Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
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El día después de mañana
Alberto Castillo Castañeda *
El colapso del orden internacional liberal no anuncia un nuevo equilibrio, sino un interregno peligroso: un mundo sin centro hegemónico, con soberanías fragmentadas y Estados obligados a gobernar en medio de crisis simultáneas y persistentes.
El actual escenario internacional nos obliga a plantearnos interrogantes ineludibles como: ¿cuál es el papel del Estado nación cuando el orden internacional liberal que le otorgó sentido y estabilidad durante siete décadas se desmorona, mientras que el nuevo orden se resiste a nacer? La reconfiguración de la soberanía y la legitimidad estatal no ocurre en el vacío político, sino en un contexto de guerras híbridas, una competencia sistemática entre China y Estados Unidos, y una creciente presión por garantizar los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales en un planeta que se encuentra bajo constante estrés ambiental.
El orden liberal no ha sido reemplazado: se encuentra en un vacío donde lo viejo muere y lo nuevo no logra nacer.
Siguiendo el planteamiento gramsciano retomado por José Antonio Sanahuja (2025), esta coyuntura puede definirse como un interregno. Se trata de ese espacio temporal y político donde “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”; un vacío de autoridad global en el que proliferan fenómenos mórbidos (como las guerras híbridas, la crisis climática y un declive democrático gestado en las propias urnas), en el que la soberanía deja de ser una propiedad absoluta del Estado para transformarse en una capacidad relacional, en constante disputa dentro de un contexto de interdependencias extremas y rivalidades geopolíticas.
El llamado orden internacional liberal no fue solo un sistema de reglas, sino una arquitectura de instituciones multilaterales, apertura económica y un compromiso formal (muchas veces selectivo) con la democracia y los derechos humanos. Este orden, fundamentado en el liderazgo de los Estados Unidos y sus aliados, operó bajo la premisa de que la expansión de los mercados y la institucionalización del diálogo internacional garantizarían la estabilidad.
Sin embargo, el orden internacional liberal parece que ha sucumbido a sus propias contradicciones (Börzel y Zürn, 2021). Los autores sugieren que la profundización del orden internacional hacia un liberalismo posnacional ha generado una doble reacción: por un lado, factores endógenos donde la transferencia de autoridad hacia instituciones internacionales ha alimentado un rechazo populista que busca recuperar la soberanía frente a una percibida pérdida de identidad y control democrático. Por otro lado, los factores exógenos se manifiestan en la contestación de potencias ascendentes como China y una Rusia revisionista, junto al activismo de un sur global que cuestiona el sesgo normativo de las instituciones occidentales y promueve una suerte de contrainstitucionalización del sistema.
Para entender esta transición resulta insuficiente el concepto clásico de multipolaridad, la cual sugiere un retorno al equilibrio de poder del siglo XIX entre unas pocas grandes potencias. En su lugar, Amitav Acharya (2017) propone la noción de un mundo multiplex.
En dicho mundo no hay un centro hegemónico único. Coexisten órdenes parciales, regionales y temáticos donde actúan no solo los Estados, sino también corporaciones tecnológicas, redes criminales trasnacionales y movimientos sociales. Esta configuración descentralizada permite que las normas se superpongan: un Estado puede cooperar en materia climática mientras mantiene una guerra comercial o tecnológica con el mismo socio. Lejos de la pretensión de universalidad homogénea del liberalismo, el mundo multiplex es un mosaico de soberanías fragmentadas donde la autoridad se ejerce mediante acuerdos flexibles y, a menudo, contradictorios.
La historia ha demostrado que los órdenes internacionales rara vez cambian de forma pacífica. La guerra de Rusia contra Ucrania, en 2022, marcó un punto de inflexión al devolver la guerra de agresión interestatal al corazón de Europa. Este conflicto no solo ha polarizado el sistema entre el bloque trasatlántico y una coalición de ambigüedad estratégica en el sur global, sino que ha disparado las crisis de energía y alimentos, afectando a las poblaciones más vulnerables y haciendo contrastable la fragilidad de las cadenas de suministro globales.
La soberanía ya no es absoluta; es relacional, condicionada por interdependencias económicas, tecnológicas y ambientales.
Sin embargo, la verdadera crisis de credibilidad del orden liberal se manifiesta en la asimetría de las respuestas internacionales. La incapacidad del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de actuar frente a la devastación de Gaza ha profundizado las acusaciones de doble rasero occidental. Mientras occidente apela a la integridad territorial en Ucrania, su parálisis ante las violaciones del derecho internacional humanitario en Oriente Medio es utilizada por China y Rusia para construir una narrativa poderosa hacia el sur global (Nadkarni et al., 2024). La idea de que las reglas internacionales son, en realidad, herramientas de conveniencia para las potencias occidentales. Esta crisis de coherencia es quizás más corrosiva para el orden internacional que la propia competencia militar.
Si la crisis externa es de autoridad, la crisis interna es de identidad. La tercera ola de autocratización ya no es un fenómeno exclusivo de la periferia. Según el Democracy Report 2025, del Instituto V-Dem, el número de autocracias ha superado al de democracias por primera vez en dos décadas, cubriendo así al 72 % de la población mundial (Nord et al., 2025).
Lo más llamativo es que esta autocratización no suele ocurrir mediante golpes de Estado militares, sino por medio de un proceso de captura del Ejecutivo bajo un mando de legalidad. Líderes elegidos democráticamente utilizan su mandato para desmantelar, desde el interior, la independencia judicial, atacar a la prensa libre y polarizar a la sociedad. En este contexto, el Estado nación deja de ser el garante de los derechos ciudadanos para convertirse en un instrumento de concentración de poder. La soberanía se invoca de manera constante, no para proteger a la población, sino para blindar al régimen frente a la supervisión internacional.
A pesar de estas tendencias, el Estado nación no está desapareciendo; se está reconfigurando estructuralmente. Siguiendo a Saskia Sassen (2003), no asistimos simplemente a una pérdida de poder estatal, sino a una desnacionalización de componentes específicos del aparato institucional. En esta lógica, el Estado actúa como el propio ejecutor y garante de las dinámicas globales, transformando su arquitectura interna para mediar entre lo nacional y lo internacional. En un entorno posliberal, los Estados operan mediante una diplomacia en red, priorizando formatos minilaterales que son más funcionales y rápidos que las pesadas burocracias de las organizaciones internacionales tradicionales.
Esta soberanía es hoy interdependiente y relacional. Un Estado puede ser soberano en su decisión política, pero está profundamente condicionado por los flujos financieros globales, los algoritmos de las grandes empresas tecnológicas y las realidades del cambio climático. Por tanto, la legitimidad de un gobierno ya no se mide solo por su capacidad de control territorial, sino por su eficiencia en la gestión de la policrisis (Sanahuja, 2024); en otras palabras, la habilidad para navegar simultáneamente en crisis sanitarias, inseguridad energética, flujos migratorios o desinformación digital.
La dimensión económica de esta transformación es innegable. La expansión del bloque BRICS+ (incluyendo ahora a actores como Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos) representa el 40 % del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo (BRICS, 2025). Este grupo de países no busca necesariamente destruir el sistema financiero global, sino más bien desoccidentalizarlo.
La legitimidad del Estado dependerá de su capacidad para gestionar la policrisis sin sacrificar derechos.
Este cambio retoma las aspiraciones del “nuevo orden económico internacional” de la década de 1970, donde los Estados del sur global reclamaban su derecho a regular sus economías en función de objetivos sociales y ambientales, y no solo bajo el consenso de Washington. El desafío para estos estados será evitar caer en las mismas trampas de hegemonía que critican, garantizando que este nuevo poder económico se traduzca en bienestar para sus ciudadanos y ciudadanas.
La legitimidad del Estado en este nuevo siglo dependerá, en última instancia, de su capacidad para garantizar los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. La desconexión entre el crecimiento macroeconómico y la realidad material de las mayorías ha generado una “brecha democrática” institucional (Kreuder-Sonnen & Rittberger, 2023). Cuando la ciudadanía percibe que las instituciones internacionales y nacionales responden a una racionalidad tecnocrática ajena a sus necesidades, la contestación al sistema se vuelve inevitable.
El World Social Report 2025 advierte que, ante las necesidades de la población y los resultados gubernamentales, la inseguridad económica y la frustración con el statu quo está alimentando un círculo vicioso de desconfianza y polarización que debilita la solidaridad global (ONU, 2025a). A solo cuatro años de la fecha límite para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, solo el 18 % de las metas están en camino de cumplirse (ONU, 2025b). Asimismo, la crisis climática no es ya un escenario futuro, sino un catalizador presente de inseguridad alimentaria y desplazamientos forzados que pone a prueba la estructura misma del Estado.
En última instancia, el destino del orden internacional y del Estado nación está en la capacidad de reconciliar el poder con la legitimidad normativa. Como señala John Ikenberry (2018) en su análisis sobre el fin del orden internacional liberal, no estamos necesariamente ante la desaparición definitiva de los principios liberales, sino ante una crisis profunda de su configuración histórica liderada por Estados Unidos. Este autor sostiene que, aunque el sistema centrado en Washington se esté desmoronando, la necesidad de un sistema basado en reglas es más urgente que nunca, debido a la interdependencia global.
Sin embargo, el reto está en la posibilidad de un tránsito hacia un orden poshegemónico que conserve su funcionalidad. En este interregno, la soberanía debe trascender el nacionalismo de suma cero del pasado; la complejidad de la sociedad internacional del siglo XXI exige un Estado que actúe como puente entre la protección de sus ciudadanas y ciudadanos, y la cooperación necesaria para gestionar los bienes públicos globales.
Sin lugar a duda, Occidente debe comprender que su hegemonía normativa ha terminado; lo que emerge es un orden donde la universalización deberá ser negociada, no impuesta. El resultado no será un sistema único y ordenado, sino esa imagen multiplex de Acharya, donde la supervivencia de la democracia y la justicia dependerá de la capacidad de los Estados para cerrar la brecha entre sus promesas institucionales y la realidad material de sus pueblos. Este periodo histórico, por su incertidumbre y riesgo, es un momento de peligro, pero también de posibilidades para construir una soberanía responsable que no solo mire hacia el poder, sino hacia la dignidad humana y la sostenibilidad planetaria.
* Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales. Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.
Referencias
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- Börzel, T. A., & Zürn, M. (2021). Contestations of the Liberal International Order: From Liberal Multilateralism to Postnational Liberalism. International Organization, 75(2), 282–305. https://doi.org/10.1017/S0020818320000570
- (2025, 13 de febrero). BRICS GDP outperforms global average, accounts for 40% of world economy. https://brics.br/en/news/brics-gdp-outperforms-global-average-accounts-for-40-of-world-economy
- Ikenberry, G. J. (2018). The end of liberal international order? International Affairs, 94(1), 7–23. https://doi.org/10.1093/ia/iix241
- Kreuder-Sonnen, C., & Rittberger, B. (2023). The LIO’s growing democracy gap: An endogenous source of polity contestation. Journal of International Relations and Development, 26, 61–85. https://doi.org/10.1057/s41268-022-00275-x
- Nadkarni, V., D’Anieri, P., Kerr, S., Sharafutdinova, G., Pu, X., Ollapally, D. M., Velasco Junior, P., Moore, C., & Divsallar, A. (2024). Forum: The Russia–Ukraine war and reactions from the Global South. The Chinese Journal of International Politics, 17(4), 449–489. https://doi.org/10.1093/cjip/poae021
- Nord, M., Altman, D., Angiolillo, F., Fernandes, T., Good God, A., & Lindberg, S. I. (2025). Democracy report 2025: 25 years of autocratization – democracy trumped? V-Dem Institute, University of Gothenburg. https://www.v-dem.net/documents/54/v-dem_dr_2025_lowres_v1.pdf
- ONU (2025a). World social report 2025: A new policy consensus to accelerate social progress. United Nations. UNU WIDER. https://desapublications.un.org/publications/world-social-report-2025-new-policy-consensus-accelerate-social-progress
- ONU (2025b). The Sustainable Development Goals Report 2025. https://unstats.un.org/sdgs/report/2025/The-Sustainable-Development-Goals-Report-2025.pdf
- Sanahuja, J. A. (2024). “Entre la policrisis y el interregno: conceptos para un orden internacional en transición”, en Marrero, I. (dir.). El sistema internacional y el viejo nuevo mundo. VII Seminario AEPDIRI sobre temas de actualidad en Relaciones Internacionales, Valencia, Tirant Lo Blanch, ISBN 978-84-1197-072-3, pp. 255-296.
- Sanahuja, J. A. (2025). Interregno: concepto, críticas y vindicación en el siglo XXI. Asuntos Globales, 2, 103-124. https://cari.org.ar/views/releases/detail/?article_id=817
- Sassen, S. (2003). The state and globalization. Interventions, 5(2), 241–248. https://doi.org/10.1080/1369801031000112978


























