Año 1, núm. 4, noviembre de 2025
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Democracias sitiadas y el nuevo ciclo del populismo: entrevista a Federico Finchelstein
Redacción de El Diluvio
El populismo del siglo XXI asedia las democracias desde dentro: gana elecciones, pero las vacía de sentido, y sueña con un mandato absoluto para refundar la nación.
Federico Finchelstein habla con serenidad de un fenómeno que ha dedicado años a estudiar y que, paradójicamente, parece volverse más urgente cuanto más lo comprendemos. El historiador argentino, profesor en la New School for Social Research, es una de las voces más influyentes en el análisis del populismo, el fascismo y sus mutaciones contemporáneas.
Durante la conversación con El Diluvio, conducida por Mauricio Merino, Finchelstein advierte que las democracias del siglo XXI se enfrentan a una forma de asedio que no proviene del exterior, sino de dentro de sus propias estructuras. “Estamos en un mundo donde casi nadie duda ya de la categoría de populismo, y lo que uno se pregunta es qué tan extremo es este populismo para acercarse, casi diría, a formas autocráticas o incluso fascistas, dependiendo de los países”.
El diálogo se despliega como un mapa histórico y conceptual que conecta las heridas del siglo XX con las tensiones del presente: líderes que invocan al pueblo mientras desmontan los contrapesos que lo protegen y regímenes que conservan la apariencia de elecciones mientras transforman la ley desde dentro
El retorno del término que nadie quería usar
Durante décadas, el concepto de populismo fue una palabra incómoda, evitada por la academia política. Finchelstein recuerda que los historiadores se atrevieron a nombrarlo antes que los politólogos. “Casi nadie duda ya de la categoría, pero lo que cambia es el grado de su extremismo”, dice. El populismo, explica, no es sinónimo de dictadura, aunque comparte con ella el impulso de reducir los límites del poder.
“El líder populista no representa al pueblo: se dice el pueblo mismo encarnado.”
¿Cómo identificarlo? “Hay distintas cuestiones que uno se puede preguntar desde distintas dimensiones”, dice, “empezando por el respeto que se da a la separación de poderes, y sobre todo por cómo funciona el líder: si se considera representante o personificación del pueblo y la nación”. En los populismos, añade, “el líder no nos representa; es el pueblo mismo encarnado”.
Esa trinidad populista –nación, pueblo, líder– da forma a lo que el autor llama una mística política de la identificación, una religiosidad secular que sustituye la pluralidad por un vínculo emocional absoluto.
Entre el voto y la tentación autoritaria
Una de las líneas más finas –y peligrosas– del populismo, según Finchelstein, es su relación con las urnas. A diferencia de los regímenes abiertamente autoritarios, el populismo “se presenta como democrático”, pues llega al poder mediante elecciones y lo ejerce en nombre de los votos. Pero ahí comienza el dilema: “En el constitucionalismo democrático las elecciones no pueden ser delegación del poder ni mandatos absolutos para cambiar la sociedad de cuajo”.
Históricamente, dice, los populismos del siglo XX aceptaban perder. “Cuando Cristina Kirchner o Berlusconi perdieron, aceptaron los resultados”, recuerda. Pero esa lógica se ha roto en los populismos de extrema derecha contemporáneos: “Los casos más famosos son los de Donald Trump y Jair Bolsonaro. No aceptaron los resultados e intentaron golpes de Estado fallidos. Eso es algo nuevo dentro del populismo”.
El historiador señala que el trumpismo inauguró un modelo: convertir la derrota electoral en conspiración. “Cuando les conviene, los marcos electorales sirven; cuando no, denuncian fraudes, fantasías, prácticamente conspiraciones.” En otros casos, como Perú o Israel, líderes o partidos han “jugado con la idea del fraude que no era tal”.
Populismos de izquierda, dictaduras y los límites del concepto
La conversación se adentra en los bordes más resbaladizos del mapa: el punto en que un populismo deja de serlo y se convierte en dictadura. Finchelstein distingue con cuidado. “Cuando hay dictadura, no hay populismo. El populismo forma parte de una lógica electoral: puede amenazarla o minimizarla, pero no la destruye.”
Sobre Venezuela, afirma sin matices: “Para mí, Maduro es un dictador, no un populista. Lo que tenía de populista ya no existe”. Y sobre México, aunque evita afirmaciones categóricas, reconoce que “no es típico de los populistas delegar o generar una sucesión de poder”. Recuerda que durante años consideró que López Obrador no encajaba del todo en esa categoría, “pero ya en la presidencia había muchas dimensiones populistas”.
El problema, agrega, no es solo conceptual: es institucional. “Si las elecciones dejan de tener sentido claro, lo que vemos es un avance del autoritarismo”. En ese punto, dice, los populismos pueden derivar hacia regímenes híbridos donde la apariencia democrática sirve de escudo al control vertical del poder.
Los ‘aspirantes al fascismo’ transforman el voto en devoción.
De la extrema derecha al fascismo: cuatro pilares del odio
La conversación alcanza su núcleo teórico. Merino le pregunta cómo distinguir el populismo de la extrema derecha y, sobre todo, qué define al fascismo. Finchelstein responde con precisión histórica: “El fascismo siempre es anticomunista y antiliberal. Está en contra del legado de la Ilustración”.
En su trabajo identifica cuatro pilares que lo distinguen:
- Violencia y militarización de la política. “La violencia no solo se ejerce; se celebra. Los fascistas piensan que la violencia crea poder, que es purificadora y estética.” Hitler y Mussolini, recuerda, “no solo eran violentos, sino también que glorificaban la guerra y el odio”.
- Mentiras y propaganda totalitaria. “Todos los políticos mienten –decía Hannah Arendt–, pero los fascistas creen en sus mentiras.” Mientras el político tradicional sabe que promete más de lo que puede cumplir, “el fascista transforma la realidad para que se asemeje a su propaganda”.
- Xenofobia y demonización del otro. “El fascismo convierte al pueblo en una categoría étnica o religiosa.” A diferencia del populismo, donde “uno puede ser parte del pueblo si reconoce al líder, más allá del color de piel o la religión,” el fascismo define la pertenencia en términos de sangre y raza: “No hay fascismo sin racismo”.
- Dictadura y supresión total de la democracia. “Puede haber dictaduras sin fascismo, pero no hay fascismo sin dictadura.” Cuando estos cuatro elementos se combinan en una tradición de extrema derecha, dice, “estamos hablando de fascismo”.
Finchelstein insiste en que los populismos actuales de extrema derecha –Trump, Bolsonaro, Meloni– no son fascismos plenos, pero “aspiran a serlo”, de ahí el concepto que da título a su libro más reciente: Wannabe fascists. “Son aspirantes a fascistas: no lo son por completo, pero se acercan a sus pilares.”
Lo que los detiene, explica, son las trabas institucionales: sistemas judiciales independientes, sociedades civiles activas y medios libres. “En Brasil se dio una señal muy clara con la actuación de la justicia. Eso no pasó en Estados Unidos.”
La erosión de los frenos democráticos
Merino introduce un tema que resuena en toda América Latina: la captura de los sistemas electorales. Finchelstein lo considera uno de los indicadores más alarmantes del autoritarismo contemporáneo. “Si las elecciones tienden a dejar de tener un sentido claro, lo que vemos es un avance del autoritarismo.”
Para el historiador, el nuevo desafío democrático no es la desaparición de los comicios, sino su vaciamiento de legitimidad. “El populismo no renuncia al voto; lo instrumentaliza,” de ahí que surja la figura del líder que reclama “un mandato absoluto, casi místico, para refundar la nación”.
Ese mandato se traduce en una lógica de poder que ya no se mide por la representación, sino por la devoción. “El líder no se piensa representante, sino encarnación.” En ese tránsito, advierte, la democracia sigue existiendo formalmente, pero sus principios se corroen desde adentro.
Los aspirantes al fascismo y las defensas de la democracia
¿Qué contiene hoy a esos populismos radicalizados? Finchelstein responde sin titubeos: las instituciones, la justicia y la información libre. “Es importante que los actores institucionales reconozcan que hay una diferencia entre la Constitución y lo que quiere el líder”, afirma.
Pero no basta con la letra de la ley: se necesita una sociedad civil activa y cultura democrática. “Es importante tener diálogos como los que tenemos, discutir estas cuestiones, dar información basada en hechos y fundamentos empíricos, no aceptar el dictum que viene del poder.”
La prensa, insiste, es una línea de defensa decisiva: “Los medios independientes son esenciales. La democracia constitucional está siendo atacada en casi todo el mundo”. Su advertencia no suena fatalista, sino consciente de la fragilidad que acompaña a la libertad.
La prensa libre y la justicia independiente son los diques del autoritarismo.
Historia, advertencia y esperanza
Al final de la conversación, Merino le pregunta hacia dónde va el mundo. Finchelstein respira y contesta con una mezcla de pesimismo histórico y optimismo cívico: “Soy experto en extrema derecha y fascismos, así que veo las señales con preocupación. Pero como ciudadano, soy optimista: esto no necesariamente implica que van a ganar. No hay que aceptar la derrota antes de la destrucción de la democracia.”
Lo que observa, dice, es una tendencia global a normalizar lo intolerable: “Cuestiones que antes eran tóxicas –el racismo, la glorificación de la violencia, la mentira descarada– ya no lo son”. En distintos grados, esos discursos se expanden por democracias formales donde el odio se disfraza de identidad nacional.
El riesgo, sugiere, no está solo en los líderes, sino también en el cansancio democrático de las sociedades. En la tentación de creer que la eficacia autoritaria puede sustituir a la complejidad de la libertad.
Epílogo: una conversación necesaria
La entrevista con Finchelstein cierra con un tono que también abre el número. Su diagnóstico ilumina los mecanismos por los cuales el populismo se desliza hacia la autocracia y advierte sobre la erosión silenciosa de los valores democráticos.
El experto lanza una advertencia histórica: la democracia no se pierde de un golpe, sino por erosión, por cansancio, por desconfianza.
En un tiempo donde la mentira se disfraza de verdad y la violencia de purificación moral, esta conversación recuerda que defender la democracia –como él dice– no es un acto de nostalgia, sino de responsabilidad presente.


























