Año 1, núm. 3, octubre de 2025
editorial
Las violencias que nos agobian
Mauricio Merino
México vive bajo múltiples violencias: del feminicidio al desplazamiento forzado, del crimen organizado a la corrupción política. Todas se alimentan de la impunidad y la indiferencia, fracturando el tejido social y poniendo a prueba la posibilidad de construir paz colectiva
En marzo del 2023, Nosotrxs convocó a la Conferencia Nacional de Paz, que reunió a decenas de personas y organizaciones que habían sido y seguían siendo víctimas de muy distintas formas de violencia: mujeres sobrevivientes de intentos de feminicidio; madres buscadoras de personas desaparecidas; familias desplazadas de sus lugares de origen; personas en situación de calle y pobreza extrema; jóvenes enganchados en el consumo de drogas, perseguidos y extorsionados; pueblos originarios sometidos por autoridades ajenas y despojados de sus territorios; comunidades de afrodescendientes excluidas de apoyos sociales; migrantes vejados por policías, polleros y criminales; niñas y niños abandonados; trabajadoras sexuales arrinconadas por proxenetas y autoridades corruptas; repartidores de plataformas digitales sin protección laboral; fieles de iglesias amenazadas por sus credos; periodistas condenados a elegir entre el silencio o la muerte; jornaleros agrícolas y trabajadoras del hogar viviendo vidas de esclavas; jóvenes levantados por el crimen organizado; pequeños empresarios obligados a pagar derecho de piso; estudiantes extorsionados por profesores corruptos; madres adolescentes abandonadas; niñas violadas y criminalizadas por abortar; personas defensoras del territorio arriesgando la vida todos los días, entre un triste y desolador etcétera.
¿Cuál de esas violencias es la más grave? ¿Cuál de esos dolores es más profundo y apremiante? ¿A quién debe protegerse primero?
En aquella ocasión no logramos establecer una estrategia común, consensada, entre quienes hablaron de cada uno de esos agravios, porque cada grupo reclamaba atención especial y cada uno esgrimía razones incontestables para exigirla.
¿Cuál de esas violencias es la más grave? ¿Cuál de esos dolores es más profundo y apremiante? ¿A quién debe protegerse primero?
Quienes participaron en ese encuentro sufrían y sufren, sin embargo, las mismas causas de su dolor: el uso impune de la violencia por personas y grupos que la ejercen porque quieren y pueden. Redes y alianzas que, en nombre de la codicia, de la ambición de poder o simplemente como afirmación de su identidad, deciden someter a las y los más débiles, cobijados por la complicidad, el silencio, la invisibilización, el miedo o la impotencia de los demás. El Estado (¿qué es el Estado?) aparece cuando ya es tarde, cuando ya sucedió todo, cuando el dolor es irreparable y llega a anunciar que se investigará y se llegará hasta las últimas consecuencias. A veces añade: caiga quien caiga. Pero lo único que sigue cayendo es la protección mutua, la solidaridad eficaz y la justicia oportuna, en un Estado que oscila entre la impotencia y la prepotencia, envuelto entre palabras vacías.
También padecemos otras violencias: las que ejercen los cárteles del crimen organizado que han ido ganando terreno hasta en los titulares de los noticieros; la violencia que ejercen las fuerzas armadas investidas de policías, que se regulan a sí mismas y se protegen en el secreto de la seguridad nacional; la violencia de la clase política, la nueva y la vieja, que ha optado por la ruptura y la polarización, sin tregua y sin otro desenlace posible que una espiral de esa misma violencia. Y de otro lado, la que esgrime el presidente del país más violento y mejor armado del mundo contra las personas inmigrantes, contra sus adversarios, contra la prensa, contra cualquier cosa que lo limite. Vivimos la violencia verbal de las redes que distan mucho de ser sociales y la violencia urbana de todos los días, donde millones de seres humanos cohabitamos sin convivir, desconfiados y fragmentados. Las violencias, en fin, que se han vuelto parte de la normalidad aceptada en las múltiples modalidades de la discriminación, inconsciente o deliberada, que se ejerce todos los días sobre millones de seres humanos: “esas minorías —decía Gilberto Rincón Gallardo— que forman la mayoría del país”.
El Estado aparece cuando ya es tarde, cuando ya sucedió todo, cuando el dolor es irreparable.
En aquel encuentro de marzo de 2023 se repitió una y otra vez la consigna: la paz es mucho más que la ausencia de la violencia. La paz es una construcción colectiva, que fracasa cada vez que alguien impone su fuerza sobre otra persona para someterla, sin costo ni riesgo ni castigo posible. La paz fracasa cada vez que abandonamos la fraternidad —esa palabra ignorada—, cada vez que traicionamos a la igualdad y cada vez que suponemos que la libertad puede existir sin abrazarla como proyecto común. No es cierto que mi libertad termina donde empieza la tuya —repetimos como mantra en nuestro movimiento—. No, mi libertad solo comienza donde se une a la tuya.
¿Qué es la violencia? El diccionario solo acierta a reproducir sus sinónimos: agresividad, brutalidad, salvajismo, ferocidad, fiereza, furia furor, ira, crueldad, saña, ensañamiento, arrebato, coacción, acometividad, fuerza, ímpetu, intensidad, brusquedad, dureza, virulencia, impetuosidad, impulsividad, vehemencia, reciedumbre. La violencia es indefinible, pero no los violentos, ni tampoco la lógica autorreferente de quienes someten y causan daño, porque pueden y quieren. La autoafirmación del poder.
Recupero aquí una idea de Rita Segato sobre la violencia, que explica su lógica circular, machista y autorreferente:
Una mujer de 73 años [fue] agredida sexualmente por un grupo de policías cuando se resistía a la toma de Atenco para la construcción de un aeropuerto. Ella es violada multitudinariamente […] y fallece poco después. ¿Qué líbido hace que se viole a alguien que no es realmente el objeto de un deseo propiamente sexual? ¿Qué deseo es ese?
[…] Lo que despierta el deseo es el espectáculo de sí como dominador, como fagocitador de un alter nutritivo para la posición del sujeto potente. La líbido está colocada en el espectáculo. Es una líbido narcisista que retroalimenta al sujeto. El gozo está atrapado en el narcisismo del sujeto y su espectáculo de potencia ante sí mismo y ante los ojos de sus pares.[1]
Este número de El Diluvio está dedicado a estudiar esas expresiones furiosas, salvajes, iracundas (etcétera), que han ido echando raíces en nuestras sociedades dolidas y sometidas. Es imposible abordar todas. ¿Cuántas hay? ¿Cuántas páginas tendrían que llenarse? Sin embargo, quienes han colaborado con esta edición iluminan, en efecto, muchas de sus aristas y, a pesar de todo, nos ofrecen una mirada de aliento.
¿Podemos erradicar las violencias? Sí, debemos, porque la primera expresión de cada una de ellas es la desesperanza. Sí podemos y queremos eliminarlas, porque la paz —hay que decirlo otra vez— es una construcción democrática y colectiva.
[1] Rita Segato. Escenas de un pensamiento incómodo. Género, violencia y cultura en una óptica decolonial. Prometeo, 2022, p. 19.


























