Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
voces
Dividir para gobernar, unir para sobrevivir: entrevista a Martín Paz, exiliado de Venezuela
Jesús Caudillo
El populismo se revela en las palabras: los líderes crean realidad con el lenguaje, fabrican enemigos y construyen un pueblo imaginario que solo ellos dicen representar.
La bala entró por la cabeza de un muchacho de 19 años. Jesús Eduardo Ramírez Bello cayó en medio de una protesta que pedía agua y electricidad para la ciudad. No era una marcha épica ni un episodio de barricadas: era un reclamo vecinal. Del otro lado, desde una universidad creada por el Estado, alguien –otro joven– disparó en defensa de la revolución. Martín Paz estaba allí. Lo que siguió ya no se mide solo en titulares, sino también en la forma en que un país se parte por la mitad y la confianza se vuelve un lujo peligroso. “Desde esa universidad, una persona ideologizada que nos veía como enemigos existenciales disparó una bala que le entró por la cabeza a mi amigo Jesús Eduardo Ramírez Bello”, recuerda. “Ese para mí es el mayor ejemplo de cómo se vive el populismo en carne propia.”
Del exilio a la palabra: una conversación con Martín Paz
Nos conectamos por videollamada. Cancún, calor de tarde, un ventilador lento; todo sugiere una cierta calma que contrasta con la memoria que trae adentro. La conversación avanza con el ritmo de los hechos que marcaron su destino. Le pido que se presente, que cuente primero por qué está en México. “Estoy en México por decisión propia, porque el país me acogió y me enamoró y aquí eché raíces”, dice. “Salgo de Venezuela por persecución política, precisamente porque el régimen que hoy domina mi país no aceptó y no acepta voces disidentes.”
“El lenguaje del poder populista no describe, actúa: crea identidades y borra contrapesos.”
No es una exageración. Antes del exilio, Martín fue dirigente estudiantil y luego dirigente político opositor. En 2015, después de años de movilización, decidió hacer una huelga de hambre para exigir la liberación de presos políticos y la intervención de la Iglesia. “Yo decido hacer una huelga de hambre en el Vaticano para hacer presión al Papa Francisco y específicamente al Estado del Vaticano”, cuenta. Aquello le valió “toda clase de señalamientos, desde traición a la patria hasta terrorismo. A partir de ese hecho no pude volver a Venezuela precisamente por las amenazas, desde Nicolás Maduro hasta Diosdado Cabello”.
Le pregunto si fue una salida paulatina, de esas que se arman con listas, despedidas, venta de muebles. Niega con la cabeza y lo resume sin dramatismo: hubo que irse. Entre la cárcel y el exilio, el exilio. No pone énfasis en sí mismo: lo que le importa –lo dirá varias veces– es lo que el populismo hace con la sociedad que lo padece.
La fractura del país: cuando la política divide a la gente
Si algo insiste en subrayar es que, detrás de la retórica, hay una operación simple y devastadora: la partición del mundo en dos. “Dentro de la construcción de las teorías del populismo hay bastantes rasgos y categorías”, concede. “Pero para mí la fundamental es la división, la separación del campo social. Esa división entre nosotros, pueblo, y ellos: contrarrevolucionarios, elite, burguesía, derecha parasitaria… cualquier forma de separar.”
Esa separación no se queda en un eslogan ni en un póster partidista. Se vuelve clima. “Pasamos de ser adversarios a enemigos existenciales”, dice. “Chávez incluso decía: ‘yo no soy, yo soy el pueblo’.” La frase, que podría leerse como un recurso simbólico, operó como un deslinde ontológico: de un lado, la criatura pura llamada pueblo; del otro, el resto: sospechoso, parasitario, desechable. “Lo vimos muy temprano, con un discurso con carga social important, pero también con una carga de odio y de división.”
La división, para sostenerse, requiere instituciones paralelas. “En mi país había universidades. Ellos crearon un nuevo sector universitario paralelo: la Universidad Bolivariana”, describe, “en donde más que ser educados eran adoctrinados y víctimas de la ideologización”.
El resultado no es solo ideológico; es práctico. De ese ecosistema, de esa pedagogía, salió la mano que apretó el gatillo contra su amigo. El asesino, repite, “tenía los mismos problemas que nosotros”, pero ya no podía verlos como comunes: la doctrina le había dicho que el otro era el enemigo. “Es deshumanizar al adversario, así es mucho más fácil dispararle en la cabeza”, sentencia. “Por eso la derecha parasitaria, por eso la gusanera.”
En este punto de la charla, le pregunto: “Al final, ¿podríamos decir que el populismo despersonaliza y deshumaniza al otro y que esa deshumanización es parte de su estrategia de supervivencia?”.
Él no duda: “Sí, claro. El fin último es aplastar al adversario. Una de las prácticas es la deshumanización”.
¿Cómo se entra en esa agua que hierve y nadie parece sentir? Le llevo a la metáfora de la rana hervida, que ha aparecido en otras entrevistas de este número de El Diluvio. Martín la hace suya: “Hasta que te toca a ti… hasta que te toca la puerta de la casa es muy difícil que te des cuenta”, dice. Y añade: “Yo no dimensioné lo que nos iba a terminar pasando hasta que vi al presidente diciendo que yo era un traidor a la patria”.
Entre los ejemplos que mencionamos aparece la cárcel: su compañero de huelga, José Vicente García, “estuvo preso y torturado durante dos años”. A él, a Martín, le tocó la ruta del exilio. A otros, la muerte. A muchos, ese desgaste silencioso de tener que elegir cada día entre decir algo o callarse. “En la práctica, en la calle, en el barrio: el vecino que te denuncia, el compañero de estudio que es capaz de agredirte”, describe; “y para qué te cuento en cuántas cosas deriva a nivel cotidiano”.
¿Es entonces el populismo una ideología? Martín lo desactiva con una frase que conviene grabarse: “No tiene que ser ni de derecha ni de izquierda, simplemente es populismo”. Cambian los colores, las banderas, los símbolos de ocasión; lo que permanece es la gramática del poder: dividir para gobernar.
Unir lo que el poder separa: el antídoto de la unión
Desde ese diagnóstico, la conversación nos lleva a la pregunta que atraviesa este número de El Diluvio: ¿qué hace un ciudadano común frente a esa maquinaria? ¿Se calla? ¿Resiste? ¿Se pliega? En sus palabras, el mapa es claro: “Solo te podría decir que lo último que hay que hacer es la sumisión y quedarse callado, pero tampoco te diría que la clave es jugar en el propio tablero”. El populismo “se alimenta de la separación”. Por eso, el antídoto es “todo lo contrario: la unión, la cohesión en las cosas que nos unen a todos”.
El populismo no argumenta, narra: convierte emociones en verdades.
Vuelve entonces al muchacho que jaló el gatillo. “Ese joven tenía los mismos problemas que mi amigo: igual no le llegaba el agua, igual se le iba la luz, igual no conseguía los alimentos, igual su futuro estaba empeñado, igual no tenía libertades”, enumera. “Solo que no le había tocado la puerta el populismo.” De esa constatación se desprende una ética para tiempos rotos: “Sí, levantar la voz, pero en función de lo que le toca a todos los ciudadanos”.
Su propuesta tiene una formulación práctica, casi pedagógica, que él mismo verbaliza: “Cuando te digan que tú eres chairo y el otro es fifí, no: es que somos mexicanos y tenemos los mismos problemas”, dice. “Cuando te digan que tú eres escuálido, apátrida, burgués, responde que somos ciudadanos.”
No se trata de negar el conflicto –la política existe, recordará, porque existen los desacuerdos–, sino de evitar que el desacuerdo devenga en deshumanización. “Esa persona que ves defendiendo un régimen populista es una víctima, solo que todavía no se ha dado cuenta”, sostiene. Tiempo después, quizá, lo sabrá por experiencia propia. “En mi país, muchos de los que defendían el chavismo fueron víctimas de alguna u otra forma: o les llegó la inseguridad, o no consiguieron comida, o tuvieron que exiliarse.”
Analizar su retórica permite ver el poder como acto de performatividad política.
Lo que queda después: la voz del ciudadano
En el tramo final, le pregunto por el mensaje que le gustaría dejar a quienes leen El Diluvio. No busca discursos solemnes; insiste en lo concreto de la convivencia. “Está mal odiar a tu vecino por una ideología política”, dice. “Vives los mismos problemas que los demás. Es donde debe estar la unión y en el proyecto que se quiere para el país.”
Antes de despedirnos, cierra el círculo: la división “termina siendo siempre el negocio de los políticos y sobre todo de los políticos con tendencias autoritarias y populistas”.


























