Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
La demolición global
Mauricio Merino
El orden global que prometía reglas, cooperación y límites al poder está en demolición. No se trata de un accidente histórico ni de un solo liderazgo disruptivo: asistimos a la ruptura simultánea del multilateralismo, del equilibrio entre potencias y de la confianza en la democracia liberal.
El mundo no atraviesa una transición, vive una ruptura estructural del pacto político y económico que sostuvo la segunda mitad del siglo XX.
Dos encuentros internacionales le pusieron nombre y apellido a la crisis política, económica, ambiental, ideológica y humana que está viviendo el mundo: la Conferencia de Seguridad de Múnich y el Foro Económico de Davos. Fue en esas reuniones, nacidas en el siglo XX con el propósito de consolidar un nuevo orden global, donde las y los principales líderes políticos y sus vocerías admitieron su fracaso: ese orden está en demolición; lo que estamos viviendo al comenzar el 2026 es (en palabras de Mark Carney, primer ministro canadiense) la ruptura definitiva de lo que se buscaba. De eso trata este número.
Los artículos y las entrevistas que se han reunido en esta revisión coinciden en el desencanto y en la perplejidad: el mundo democrático e igualitario que alguna vez soñamos se volvió una pesadilla de violencias, despilfarros, desigualdades, devastación y abusos. No estamos ante un futuro diferente, sino ante la posible cancelación de cualquier futuro, en aras de una disputa por la dominación global, tan irresponsable como depredadora.
El personaje que ha encarnado este momento de ruptura es Donald Trump, el inefable presidente imperial de Estados Unidos, pero sería ingenuo suponer que es el único causante de esta distopía. Es el más visible, sin duda, pero hay muchos otros personajes quienes han contribuido al caos para sacar provecho entre los escombros del viejo orden. El mundo sería mejor sin el liderazgo del presidente estadounidense, pero estoy seguro de que defenestrarlo ayudaría poco en estas circunstancias. Por supuesto que las y los líderes políticos importan: su impronta ha cambiado muchas veces el curso de los acontecimientos, pero si algo prueba este número de El Diluvio es que el proceso de demolición mundial es mucho más complejo y poderoso que el hombre más poderoso del planeta.
Nuestras autoras y autores advierten, desde muy distintos miradores, que la ruptura de los límites a la codicia y la ambición política es el signo más ominoso de nuestros tiempos. No es que alguno o algunos de los líderes de los países que se disputan la hegemonía mundial hayan perdido la cabeza (aunque, en efecto, la hayan perdido), sino que los cimientos en los que habría de edificarse el edificio de la democracia liberal, el crecimiento sostenible, la redistribución del ingreso y la riqueza y el respeto compartido por las reglas y el derecho internacional, se vinieron abajo.
La codicia sin contrapesos y la ambición geopolítica han desplazado al derecho internacional como principio ordenador.
Hay al menos tres evidencias que saltan a la vista: la revolución tecnológica no vino a resolver sino a desafiar, aún más, los problemas que agobian a los seres humanos de carne y hueso en todo el mundo; los estados nacionales perdieron fuerza y capacidades para cumplir con sus obligaciones básicas; y los precarios equilibrios entre potencias -los que nacieron durante la Guerra fría- se quebraron por la urgencia de salir al paso de las necesidades, las tensiones y los conflictos de sus propios regímenes políticos. Cuando apenas despuntaba el nuevo siglo, todas las puertas que se abrían a los pasillos entre las naciones, se cerraron.
Uno de los peores rasgos de este tiempo ha estado en la contradicción entre la evolución de la tecnología digital -incluyendo a la inteligencia artificial (IA)- y sus fuentes de energía. Se trata del mundo por venir y la prehistoria en una pugna dialéctica: para sostener la carrera tecnológica y adueñarse de sus frutos potenciales hace falta carbón, petróleo, tierras raras y agua. Quien quiera dominar la riqueza del mundo tecnológico tendrá que dominar la extracción de minerales y los ríos, los manantiales y los pozos. Cuando pienso en esa paradoja no puedo evitar la imagen de la IA etérea sonriendo con sarcasmo hacia la tierra devastada.
Las invasiones a Ucrania y Venezuela, el control de China sobre su vasto territorio, además del que ejerce sobre el Tibet y Taiwán, así como la ambición de Trump sobre Groenlandia y Canadá, no se explicarían sin esa codicia del control sobre los suelos y los subsuelos. Ahí hay materias primas, carbón, tierras raras, agua. Si hemos vuelto a las contiendas medievales por la tierra, se debe a la revolución de la tecnología.
De otra parte, como lo escribió Daniel Bell al comenzar el último tercio del siglo XX, el Estado fue pequeño para resolver los grandes problemas de la humanidad y demasiado grande para resolver los pequeños problemas de la vida cotidiana. Al comenzar el siglo XXI, la impotencia y la prepotencia se han adueñado de los estados nacionales: impotentes para hacer frente a la pobreza, la desigualdad, las crisis económicas y la inseguridad, sus gobiernos han ido optando por la prepotencia y se han ido sumando como una cascada (o inundando, como un diluvio) al caudal de los regímenes autoritarios. El argumento preferido es que hay enemigos que deben ser erradicados, dentro y fuera de sus fronteras y que estas deben clausurarse en aras del nacionalismo y de ideologías herméticas.
La revolución tecnológica no ha traído estabilidad, ha intensificado la disputa por recursos, territorios y hegemonías.
El neoliberalismo sucumbió muy pronto, pero engendró a los monstruos que hoy gobiernan el destino de la humanidad: el sistema financiero, la industria farmacéutica, las empresas extractivas, el oligopolio de la tecnología y, por supuesto, los cárteles del crimen que rebasaron las fronteras desde hace años y las armas de destrucción masiva que siguen en manos de la megalomanía de las y los líderes políticos.
Varios de los textos reunidos en este número se preguntan sobre la vigencia del estado liberal, del liberalismo e, incluso, del capitalismo. Y aún más: se preguntan sobre la sobrevivencia de la civilización que hemos conocido. Coinciden en que lo que el mundo está viviendo ya no se corresponde a lo que seguimos nombrando como democracia, igualdad, solidaridad, derecho, justicia, ciudadanía o libertad. Sin embargo, añado, todavía no tenemos palabras compartidas para nombrar esta nueva etapa de la humanidad, excepto las que remiten a la extinción de nuestra especie o, al menos, de la forma de vida que hemos conocido.
Si se mira con cuidado, se verá que el nuevo orden mundial está siendo disputado entre los más violentos, los más ricos y los más corruptos. Todos apelan a la grandeza de su historia y de sus pueblos: Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin, Narendra Modi, Netanyahu, que a su vez son emulados por muchos otros que le hablan de tú a la historia. No obstante, quienes están decidiendo son los portadores de la mayor capacidad de destrucción masiva, del control del acceso a los mercados más potentes y de las alianzas más seguras con las empresas multimillonarias que operan por encima de los pasaportes de sus accionistas principales. Gana quien puede destruir más, comprar más o corromper más: the art of the deal mediante la fuerza, el chantaje o la impunidad. He ahí los motores que están moviendo al mundo.
Es cierto que ninguno de los grandes momentos de la historia universal ha sido terso o incruento, pero ninguno había alcanzado a todo el orbe ni había sido tan veloz ni se había vivido paso a paso en tiempo real, como el actual. Detrás de cada uno de los grandes movimientos que han desafiado al mundo ha estado, como protagonista en bambalinas, el nuevo actor que ocupará la escena. Hoy, en cambio, todos los actores están ya en el foro y no hay nada ni nadie preparado para modificar la trama, según el libreto establecido. Lo único que hoy vemos es el telón que podría cerrar el último acto del Estado nacional y la última línea del derecho internacional, tal como los conocimos.


























