Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
¿Dónde están las minorías frente al desorden?
Asmara González Rojas
El desorden mundial no solo reconfigura la geopolítica: profundiza la invisibilización de las minorías y del Sur global en un sistema internacional dominado por potencias que deciden entre sí, sin escuchar a quienes cargan los costos del colapso.
Tanto el discurso de Mark Carney, primer ministro canadiense —durante el Foro Económico de Davos, en enero pasado— como el de Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos —pronunciado tres semanas después en la Conferencia de Seguridad de Múnich—, se convirtieron en trending topic para la clase política, para burócratas internacionales, intelectuales y académicos en gran parte del mundo, así como para las clases medias enteradas y la sociedad civil organizada. Ambos pusieron en negro sobre blanco, desde posiciones encontradas, lo que ya estamos viviendo.
El debate global se produce entre potencias, mientras las regiones periféricas permanecen fuera del diálogo decisorio.
Es poco probable que las y los ciudadanos de a pie estén enterados del (des)orden mundial, de la crisis del Estado y las transgresiones a la soberanía por parte de los gobiernos abusivos, o de la vulnerabilidad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pues lo que importa de manera cotidiana y como casi siempre, es la economía y la distribución de los recursos, el empleo, los precios, el acceso a la canasta alimentaria y a los satisfactores básicos; es decir, las cuestiones relevantes que afectan el día a día, incluyendo desde luego la seguridad. Sin embargo, el intervencionismo y el unilateralismo de las potencias mundiales, así como la derrota del orden internacional, están pisoteando los derechos de la ciudadanía cada vez más; están comprometiendo su seguridad no solo por las guerras y los conflictos armados internos (léase Ucrania y Medio Oriente, África o América Latina), sino por el renovado imperialismo de Estados Unidos, China y Rusia.
Es notorio que los discursos de Carney y Rubio describen un debate que nos atañe a todos, desde posiciones políticas distintas, pero ellos hablan entre sí: desde el Occidente para el Occidente, sin mirar a América Latina más que por encima del hombro, a pesar de que nuestra región es la mayor de este enorme continente americano, como lo hizo notar con tino una celebridad puertorriqueña, paradójicamente, en el centro del escenario del Super Bowl americano.
Tampoco se habla de Sudán, de Etiopía, de Myanmar, de la República del Congo o de Yemen, entre un dramático etcétera. Para las potencias solo existen su ambición y sus alianzas estratégicas. Si se menciona a los países periféricos (o del Sur global) es en su calidad de proveedores de recursos naturales y materia prima, algunos convertidos en maquiladores y en murallas de contención contra personas migrantes.
El nuevo desorden mundial reproduce lógicas coloniales bajo un lenguaje contemporáneo.
Esos países fueron colonias y siguen arrastrando influencias e historias de sumisión que les impiden organizar a sus múltiples naciones, etnias y tribus, así como hacer valer su voz en el concierto internacional. Ni siquiera algunos de los que han ocupado primeras planas internacionales en momentos clave (como la India, Indonesia, Afganistán, Liberia, Nigeria, Uganda o Etiopia, por mencionar algunos), han logrado librarse de las ataduras de su pasado colonial. En todo caso, cuando somos mencionados es para ejemplificar los problemas que el subdesarrollo ha traído consigo a los países dominantes y para quejarse explícitamente de las movilidades humanas por motivos de conflicto, hambrunas y de refugio político.
Entonces, valdría la pena preguntarnos si estamos realmente presenciando una crisis de los Estados nacionales y del Estado (a secas), un nuevo acomodo del orden mundial, o más bien una crisis del sistema capitalista liberal, el cual es mayoritario y sigue produciendo, por medio de sus potencias dominantes, la anarquía del orden mundial actual con descalabros cada vez más importantes. Ya hemos presenciado el desprestigio del neoliberalismo, sobre todo a partir de la crisis financiera e hipotecaria de 2008 con epicentro en Estados Unidos; hemos vivido las consecuencias económicas y sociales de la brutal concentración de la riqueza del siglo XXI, que ha ahondado las múltiples desigualdades que se multiplican en el mundo (véase el número 7 de El Diluvio), incluyendo al puñado de milmillonarios que no viven en regímenes democráticos; hemos visto la erosión de la democracia así como los retornos de los nacionalismos extremos; hemos atestiguado cómo los países más poderosos rompen sistemáticamente las reglas del juego económico y del derecho internacional, asentadas en 1945 tras la firma de la Carta de San Francisco y la creación de las Naciones Unidas; y hemos presenciado la quiebra deliberada de buena parte de los organismos creados para resolver conflictos de manera pacífica y justa, por encima de las armas o de la riqueza o de la corrupción de las elites dominantes.
Estos ejemplos abonan a la premisa de la crisis del orden liberal en los ámbitos de lo político, filosófico, económico y social que, sobresimplificado, encarna: el capitalismo, la democracia, los derechos humanos fundamentales, el bienestar económico y social, las libertades políticas y la pluralidad —aunque aquí se complique el debate entre el universalismo y el particularismo de los derechos—, al mismo tiempo que alude a las relaciones y debates entre el Estado y el mercado, las garantías de derechos humanos y bienestar social o lo que se conocía en el siglo XX como Estado de bienestar. Todo esto, tangible e intangible, está en crisis y continúa erosionando —como lo dicen numerosos informes de organismos internacionales intergubernamentales y no gubernamentales— a todo el sistema de Estados y naciones.
Las crisis económicas, bélicas y migratorias afectan de forma desproporcionada a quienes nunca tuvieron voz en el orden anterior.
Tal vez, como reflexiona Jacobo Dayán en el texto escrito para este mismo número, asistimos a una “crisis del proyecto civilizatorio […] pero en el fondo vivimos una crisis de la palabra, de la verdad y de la ética”, tal vez asistimos al final del “antropoceno” —para algunos más bien “angloceno” o “capitaloceno”—. Tal vez, las ideas del siglo de las Luces, léase libertad, igualdad, fraternidad, contrato social, justicia, legitimidad, democracia, división de poderes, derechos humanos universales, capital y un largo etcétera, ya no alcanzan para describir la realidad actual. Tal vez la idea de un “orden mundial” y un sistema de Estados —sobre todo Estados nacionales—, ha llegado a su fin. Tal vez es tiempo de reconocer, más allá de los tratados internacionales o en los textos constitucionales, que hay estados multinacionales, multiétnicos, multi y pluriculturales; que Occidente y Oriente nos complementamos, que nuestras historias están entreveradas; que no hay estados a secas, y que la homogeneidad es cada vez más utópica, incluso en sociedades tan cerradas como las orientales o de algunos pueblos originarios de nuestra América.
¿Será posible, acaso, que tras esta crisis global el Occidente y los países occidentalizados (excoloniales y subdesarrollados) de una vez podamos decir algo e intercambiar destinos? Es claro que “las minorías” del mundo también tenemos cosas que decir: ideas y propuestas fundamentales para la supervivencia de la especie, derivadas de nuestra propia experiencia de sobrevivencia colectiva. ¿Cuántos de nuestros problemas internos obedecen a ese desorden internacional? México, Perú, Ecuador, Bolivia, Guatemala y Brasil, son ejemplos de países multiétnicos y pluriculturales, todos ellos megadiversos en términos de biodiversidad y todos ellos atrapados en Estados capturados por sus élites económicas y políticas, todos demasiado cerca de Estados Unidos y todos vinculados por un sistema en crisis que nos ata las manos y el destino.
No tengo respuestas, pero me atrevo a decir que todas las generaciones vivas anteriores a las Z —e incluso la generación Z— no quieren volver a los nacionalismos autoritarios, a la confrontación con Oriente ni a las amenazas nucleares. Tampoco al imperialismo exacerbado ni a la descomposición de nuestros territorios y de nuestros proyectos de desarrollo. Ni, desde luego, al colonialismo renovado por la era digital y a la preocupación constante por defender nuestros derechos individuales y colectivos, así como una democracia amenazada por regímenes populistas de temporada. Tal vez la crisis sirva para abandonar el sistema que nos ha hundido, las fronteras que nos han encarcelado y rescatar al ser humano a secas.


























