Año 1, núm. 7, febrero de 2026
ISSN 3122-3583
editorial
Las sinrazones de la desigualdad
Mauricio Merino
La desigualdad no se explica solo por ingresos mal repartidos. Es una trama de poder, trabajo, derechos y democracia. Combatirla exige ir más allá de transferencias monetarias y colocar la dignidad humana en el centro del proyecto político.
La desigualdad es múltiple: económica, social y política.
¿De veras se ha dicho todo sobre la desigualdad? ¿Qué más podría añadirse? Las respuestas a esas preguntas están plasmadas en el conjunto de artículos que conforman esta edición que, a un tiempo, confirma y niega que no haya más que decir sobre el tema. Hay, en efecto, un alud de obras escritas sobre las múltiples desigualdades que han lastimado y enconado a la humanidad desde que tenemos registro y hay un inagotable debate sobre sus causas y consecuencias, tan vasto como las propuestas que se han hecho. Es imposible no referirse a ese océano de tesis, autores e ideologías que han intentado explicar y, eventualmente, erradicar las desigualdades.
De otro lado, sin embargo, hay nuevos miradores, muchos más datos y más experiencia acumulada, para discutir y enfrentar las distancias abismales que separan a los seres humanos en nuestros días. Ya de entrada estamos hablando en plural porque no hay una sola forma de desigualdad, sino muchas, con causas entrelazadas. Quienes hablan de erradicar esas causas refiriéndose solamente al dinero —el ingreso y la riqueza— ignoran la inexorable conexión entre el trabajo y el capital, entre el empleo y las condiciones sociales y culturales de origen, entre el valor del dinero y el entorno social donde se obtiene y se gasta, entre el papel del Estado como garante de los derechos sociales universales o como protector del mercado, entre la generación, la distribución y la redistribución del ingreso y la acumulación de riqueza o entre la procuración existencial que garantiza el Estado para toda la sociedad y la pura salvaguarda de la propiedad privada; y entre el mérito, el privilegio y la buena fortuna: entre nacer con sábanas de seda o sin sábanas y vivir en una dictadura o una democracia.
Las transferencias sin derechos generan dependencia.
Los datos que se discuten en esta edición, reunidos y leídos por personas expertas en el tema, revelan con nitidez que el siglo XXI ha traído más desigualdad y más concentración del ingreso que todo lo logrado, a duras penas, durante el siglo previo. El pequeño grupo de los 12 milmillonarios del mundo tiene más ingresos que la suma de los que obtienen más de cuatro mil millones de personas pobres. El 1 % de la población tiene más que esa mayoría y esta, además, tiene muchas más probabilidades de seguir en la pobreza a lo largo de su vida, a pesar de su trabajo. Si no se hace nada, el grupo de los más ricos que incluyen apenas tres centenas de personas, seguirá heredando su posición de privilegio por generaciones: ellas y ellos serán cada vez menos, mientras que el resto de la población mundial seguirá creciendo tanto como sus carencias.
Con todo, la pobreza es apenas una de las manifestaciones de la desigualdad. Si todo se cifrara en la relación ingreso-gasto por persona o por familia, quizá bastaría organizar transferencias suficientes para que las personas más pobres tuvieran lo indispensable para sobrevivir y un poco más. Como sabemos, esa política no solo suele ser errática (como se prueba en esta edición), sino que está condicionada al poder adquisitivo del dinero en curso, de modo que basta un proceso inflacionario para devastarla, mientras que la vida misma de las personas que reciben esas transferencias acaba atada a las exigencias políticas impuestas por quienes las gestionan. Si bien solo el neoliberalismo más extremo se ha atrevido a negar la importancia de sacar de la miseria a las personas más pobres del planeta, lo cierto es que cifrar el conjunto de las condiciones que generan la desigualdad en un monto de transferencias monetarias no logra mucho más que reproducir el ciclo de la dependencia y la dominación social basada en la riqueza.
La concentración del poder es otra forma de desigualdad.
En otras entradas de este número se demuestra que el camino más justo y más duradero para combatir a la pobreza no está en las transferencias de dinero, sino en la dignificación remunerativa del trabajo y en la garantía de los derechos sociales redistributivos. Si algo ha contribuido a dar un aliento de esperanza a quienes tuvieron la desdicha de nacer en la pobreza, ese algo ha sido la combinación entre salarios diseñados para premiar el trabajo (y no solo para arrancarles plusvalía, como demostró el análisis marxista desde la mitad del siglo XIX) y el compromiso del Estado para salvaguardar y hacer valer los derechos de igualdad sustantiva. Es decir, al acceso universal al cuidado de la salud, a la educación de calidad y a la llamada “procura existencial”: casa, comida y protección, de la cuna a la tumba. Los países más igualitarios no han sido los más ricos, sino los que han comprendido mejor esa ecuación y han puesto la dignidad de las personas por encima de cualquier otra consideración.
Con todo, la terca referencia a la igualdad como un asunto de dinero mal distribuido (y nada más) ha ocultado la otra dimensión que también se destaca en estas páginas: bajo el pretexto de paliar la desigualdad y erradicar la pobreza, se han gestado los regímenes más autoritarios en ambos extremos de la ideología política. La concentración del poder y de las decisiones es ya, de suyo, otra de las formas más lamentables de la desigualdad. En la medida en que se cancelan las capacidades de los individuos para vivir en libertad, se generan otras cadenas que los atan y los dividen entre quienes mandan y quienes obedecen. El antídoto contra esa otra dimensión de las desigualdades —que ha marcado toda la historia de la humanidad— se gestó con la emergencia del liberalismo y la democracia social contemporánea. Ese régimen, que le pone límites al ejercicio del poder, obliga a la revisión colectiva de las decisiones y de los cursos de acción que nos afectan como sociedad, mediante procedimientos electorales, deliberativos y de contrapeso y equilibrio permanentes, destinados a garantizar que los derechos y las normas no sean papel mojado. Como se discute en este número, la pobreza se ha utilizado muchas veces como pretexto para minar las bases de la democracia y concentrar todos los poderes públicos, pero sin democracia la lucha por la igualdad se vuelve cosa imposible.
Sin democracia, la igualdad es inviable.
En los textos y las entrevistas que se entregan con esta edición, esa última mirada sobre la desigualdad cobra su verdadera dimensión humana, en tanto que igualar no equivale a eliminar de tajo todas las diferencias que singularizan a cada ser humano: las identidades étnicas, culturales, religiosas, comunitarias, sexuales, ideológicas o de cualquier otra naturaleza que cada quien abraza para convivir con los demás. De aquí las otras formas que adquiere la desigualdad: la estigmatización de las diferencias, la creación de estereotipos denigrantes, la exclusión deliberada de grupos o comunidades, la discriminación en sus múltiples y lacerantes modalidades, estimulada o internalizada como parte de la normalidad social y, a la vez, los juegos de poder e influencia que se dan entre grupos que se identifican entre sí como enemigos irreconciliables por los colores de su piel, por la forma en que se visten, por su acento, su origen, sus preferencias sexuales o su situación social.
Nuestra revista nació con el propósito de defender la democracia, pero no de cualquier manera. Nuestro compromiso con la igualdad sustantiva es indeclinable: forma parte de nuestro sello editorial y nos hemos propuesto subrayarlo tanto como nos sea posible. Desde El Diluvio creemos que es imposible defender un régimen político que no esté anclado en la dignidad de cada persona que lo integran y que cada quien tiene derecho a vivir a plenitud su propia identidad, en armonía con el resto de la sociedad. En efecto, como hemos querido mostrar en esta edición, las desigualdades están fundadas, siempre e invariablemente, en sinrazones.


























