Año 1, núm. 7, febrero de 2026
ISSN 3122-3583
voces
De la casa al espacio público: cómo se organiza el trabajo doméstico para exigir derechos
Entrevista de Sandra Neves a Marcelina Bautista
El trabajo del hogar revela una de las desigualdades más normalizadas: aquella que se esconde en lo doméstico. Cuando lo privado se usa para excluir del derecho, organizarse se vuelve un acto profundamente político.
Marcelina Bautista tenía 14 años cuando dejó Oaxaca y llegó a la capital del país para desempeñarse como trabajadora del hogar. Su historia empieza donde suelen comenzar muchas desigualdades: en la normalización. En aquello que se acepta como “así es la vida”. Una adolescente que migra dentro del país; un trabajo que se le clasificaba como “ayuda”; una jornada que se estira hasta el límite; una relación laboral sin contrato, una vida que queda fuera de los marcos formales de derechos, protección y reconocimiento.
Marcelina resume su punto de partida sin adornos: “mi experiencia o el testimonio que yo viví por mucho tiempo se ha ido traduciendo en una lucha colectiva que es lo que hago hoy en la defensa de los derechos de las personas trabajadoras del hogar”. La frase es clave: testimonio y lucha colectiva aparecen en la misma línea, no como una consecuencia sentimental, sino como una estrategia política.
Porque el trabajo del hogar es una de las zonas donde la desigualdad se sostiene mejor: opera en el espacio doméstico, históricamente asociado a lo privado; se feminiza; se invisibiliza y, con frecuencia, se organiza como si el derecho no entrara por la puerta principal. El problema no se limita a un lugar o a una cultura específica: es una situación histórica que han enfrentado las personas trabajadoras del hogar en distintos tiempos y contextos. Cambian los marcos legales y los nombres institucionales; persiste la estructura: la vida cotidiana de unas se sostiene con el tiempo y el cuerpo de otras.
El trabajo doméstico sostiene la vida social, pero sigue invisibilizado.
Un trabajo desvalorizado, una sociedad que no lo ve
Marcelina identifica el primer núcleo de la desigualdad en el trabajo del hogar como un empleo no reconocido. Al recordar “el hecho de entrar a hacer un trabajo no reconocido, un trabajo desvalorizado por una sociedad que tampoco estaba en su radar”, no solo señala la falta de derechos laborales, sino una forma más de profunda de exclusión. La imagen del “radar” condensa una ceguera estructural: el trabajo existe, sostiene la vida cotidiana, pero la sociedad aprende a no verlo ni a nombrarlo como trabajo.
Esa desvalorización se ha sostenido durante décadas por una construcción cultural: el trabajo doméstico se entiende como una extensión natural de lo femenino, no como una actividad económica y social que produce valor. Esa idea es uno de los mecanismos más eficaces de dominación: si “siempre ha sido así”, entonces no se discute; si “se hace por cariño”, entonces no se paga; si “es como de la familia”, entonces la subordinación se disfraza de cercanía.
Aquí aparece el segundo núcleo: la falsa separación entre lo público y lo privado-doméstico. Esa división ha operado históricamente como un dispositivo político porque expulsa del interés público aquello que se vive en casa, como si careciera de relevancia social, económica y cultural. Y en esa expulsión, la experiencia de las mujeres y las niñas queda marginada.
Es en este punto donde la premisa de que “lo personal es político” adquiere su sentido riguroso. No se trata de ventilar la vida privada de manera arbitraria. Se trata de comprender que muchas experiencias de las mujeres están condicionadas por un sistema social sexista —lo que más adelante se conceptualiza como patriarcado— y que, por consecuencia, lo que suele leerse como “problema individual” tiene causas históricas y relaciones de poder detrás. Es pasar de la anécdota a la categoría: situar la experiencia en marcos sociales, políticos, económicos y culturales que explican por qué se repite, se normaliza y se reproduce como desventaja.
En el trabajo del hogar, esa operación analítica es urgente: durante años se ha presentado como un tema “doméstico” que se resuelve “entre particulares”, pero cuando un tipo de empleo se sostiene en informalidad sistemática, en jornadas extendidas, en salarios precarios, en ausencia de seguridad social y en discriminación normalizada, ya no hablamos de un asunto privado: hablamos de un problema público.
El paso de una historia particular a la crítica estructural
Al preguntarle a Marcelina en qué momento entendió que la invisibilidad era un problema político y no solo personal, ella responde: “cuando vi que la problemática que yo he estado viviendo no era solamente mía, sino también de otras compañeras, es cuando me doy cuenta que habría que hablar no solamente desde mi experiencia, sino también con las mismas trabajadoras del hogar y entender que esto es más colectivo que personal”.
El núcleo no es solo la empatía, sino que es el método. Conversar con otras trabajadoras permite detectar patrones: desigualdad repetida, aislamiento, falta de derechos como norma. Ahí ocurre el paso de lo personal a lo político, en el sentido más preciso porque lo que parecía “mi caso” se revela como una experiencia socialmente producida.
Hay un detalle que Marcelina subraya y que suele ignorarse en el debate público: el trabajo del hogar está estructurado para la dispersión. “En el trabajo en el hogar no hay esa colectividad desde adentro, sino que el mismo trabajo se presta a la individualidad y eso ha hecho muy difícil la organización de nosotras como trabajadoras del hogar”.
La desigualdad se protege mediante informalidad y aislamiento.
La desigualdad se explica mejor cuando cada trabajadora está sola, porque la soledad reduce la posibilidad de comparar, nombrar, exigir y organizar. En esa lógica, el aislamiento no es un accidente: es parte del diseño social del empleo doméstico.
Organización en domingo: hacer política cuando el tiempo no alcanza
Organizar a un sector disperso y precarizado exige inventar condiciones donde no las hay. Marcelina describe cómo incluso la capacitación se volvió un campo de disputa: “nosotras hemos decidido trabajar con cada una, capacitarlas los domingos, organizarnos los domingos, que son sus días de descanso”. Ese dato, aparentemente operativo, dice mucho más: cuando un sector debe organizarse en el único día “libre” es porque la desigualdad administra el tiempo. Y administrar el tiempo es administrar la vida.
Además, Marcelina evidencia un mecanismo de control recurrente: la resistencia patronal a que una trabajadora se reconozca como sujeta de derechos. No por una maldad abstracta, sino porque el modelo de relación laboral se sostiene en la asimetría. “Todos los días sucede, todos los días son despedidas, todos los días les son negados permisos”. Y remata con una pregunta: “¿Por qué un trabajo te niega permisos? ¿Por qué te niegan el trabajo si no quieres trabajar los domingos?”
La pregunta deja ver la brecha entre el trabajo doméstico y el resto del mercado laboral: muestra que lo que se tolera en las casas sería inaceptable en otros sectores. Esa tolerancia social es parte de la desigualdad histórica.
La trampa del “eres parte de la familia”
Una de las formas más sofisticadas de dominación en el trabajo del hogar es el lenguaje afectivo usado para suspender el derecho. Marcelina lo expone al hablar de trabajadoras de planta y relaciones laborales prolongadas: “eres parte de la familia, pero sin derechos”.
La frase no solo denuncia, sino que explica el control ejercido: se ofrece pertenencia simbólica para evitar obligaciones materiales. Y al mismo tiempo se impone incertidumbre: pueden ser despedidas “a las 12, una, en la mañana”, sin indemnización ni reconocimiento de años de trabajo. La “familia” funciona como discurso; el vínculo real es la precariedad.
En términos de análisis, esto también entra en aquello de que “lo personal es político”: lo que pasa en la intimidad del hogar está atravesado por estructuras de género, clase y poder. No se trata únicamente de un conflicto interpersonal aislado: es una relación laboral históricamente diseñada para quedar fuera del escrutinio público.
De la experiencia a la institución: CACEH como estrategia
Marcelina vuelve al punto estructural para explicar por qué fundó el Centro Nacional para la Capacitación Profesional y Liderazgo de las Empleadas del Hogar (CACEH): “me di cuenta de que la invisibilidad no solamente era mi problema”. De ahí nace CACEH, en el año 2000.
Lo personal es político cuando la injusticia es estructural.
El listado de acciones que enumera es revelador: capacitar, concientizar, incidir en leyes, asesorar ante despidos, “colocarlas en los trabajos de mejores condiciones”, comunicar en espacios donde las trabajadoras sí se encontraban —parques, por ejemplo—.
CACEH aparece como una apuesta política integral: denuncia y construye herramientas; exige derechos y enseña a ejercerlos. Todo ello lo hace en el terreno donde la desigualdad opera con mayor fuerza: el de la cultura.
Marcelina identifica uno de los desafíos políticos más complejos de su lucha: irrumpir en los espacios legislativos y confrontar una estructura de representación diseñada para otros intereses. En ese proceso, explica, se hicieron visibles resistencias profundas, pues no a todas las personas les conviene que las trabajadoras del hogar accedan a derechos. Fue entonces cuando comprendieron que muchas de quienes legislan lo hacen desde su posición como empleadores y no como representantes públicos, una confusión que fue necesario señalar y disputar.
Lo que está en juego aquí es el conflicto del interés convertido en sistema. La desigualdad no solo vive en la casa; también se reproduce en las instituciones cuando quienes deciden normas se asumen como “parte interesada”.
Logros legales y el peligro de que se queden en el papel
Marcelina identifica como primer gran reto el reconocimiento del trabajo del hogar como trabajo y no como “ayuda”, y menciona el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) como hito. Pero inmediatamente desplaza el foco a la fase siguiente: que los derechos no se queden en papel. “Otro reto es que las personas empleadoras empiecen a cambiar esta cultura y cumplan con reconocer derechos laborales”, afirma.
La formalización requiere la norma jurídica, pero en el fondo se trata de un cambio de sentido. Implica abandonar la idea de que el empleo doméstico es una relación de voluntad unilateral: “Te contrato y haces esto y se acabó”. Pasa por reconocer que hay jornada, descanso, seguridad social, contrato, protección contra discriminación y violencia.
También desmonta una narrativa muy frecuente: que los derechos “se descuentan” del salario. “Si quieres seguridad social te rebajan el salario; si quieren un contrato, mejor te despiden”. Lo que denuncia es un mecanismo de precarización: convertir el derecho en costo individual, en lugar de obligación patronal.
Uno de los tramos más duros de la entrevista es el de la doble (o triple) jornada. Marcelina lo contextualiza: el cuidado y el hogar recaen sobre mujeres en general, pero para las trabajadoras del hogar el peso se multiplica por la precariedad. “Esa doble o triple jornada de trabajo que muchas veces recae en las mujeres, pues es mucho más duro para las trabajadoras del hogar. ¿Por qué? Porque no tienen quien les ayude, y (con) lo poco que ganan no pueden pagar a alguien que lo haga”.
La organización colectiva convierte la experiencia en derecho.
La desigualdad se vuelve concreta: no es solo explotación laboral en la casa donde trabajan, es también desprotección en su propio hogar. Y ahí aparece una frase que golpea: “tienes niños que van creciendo en ausencia de sus mamás”. Marcelina Bautista menciona el documental “¿Puedo hablar con mi mamá?”, el cual funciona como síntesis política. El tiempo que se exige de más no es neutro: se cobra en la vida familiar de quien trabaja. La pregunta del título revela el costo social de una práctica que se normaliza.
Sobre el sindicato de las trabajadoras del hogar, Marcelina evita idealizaciones y señala algo clave para el análisis de desigualdad: organizar a un sector disperso no se resuelve con una fórmula única. Se requieren múltiples herramientas: capacitación, asesoría, redes, incidencia, modelos de contrato, tabuladores. Y eso enlaza con un punto mayor: la desigualdad histórica se combate con política cotidiana, no solo con grandes discursos. Se combate haciendo que el derecho sea practicable.
Cuando se pregunta por riesgos en un contexto de crisis económica y retroceso de derechos, Marcelina describe el mecanismo inmediato: reducción de días, pérdida de empleo, precarización salarial. “Si trabajaban cinco días, van a ser solo dos días, entonces hay un desempleo muy fuerte”. Y plantea la respuesta: “la organización va a ser como la fuerza que supere todos estos retos, solas no se puede”. En una frase, lo que Marcelina ve es que cuando el riesgo se individualiza, la defensa debe hacerse colectiva para que sea efectiva.
Hacia un cambio estructural: redistribuir, reconocer, formalizar
La parte final de la entrevista se mueve hacia el horizonte cultural: redistribución del trabajo del hogar dentro de los hogares, abandonar la idea de que es “asunto de mujeres”, visibilizar, profesionalizar, organizar. Marcelina lo expresa con claridad práctica: si alguien vive en una casa y quiere estar cómodo, tiene que contribuir. No como favor, sino como corresponsabilidad.
En el mismo movimiento, llama a las empleadoras a asumir el cambio sin pánico: cumplir derechos no es una amenaza, es un piso mínimo de justicia. Por eso al final ofrece herramientas concretas: redes de CACEH, contrato, manuales, tabulador, capacitación.
La historia de Marcelina no es valiosa porque sea “inspiradora” —en el sentido fácil del término—, sino porque revela el mecanismo: cómo un sistema social sexista y jerárquico empuja experiencias a la esfera privada para despolitizarlas, cómo la feminización del cuidado permite sostener la vida social con trabajo infravalorado, y cómo la desigualdad se protege con informalidad, aislamiento y afecto instrumental.
Marcelina Bautista expresa con precisión por qué cuestionar la división entre lo público y lo privado-doméstico sigue siendo indispensable: en esa frontera se decide quién cuenta como sujeto de derechos y quién es relegado al campo de la “ayuda”. Y en esa misma frontera se decide qué se discute públicamente y qué se deja en silencio.
El trabajo del hogar es parte de la infraestructura social porque, sin él, la vida económica se detiene. Por eso su invisibilización es grave en cuanto a que es un arreglo social. Y por eso el tránsito que narra Marcelina —del testimonio individual a la organización colectiva, de la dispersión a la capacitación, del silencio a la incidencia— no es solo una trayectoria personal: es un ejemplo de cómo se enfrenta la desigualdad cuando se entiende que no nace en la voluntad individual, sino en las relaciones históricas de poder.


























