucionario
Redacción El Diluvio
Tras el triunfo revolucionario, el poder no se institucionaliza: se reparte entre generales. En este capítulo, Vicente Blasco Ibáñez desmonta la mitología heroica y exhibe cómo la revolución multiplicó caudillos armados que convirtieron el mando militar en vía de ascenso político, riqueza y control.
Este texto forma parte de una selección editorial de El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez, publicada originalmente en 1920. Para profundizar en su mirada crítica sobre el poder armado y el origen del régimen posrevolucionario, pueden consultarse también otros capítulos clave: Capítulo III. El ciudadano Obregón, donde Blasco retrata el carisma y el cinismo del caudillo triunfante; y el Capítulo VII. Los generales, quizá el alegato más directo contra el militarismo como forma de gobierno. Cada uno de estos textos está disponible en los enlaces al final de este artículo. Al tratarse de una transcripción fidedigna, se han respetado la construcción gramatical y la sintaxis originales del autor, como parte del valor histórico y literario del texto.
La revolución no produce una élite civil renovada, sino una proliferación de generales con poder territorial y político.
IV. Más héroes de la revolución
El segundo candidato á la presidencia de la República, don Pablo González, es un personaje que ha permanecido en segundo término, como obscurecido por la vida exuberante y la popularidad agresiva de Obregón.
Yo no he visto de cerca al general González. Es una personalidad que no inspira un deseo vehemente de conocerla, como su contrincante Obregón y otros personajes de las revueltas mejicanas. La figura de don Pablo resulta indecisa; parece escapar á la atención del observador por más que éste se reconcentre. Los retratos le muestran como un hombre algo subido de color, de cejas y bigote muy negros y poblados y unos lentes oscuros que no dejan ver sus ojos.
Este último detalle ha debido inquietar muchas veces á Pancho Villa, al que le inspiran tanto recelo los anteojos azulados de don Venustiano.
Son numerosos los que tienen á don Pablo por hombre de gran disimulo, y consideran que usa estos cristales ahumados para evitar que nadie lea en sus ojos sus impresiones. Yo conozco algunos amigos de don Pablo, que juran que éste es un buen hombre. Conozco también á muchísimos enemigos suyos que lo pintan como un falso buen hombre, hipócrita y tortuoso, de una bondad puramente exterior y una historia personal llena de hechos censurables.
Su biografía militar resulta asombrosa.
—Es el general que ha mandado mayores fuerzas en la revolución y ha tenido el honor de no ganar jamás el más pequeño combate.
Así me pintaron á González el presidente Carranza y sus amigos más íntimos, un día que les pregunté sobre la personalidad de este caudillo. Don Venustiano añadió con una sinceridad que no sé si era verdadera:
—Pero don Pablo es tan serio, tan respetable…
Efectivamente, la profesión más prominente del general González parece haber sido la de hombre serio y bondadoso, aunque sus enemigos afirman que jamás fué una cosa ni otra.
El público, que habla de Obregón familiarmente y llama á secas por sus apellidos á casi todos los personajes revolucionarios, no puede nombrar á este general sin anteponer á su nombre el tratamiento de Don. González es siempre don Pablo, como Carranza es don Venustiano y como Díaz era don Porfirio. Aparte de estos tres dones, no hay más en Méjico. A nadie se le ocurrirá nunca llamar don Álvaro al general Obregón, que se familiariza con todos.
Cuando éste y don Pablo hacían propaganda, cada uno por su lado, bajo el gobierno de Carranza, para obtener la presidencia, se vió un raro movimiento en la opinión. Los conservadores, las personas tranquilas, las gentes de ideas religiosas, tuvieron que escoger un candidato, y todos instintivamente se inclinaron hacia don Pablo.
El tal don Pablo ha tratado con pocos escrúpulos el derecho de propiedad cuando iba al frente de sus tropas; ha fusilado á muchas gentes públicamente, y además sus enemigos le acusan de haber dispuesto otras muertes en secreto. En punto á creencias religiosas, no ha dado muestra hasta ahora de tenerlas determinadas y firmes. Pero todos los prudentes, á quienes inspiraban miedo la acometividad y la exuberancia de Obregón, tuvieron empeño en olvidar la historia pasada de don Pablo ó hicieron su apología electoral repitiendo siempre lo mismo:
—¡Es un hombre tan serio!… ¡Es un hombre que piensa tanto las cosas antes de hablar!…
Hay gentes que se marchan por instinto con el que no habla, creyendo que el silencio es el signo de toda sabiduría; del mismo modo que hay otros que sólo se sienten cautivados por los que hablan mucho y muy fuerte.
Don Pablo González, cuentan sus enemigos que en su juventud era mozo de molino con cuarenta pesos mejicanos al mes. Ahora figura como uno de los hombres más ricos de la nación en propiedades rústicas y en dinero.
¿Qué ha hecho para realizar este milagro?…
Simplemente ser general.
No ría el lector ni dé á esto una interpretación maliciosa. Ser simple general en Méjico es mucho más, desde el punto de vista pecuniario, que ser generalísimo en Inglaterra, Francia, ó los Estados Unidos.
Se entiende que hablo del general que manda tropas, pues el que no manda á nadie es un pobre diablo que cobra un mezquino sueldo —si es que no se lo quitan por ser sospechoso al gobierno— y no tiene más esperanza que una nueva revolución para poder tomar el mando de algunas fuerzas.
En Méjico no existe una administración militar como en los otros países, y el jefe de las tropas recibe directamente del gobierno el dinero necesario para su sostenimiento, distribuyéndolo á su gusto. El presidente se guardará muy bien de pedirle explicaciones y aclaraciones sobre los gastos. Estas curiosidades, molestas para un gentleman, son contestadas siempre con un levantamiento revolucionario.
De aquí que un general con mando no necesite atentar á la propiedad de los individuos para crearse rentas. Le basta con apropiarse una parte de los dineros del gobierno.
Lo malo es que la mayoría de los generales tienen dos manos, como decía Obregón, y mientras con la una acarician las cajas del gobierno, con la otra —para que no esté ociosa— arañan también las de los particulares.
Todo jefe de cuerpo de ejército recibe al mes una respetable cantidad de miles de pesos para el forraje de su caballería. Se embolsa el dinero, y á continuación da una orden para que los caballos salgan á pastar en los campos de los particulares. Esto del forraje es para los pueblos de Europa, donde la caballada militar no puede comer gratuitamente en los terrenos de los civiles sin que éstos griten como si les robasen.
Además de los caballos, hay los hombres. Los ejércitos mejicanos se triplican y cuadruplican cuando figuran sobre el papel en la Tesorería del Ministerio de la Guerra; luego se empequeñecen cuando llega el momento de entregar los sueldos.
El general que asegura tener á sus órdenes diez batallones no tiene en realidad más que diez esqueletos de batallón; y á su vez, el coronel hace lo mismo con su unidad y el capitán con su compañía. Todos comen raciones y cobran pagas por individuos que no existen.
El prestigio revolucionario sustituye a la competencia institucional como criterio de gobierno.
Ni esto es de ahora, ni debe imputarse únicamente á los gobiernos surgidos de la revolución. Esto ha sido siempre en Méjico, desde los primeros tiempos de la República, y constituye un vicio nacional que nadie se atrevió á desarraigar.
El mismo don Porfirio Díaz, con su carácter autoritario y sus treinta años de dominación, en los que no existió otra voluntad que la suya, tuvo, sin embargo, que transigir con este abuso y no se atrevió nunca á modificarlo, á pesar de que, indudablemente, lo conocía
Yo, hasta que estuve en Méjico, no pude explicarme la rapidez fulminante con que fué batido y arrojado del poder el viejo Díaz.
Tenía un ejército, un verdadero ejército moderno, igual en organización á los de las naciones más poderosas. Sus regimientos estaban bien uniformados, equipados y organizados; sus oficiales iban á ejercitarse prácticamente en las mejores escuelas de Europa. Es más: ciertas bandas de música de sus cuerpos distinguidos hacían viajes al viejo continente para figurar con éxito en los concursos más famosos. Los caudillos de don Porfirio eran profesionales de la guerra, militares de oficio que habían estudiado en las escuelas y sabían muchísimo más que todos los guerrilleros improvisados á los que la revolución dió título de general.
Y sin embargo, bastó que el romántico Madero pasase del apostolado á la acción y se lanzara al campo con unas muchedumbres sin disciplina tan ignorantes de la guerra como él, que no sabía nada, para que todo el ejército federal se declarase vencido al poco tiempo.
La nación aceptaba de buena fe que el ejército mejicano se componía de cien mil hombres. Los vecinos de la capital veían que eran muy pocos los soldados de la guarnición, pero se consolaban diciendo:
—Es en Guadalajara, donde está el principal núcleo de fuerzas.
Y los de Guadalajara declaraban á su vez que este núcleo estaba en Puebla, y los de Puebla en Veracruz, y así sucesivamente se iban engañando unos á otros, creyendo en la realidad de un ejército fantasma que sólo existía verdaderamente en el bolsillo de los generales encargados de mandarlo.
El único que conoció la verdad exactamente fué tal vez el viejo Díaz. Pero él no creía en la posibilidad de una sublevación del pueblo; él no pudo imaginarse nunca que Madero, al que tenía por un señorito loco, llegara á hacer una revolución. Lo único que él temía era que los generales se sublevasen —como él se había sublevado de joven contra los presidentes de entonces—, y para evitarlo se hizo el ciego voluntariamente, dejándolos robar.
De los cien mil hombres que durante años y años figuraron en el presupuesto del Ministerio de la Guerra, los generales de don Porfirio más reputados como excelentes estrategas sólo pudieron sacar á campaña en el momento de la revolución unos catorce mil, aparte de los cuerpos de desecho que quedaron guarneciendo las ciudades. Únicamente así se comprende la rapidez con que fué vencido Díaz y el triste papel que desempeñó su ejército tan cuidado, tan mimado, tan bien pagado durante treinta años, cuando tuvo que hacer frente á unas muchedumbres desorganizadas.
Don Pablo González es, como ya dijimos, el general de la revolución que ha mandado fuerzas más numerosas lo mismo en la guerra que en la paz. De aquí que sus enemigos se entretengan haciendo cálculos fantásticos sobre las montañas de forraje que lleva devoradas y los miles de soldados paridos por su imaginación.
Estas suposiciones —que bien pudieran ser inexactas, aunque justificadas en parte por la enorme é inexplicable fortuna de don Pablo— nada tienen de extraordinarias. ¿A qué personaje no le han imputado algún robo en Méjico?… El pueblo mejicano, amigo de generalizaciones, comprende á todos en el mismo juicio, para terminar más pronto, y tacha de ladrones á cuantos han pasado por el gobierno.
El venerable Carranza no ha escapado á esta imputación, y hasta figura como el primer jefe de los que se apropian lo ajeno.
Los burlones de la capital hace tiempo que sustituyeron la palabra «robo» con la de «carranceo», y se entretenían en corrillos y cafés conjugando el verbo robar en la siguiente forma:
«Yo carranceo… tú carranceas… él carrancea.»
Debo decir que considero esta afirmación calumniosa é hija del apasionamiento político. Don Venustiano es, de todos los hombres de su partido, el que procede de una situación social más acomodada. Nunca fué enormemente rico, pero jamás ha sido pobre. Antes de lanzarse á la revolución era un propietario rural, un «ranchero», con buenos campos y ganados.
Carranza tiene defectos, pero no creo que figure entre éstos un exagerado amor al dinero. Lo que él ama es el poder, la dirección de los hombres, ser el primero allá donde esté.
Esta pasión dominante no deja tiempo para amontonar riquezas, pero hace que un hombre que se cree honrado tolere y proteja muchas veces los robos de otros.
Don Venustiano necesitaba tener contentos á los que le seguían. Ansió reunir en torno de su persona á todos los que eran capaces de servirle como hombres de pelea, y él, tan altivo, tuvo que aguantar sus insolencias y halagar sus vicios.
A su sombra se ha robado mucho; esto es indiscutible. Algunas veces, el antiguo «ranchero» se encolerizaba, recordando sus indignaciones de otro tiempo cuando un cuatrero le había robado una vaca ó un caballo. Hablaba de fusilar á los ladrones de la nación, pero al poco rato desistía de ello, pensando que corría el peligro de quedarse casi solo, y acababa por transigir con los delincuentes.
Si Carranza se hubiese empeñado en respetar con exactitud las prescripciones de la moral, estaría fuera del poder hace mucho tiempo, ó tal vez no habría llegado á la presidencia.
En Méjico me contaron una anécdota de sus primeros tiempos de gobernante, cuando acababa de entrar vencedor en la capital.
Un representante diplomático fué á saludarle oficialmente en su palacio de la Presidencia, dejando en el patio un hermoso automóvil americano que acababa de comprar.
Al salir de la visita, el diplomático buscó inútilmente su flamante vehículo. Los soldados de la Guardia presidencial le sacaron de dudas. Un caudillo de los más fieles al presidente y de los más temibles había montado en el vehículo, dando órdenes al chauffeur.
Creyendo el diplomático en una equivocación, hizo saber lo ocurrido al presidente, y éste envió uno de sus ayudantes al cuartel en que vivía el general para estar más en contacto con un regimiento compuesto de guerrilleros de su provincia que lo obedecían ciegamente.
El enviado de Carranza no pudo ser peor recibido.
El grado militar se convierte en un mecanismo de acumulación de riqueza, impunidad y autoridad.
—Dígale usted al viejo —contestó el rústico caudillo— que el automóvil me gusta y me lo guardo. Para eso hemos hecho la revolución; para eso lo hemos nombrado presidente… Además, si no está conforme, que venga en persona á quitarme el carruaje y lo recibiré á balazos.
Don Venustiano, que es hombre de empuje, al escuchar á su ayudante bufó de cólera y mostró deseos de ir en persona á exigir el automóvil. Luego se acarició la blanca y rizada barba, pensando en que era presidente de la República.
Y dió orden para que comprasen otro automóvil igual y lo entregaran al diplomático.
Don Pablo González ha sido el que decidió la caída del presidente Carranza. Éste, en realidad, lo favoreció en toda ocasión, dándole los mejores puestos del ejército. Pero el eterno general con mando activo de tropas quiso ser presidente, y como Carranza se empeñó, con su característica tenacidad, en imponer la candidatura de Bonillas, don Pablo ha acabado por declararse su enemigo.
Mientras yo estuve en Méjico —aun mucho después de haberse colocado Obregón en actitud rebelde—, don Pablo observaba una conducta nebulosa.
Nadie creyó nunca que González fuese capaz de sublevarse, y esto sirvió para que á nadie se le ocurriese igualmente que podría muy bien secundar la sublevación de otro.
Don Pablo no es de los que dan el primer golpe. Eso resulta impropio de personas serias y prudentes; eso queda para los Obregones. Pero es hombre que da muy bien el segundo golpe, cuando el enemigo está desorientado y menos lo espera. Don Pablo sabe escoger su hora.
Sin la intervención revolucionaria de este morigerado y prudente caudillo, Carranza estaría todavía en estos momentos en su palacio de la ciudad de Méjico, dando órdenes á sus generales fieles para combatir á Obregón y sus partidarios.
La historia de la reciente revolución, que todavía no ha terminado, puede resumirse del siguiente modo: Carranza intentó imponer á su candidato Bonillas en todo Méjico y dominar á Sonora, donde estaba el centro del obregonismo.
En Sonora se preparaba un movimiento contra él; pero antes que los preparativos se terminasen, Carranza hostigó á Sonora, atropellando sus derechos de Estado autónomo, para de este modo acelerar la rebeldía y que estallase prematuramente.
Sonora acabó por sublevarse y Carranza sorprendió á su vez á Obregón, intentando meterlo en la cárcel cuando éste parecía más convencido de que le respetarían.
Obregón huyó y sus partidarios militares empezaron á sublevarse, pero con un visible desconcierto, con una indiscutible falta de unidad, espontáneamente, cada uno por su lado, como lo hace todo partido poderoso que experimenta cierta desorientación ante un ataque inesperado del enemigo y tiene que atacar á su vez antes de tiempo.
Mientras tanto, Carranza juntaba numerosas fuerzas en torno á la capital, enviaba á su yerno Cándido Aguilar á reunir nuevas tropas en Veracruz, intentaba crearse un último refugio en caso de desgracia en esta plaza fuerte, como lo consiguió hace algunos años al ser arrojado de Méjico por Villa y Zapata.
Yo no afirmo que Carranza hubiese acabado por triunfar. Es casi seguro que al final hubiese triunfado Obregón, por ser esta una revuelta puramente militarista y sentir la mayoría de los oficiales una gran simpatía por su antiguo ministro de la Guerra.
Pero la campaña no empezó muy bien para Obregón. Los encuentros entre las tropas del gobierno y los insurrectos fueron sin efecto decisivo. Es indudable que la lucha entre Carranza y su antiguo ministro de la Guerra, más que una revolución iba á resultar una guerra larga, de meses y tal vez de años.
Pero en esto intervino inesperadamente el serio y prudente don Pablo, como uno de esos personajes olvidados desde el primer acto, que surgen en el último para decir la palabra decisiva del drama.
Como golpe inesperado y en mitad de la frente, no fué despreciable el que le dió á Carranza este bondadoso señor.
El presidente estaba reuniendo junto á la capital todos los miles de hombres de que podía disponer, pero dió la casualidad que los cuerpos militares reunidos habían estado todos bajo el mando de don Pablo. ¿Qué tropas mejicanas son las que no ha mandado este señor en su larga y remuneradora vida militar?
El general González salió una noche de Méjico, cuando don Venustiano sólo tenía su pensamiento puesto en Obregón, y sublevó la mayor parte de dichas fuerzas.
Parece que el acto de sublevarse deba ser forzosamente lo mismo con un caudillo que con otro, y sin embargo no es cierto. La gravedad de la sublevación depende mucho del nombre del jefe. Sublevarse con Obregón representaba la certeza de morir fusilado si se caía prisionero de Carranza. Sublevarse con don Pablo era de menos gravedad, casi un acto distinguido de vida social, un juego de salón. Y los batallones reunidos por Carranza siguieron sin dificultad á don Pablo. ¡Un hombre tan serio, tan prudente, tan incapaz de malas palabras!…
Sonora está muy lejos de la ciudad de Méjico; los otros Estados por donde andaba Obregón también están muy lejanos. Total, que había mucha tierra de por medio y eran precisos largo tiempo y muchos combates para que la insurrección llegase hasta la capital.
Pero el prudente y mesurado don Pablo, sublevándose casi al pie de la cama de Carranza, dió un golpe inesperado de teatro que deshizo en unas cuantas horas todas las precauciones del gobierno.
Cuando don Venustiano intentó retirarse á Veracruz, ya no pudo. Don Pablo ocupaba el camino. Además, Puebla domina esta ruta y precisamente es la única ciudad donde González tiene verdaderamente partidarios.
Puebla es reaccionaria y religiosa por tradición, y simpatiza con don Pablo á falta de otro personaje más á su gusto. Yo vi en las cercanías de las iglesias de Puebla numerosos carteles que decían: «Si desea usted el respeto de las creencias religiosas y la paz, vote por don Pablo González.»
Gracias á la bonachona iniciativa de este hombre excelente en apariencia, Carranza, que se consideraba aún poderoso, tuvo que escapar horas después, y anda ahora errante por las montañas.
La figura del “héroe” funciona como máscara narrativa de un sistema profundamente militarizado.
Estos milagros no son nuevos en la vida de González. Hace medio año nada más, se propuso acabar con el rebelde Zapata y lo consiguió. Él no ha ganado nunca una batalla, pero, según afirman sus enemigos, para deshacerse con prontitud y limpieza de un hombre que le estorbe, ó cuya muerte le convenga, no tiene rival.
Hasta los mayores partidarios del gobierno, que forzosamente debían odiar á Zapata, protestaron de la manera innoble que empleó don Pablo para acabar con él. Según cuentan muchos, hizo que un guerrillero de su confianza se incorporase á Zapata con algunos hombres. Zapata, receloso de esta adhesión, exigió á su nuevo adepto que hiciese algo sonado contra las tropas gubernamentales. Don Pablo, entonces, arregló las cosas para que uno de los destacamentos que estaban á sus órdenes fuese sorprendido por el guerrillero. Y éste fusiló á todos los soldados que quedaron con vida después de la sorpresa, para que Zapata se convenciese de que se unía á él de buena fe. Después de esto, Zapata tuvo confianza en el agente de don Pablo, hasta que éste lo condujo á una emboscada, donde lo acribillaron á balazos.
El heroico caudillo González pudo ostentar desde entonces en su historia la muerte de Zapata, que ningún otro general había logrado conseguir.
¡Hombre muy serio! ¡Hombre muy prudente! ¡Un amigo á toda prueba!… Ahora, después de la caída de don Venustiano, él y Obregón marchan juntos, momentáneamente.
Pero Obregón, hombre de frases, es muy posible que haya dedicado ésta á su camarada:
—Este don Pablo es de una bondad que mete miedo.
Uno de los espectáculos más graciosos en los meses anteriores á la actual revolución fué la manía de civilismo que les entró á todos los militares.
La candidatura del «civilismo» la representaba Bonillas, aunque sus dos principales propagandistas eran dos generales: Cándido Aguilar y Montes.
Los otros candidatos, Obregón y González, no quisieron ser menos hombres civiles que el pacífico Bonillas.
—Aquí no hay militares ni militarismo —clamaba triunfalmente Obregón—. Los militares de oficio se acabaron en Méjico con la caída de don Porfirio. Nosotros somos hombres del pueblo, simples ciudadanos que tomamos las armas para defender la causa de la revolución. Ahora, al quedar la revolución triunfante, devolvemos esas armas y somos unos hombres como los demás.
Y don Pablo, que habla poco, como hombre que no quiere comprometerse, se limitaba á añadir:
—Digo lo mismo.
Es más: el impetuoso Obregón, antiguo ministro de la Guerra, pidió á Carranza que le diese de baja en el ejército, y fingía enfadarse cuando alguien le llamaba «general». No quería ser más que el ciudadano Obregón, acaparador de garbanzos en Sonora.
Pero en esto no le siguió don Pablo. Él quiso continuar siendo general, aunque convencido de que nunca mandaría bastantes tropas para su gusto. Y ya que no podía hacerse llamar el ciudadano González, propietario y rentista, procuró compaginar su uniforme de general con el más exagerado pacifismo.
Casi gastó tanto dinero en retratos suyos como gastó el gobierno en retratos de Bonillas. En todos los pueblos de Méjico ostentaban las paredes la efigie de don Pablo, con sus cejas poblidísimas, su recio bigote, una mirada inquietante, que por primera vez se mostraba libre de los lentes ahumados, y al pie una palabra en latín, para que le entendiesen mejor los pobres mestizos que no saben leer: Pax.
En uno de los principales teatros de Méjico, los autores de una revista en la que aparecía Bonillas vestido de pastorcita Flor de Té y Obregón hablaba de sus garbanzos y su firme voluntad de ocupar la presidencia aunque fuese á garrotazos, don Pablo se presentaba al final del modo más cómico. Iba con uniforme de campaña; su aspecto era amenazante; los lentes negros y el bigote enorme le daban un aire feroz. Avanzaba lentamente tirando de un enorme cañón, y al llegar á las candilejas murmuraba con una voz fosca, igual al rugido de una fiera hambrienta: «¡Yo soy pacifista!»
«Civilismo», «paz», todo mentira. El ciudadano Obregón fué siempre general, y el general González, el hombre de la Pax, ha repetido una vez más el golpe traicionero que constituye su mejor habilidad.
Carranza, su antiguo jefe y maestro, iba á dar la presidencia á otro, y los dos volvieron á ser militares, entendiéndose momentáneamente, sin perjuicio de hacerse la guerra mañana.
Y Méjico ha tenido una revolución más, como si no llevase bastantes en su historia.
Consulte los otros dos capítulos seleccionados de la obra El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1920.
Lea los capítulos:

Capítulo III
El ciudadano Obregón

Capítulo VII
Los generales


























