Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
editorial
La pandemia política del siglo XXI
Mauricio Merino
El populismo, sin importar su signo ideológico, se propaga como una pandemia política que debilita a las democracias desde dentro, alimentada por la polarización, el miedo y la concentración del poder.
Tanto en su versión original, la del siglo XX, como en las muy potentes versiones actuales, el populismo ha sido el virus mortal de la democracia incubado en su propia sangre. No reconoce tendencias ni ideologías: puede ser de izquierda o derecha, religioso o laico, rico o pobre, del Sur o del Norte. El populismo se ha convertido en la pandemia política del siglo XXI, una enfermedad cuyos síntomas son tan fáciles de reconocer como difíciles de erradicar.
El populismo es el virus mortal incubado en la sangre de la democracia.
Es un régimen tóxico que se fortalece con la destrucción del cuerpo en el que habita: no propone nada más que la reivindicación aritmética del pueblo agraviado por los problemas globales que el régimen democrático no pudo evitar en 2008 ni en 2020, pero apela a los votos, al liderazgo de una sola persona que dice encarnar a la nación que gobierna y a la concentración abusiva de los poderes públicos. Quienes lo han prohijado ofrecen un futuro glorioso sin definiciones precisas, sin plazos exactos, sin datos verificables, sin evaluaciones veraces. Se refieren al pueblo como un colectivo que piensa, decide y actúa al unísono, guiado por la bondad, el talento y la fuerza de quien lo dirige.
Prometen la reivindicación de un pasado remoto de glorias inciertas que se perdieron, alegan por la traición de quienes medraron con aquellas crisis tempranas del siglo que corre y a quienes acusan, todos los días, de encarnar los males que aquejan al pueblo. Desde su mirador, ningún problema público tiene otra causa que sus causantes: si se anula a quienes se culpa, esos problemas habrán desaparecido. La consigna es: muerto el perro se acabará la rabia. Por eso el virus del populismo enferma a las sociedades con la polarización cada vez más violenta entre quienes siguen al líder y quienes se resisten a obedecerlo.
Ningún líder populista comparte el poder; lo concentra y lo justifica en nombre del pueblo.
Los líderes populistas surgieron del desencanto con las promesas no cumplidas por la democracia y de la denuncia de los abusos y de los actos de corrupción que cometieron quienes les abrieron la puerta. Todos llegaron haciendo suyo ese desencanto, pero todos han decidido bloquear los caminos que les permitieron llegar al poder. Una vez en el mando, el método democrático queda cerrado y es sistemáticamente suplido por la aritmética del respaldo construido con canonjías, dineros, influencia, mentiras, propaganda y miedo: “quienes no están conmigo, están contra mí”.
Los populistas saben que el poder es, a un tiempo, el medio para mantener la dominación y el fin que justifica ese medio. Por eso matan a la democracia y siembran las semillas de regímenes abiertamente autocráticos: fascismos o dictaduras. Por eso es posible identificar a los populistas que vinieron de la derecha, como Donald Trump, Bolsonaro o Bukele, de quienes abrazaron un discurso de izquierda, como López Obrador, Chávez, Maduro u Ortega. A los populistas que gobiernan al amparo de las creencias, como Erdogan o Modri, de los que presumen su laicidad como Meloni o Sheinbaum. ¿Qué no son iguales? No. No lo son, porque la historia de cada país es inexorable. Pero la lógica del poder concentrado apunta, en todos, hacia el mismo destino: el fascismo o la dictadura.
La única vacuna contra esta pandemia política es el diálogo inteligente y la defensa activa de la convivencia democrática.
Hay quienes siguen contando los votos y haciendo cálculos para medir el tiempo en que esos regímenes populistas perderán el respaldo. Hay quienes siguen tomando el pulso de las encuestas, con la esperanza de que los números cambien y la democracia vuelva a abrazar la pluralidad, las reglas del juego, los derechos fundamentales y la ciudadanía consciente de su importancia para la convivencia pacífica e igualitaria. Pero el populismo les va desmintiendo paso a paso: con sistemas electorales controlados, amenazados y capturados, los votos dejan de ser la expresión de la voluntad soberana del pueblo para convertirse en números comprados, coaccionados o amañados desde el poder, mientras la información se anula o se pierde en un alud de mentiras o verdaderas a medias y la deliberación y las libertades para debatir sobre los asuntos públicos van siendo cada vez más acotadas. Lo único cierto y verificable en el populismo es la concentración sistemática del poder a nombre del pueblo como unidad encarnada en su líder.
Dedicamos este número de El Diluvio a discutir y entender esta pandemia política del siglo XXI cuando todavía es posible encontrar pasillos y resquicios abiertos para advertir de los riesgos que amenazan la vida de la democracia ya contagiada y enferma del virus del populismo. Nadie sensato debería suponer que hay vacunas o remedios sencillos para cortar de tajo esa enfermedad. Si el mundo logra sanar antes de que sea demasiado tarde –por las guerras cruzadas; por otra crisis de la economía que hoy ya es digital y huidiza; por la falta de agua, de alimentos o de aire para respirar; o, en otro plano, por la emergencia de otras formas violentas, y aun criminales, de desafiar la hegemonía populista–, no habrá una vuelta al pasado periclitado. Si logra sanar, repito, será mediante el método más simple creado en toda la historia: la conversación inteligente entre personas decididas a convivir sin destruirse. Este método es la raíz de la democracia. Y con ella estamos comprometidos.


























