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Crecer en el siglo del crimen organizado
Rashel Meléndez León *
Crecer en México en las últimas dos décadas ha significado aprender a vivir con una guerra que nunca fue declarada. Desde 2006, la violencia del crimen organizado no solo ha dejado miles de muertos y desaparecidos: también ha transformado la vida cotidiana, los símbolos culturales y la forma en que el país narra y comprende el horror.
A finales de 2006 comenzó la llamada Guerra contra el Narcotráfico en México. Lo recuerdo porque, desde antes de aquel año funesto, una señora pasaba todos los días a dejar el periódico y, de paso, a saludar a nuestro perrito:
La violencia como lenguaje social.
La guerra contra el narcotráfico no solo produjo víctimas: también reorganizó los códigos con los que la sociedad entiende el poder, el miedo y la autoridad.
—Chiquis, Chiquis, ¿cómo está Chiquis?
La nueva guerra se leía en los encabezados. Desde entonces se volvió normal encontrar en primera plana toda clase de horrores cometidos por el crimen organizado, mejor conocido como el narco. Yo era una niña —apenas tenía diez años— y mi prioridad no era mantenerme informada. Me enteré por accidente, por medio de interacciones inevitables con el mundo de los adultos: el periódico sobre la mesa, la televisión encendida y las conversaciones entre familiares.
De niña era buena memorizando palabras; aprendí todo lo que pude. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, escribe Wittgenstein, y yo almacené en lo más hondo de la memoria cada palabra, producto de una primera fase de la gramática de la guerra (Wittgenstein, 1922). Porque, claro, a esa edad era difícil que algún adulto quisiera responderme con plena sinceridad qué era un sicario, un cártel o qué implicaba un levantón.
Además, vivir en la capital del país daba el privilegio del aparente distanciamiento de la violencia letal, como si se tratara de historias de lugares lejanos, incivilizados, donde el Estado de derecho no se hace respetar. Ese “allá” servía de tranquilizante: la barbarie como geografía lejana, la violencia criminal como rumor de carretera.
Pero después creces, te mueves, conoces, y todo cambia.
Han pasado casi veinte años desde que la estrategia de seguridad del sexenio de Felipe Calderón se montó sobre la idea de la guerra contra las drogas. La persecución y el choque entre fuerzas del Estado y cárteles desencadenaron una ola de violencia extrema cuyo escenario principal fue el espacio público (Escalante Gonzalbo, 2011; Pérez Correa et al., 2019). Lo que antes era excepcional se volvió parte del paisaje: avenidas acordonadas, balaceras en la calle, convoyes armados, retenes improvisados, helicópteros, cuerpos desmembrados. Una segunda fase de la gramática de la guerra.
A la par, la visualidad sangrienta se sofisticó mediante una estética excéntrica en la que convergen artículos de lujo —bolsas, joyería, ropa y calzado— con elementos propios de la tradición mexicana, particularmente aquellos vinculados a la religiosidad popular y a las festividades dedicadas a diversos santos del culto católico. Esta articulación simbólica se encarna en la figura individual, concebida como unidad de poder que no solo ostenta estatus y riqueza, sino que también proyecta temor (Campbell, 2009; Peate, 2023).
Se trata de un sujeto que concentra una ambivalencia constitutiva: posee la capacidad de otorgar protección o favores, pero igualmente la potestad de ejercer violencia y disponer de la vida.
Buchón o buchona: así se le conoce en México. Es uno de los primeros íconos de la narcocultura que logra emanciparse de esta. Hoy es tendencia, forma de vestir, temática de pasarela y estética difundida en medios y redes sociales (Martínez & Galindo, 2017; Chacón Castañón, 2025).
Del espacio público al algoritmo
La violencia ya no habita únicamente calles y carreteras; también circula en pantallas, memes y redes sociales que amplifican su estética y su narrativa.
El sentimiento de inseguridad como síntoma del escalamiento de la violencia
Ese régimen de violencia dejó cifras y dejó hábitos.
En lo estadístico, México pasó a convivir con niveles muy altos de homicidio durante periodos prolongados, con picos y mesetas que ya parecen un clima y no una crisis. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el país ha registrado decenas de miles de homicidios anuales desde finales de la década de los 2000, con tasas que superan los 20 homicidios por cada 100 000 habitantes en varios años de la última década (Inegi, 2025).
En lo cotidiano, aprendimos a vivir midiendo el riesgo: la ruta “más segura”, la hora “prudente”, el antro “tranquilo”, el taxi “de sitio”, el “avísame cuando llegues”. Inegi ha documentado ese cambio de época y el aumento sostenido de la letalidad en estos años, hasta volver la última década un registro masivo de víctimas que desborda cualquier comparación reciente.
El problema es que la guerra no solo mató: reorganizó el mundo.
Las llamadas víctimas colaterales se volvieron desplazados; el estatus jurídico de persona ausente se multiplicó del mismo modo en que se multiplicaron las fosas clandestinas. De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, México acumula más de 130 000 personas desaparecidas desde que existen registros sistemáticos (Segob, 2025).
Cuando digo: “siglo del crimen organizado”, me refiero a eso, no solo a la frecuencia y letalidad de la violencia, sino a su capacidad de reorganizar símbolos, hábitos y lenguaje. La violencia se volvió una forma de comunicación.
El cadáver dejó de ser únicamente un resto; se convirtió en mensaje. La ejecución dejó de ser solamente un acto; se volvió performance. La ciudad dejó de ser únicamente un espacio; se transformó en escenario. Finalmente, el sujeto —hombre o mujer— es un icono que se reviste de lujo tanto en vida como en el ritual funerario (Valdez Cárdenas, 2012; Campbell, 2009).
En ese escenario, las organizaciones criminales desarrollaron estructuras más complejas donde no solo trafican sustancias: administran territorios, rentas, mercados, permisos, silencios, vidas (Pérez Correa et al., 2019; Lessing, 2017). La crueldad no es un exceso sino una técnica, mientras que la teatralidad es una herramienta.
Por eso la iconicidad importa, porque hay imágenes que perduran en la memoria colectiva: las cabezas en la pista de baile, los colgados en los puentes, los cuerpos apilados en camionetas o abandonados en carreteras. No hace falta verlas de frente para que afecten: basta saber que existen.
El primer cuarto del siglo XXI, además de ser escenario de sofisticación y expansión de las organizaciones criminales, es también terreno de producción simbólica en dos sentidos. Uno alude a la creación de narrativas que renueven el régimen prohibicionista. El segundo se refiere a la guerra en sí misma, particularmente a la forma en que el horror es narrado.
Primero estuvo la prensa: el periódico que llegaba a mi casa como si fuera pan caliente, con su dosis diaria de sangre. Luego la televisión. Después internet: fotos borrosas, videos cortos, audios de balaceras, rumores convertidos en “hilos”. Hoy ese mismo circuito se alimenta de algoritmos.
La guerra también circula en la estética digital: lo que se viraliza, lo que se repite, lo que se recorta, lo que se vuelve meme. Investigaciones recientes documentan que redes sociales como TikTok, Facebook o Instagram han sido utilizadas por grupos criminales para propaganda y reclutamiento, aprovechando la lógica del algoritmo, la visibilidad aspiracional de la narcocultura y la economía de la atención digital (González-Ascencio & Kwon, 2025; Noriega, 2023).
Un conflicto sin nombre formal
México vive desde hace casi veinte años bajo un conflicto armado no declarado, donde la militarización convive con un problema que también exige enfoques de salud pública y derechos humanos.
Omnipresencia de la guerra
La guerra, entonces, no solo ocupa calles: ocupa pantallas. El espacio público ya no es únicamente la plaza, el puente o la discoteca. También es el feed. El horror se desplaza con fluidez entre lo físico y lo digital. Y eso produce una estética particular: una estética de la amenaza, pero también de la pertenencia.
Hay códigos visuales: camionetas, armas, chalecos, corridos como banda sonora, santos y amuletos, insignias, modos de vestir, maneras de hablar. Hay un imaginario de poder que se vende como aspiración: dinero rápido, respeto, miedo.
La cultura de la guerra no se limita al narcocorrido —ni al corrido tumbado o al corrido alterado—; atraviesa series, conversaciones, chistes, modas y silencios.
Hay que distinguir, sin embargo, que no es el producto cultural en sí mismo el origen de la violencia. Podemos consumir o no el producto y la violencia criminal seguirá estando ahí.
Lo que sí es claro es que no se puede continuar con una lógica de combate que implica normalizar la presencia de las fuerzas armadas en el espacio público, operaciones especiales de defensa y procedimientos extrajudiciales como respuesta a un problema que es casi tan viejo como el propio Estado mexicano (Pérez Correa et al., 2019; Lessing, 2017).
El problema del narcotráfico en México se encuentra en una sórdida etapa de madurez que implica no solo el incremento, sino también la deslocalización de la violencia criminal.
Estamos frente a una guerra sin nombre formal, pero con rituales de guerra; una guerra sin frente claro, pero con muertos visibles; una guerra que se volvió paisaje.
Vivimos desde hace casi veinte años bajo un conflicto armado no declarado, cuyas consecuencias se agravan al priorizar un abordaje de defensa por encima de uno de salud pública y derechos humanos.
Porque entonces, además de la violencia, se acumula algo más difícil de medir: el trauma como problema de orden público.
* Maestra en Estudios Culturales por El Colegio de la Frontera Norte.
Referencias
Campbell, H. (2009). Drug War Zone: Frontline Dispatches from the Streets of El Paso and Juárez. University of Texas Press.
Chacón Castañón, A. (2025). Challenges of the Researcher Based on Fieldwork about “Buchonas”. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
Escalante Gonzalbo, F. (2011). Homicidios 2008-2009: La muerte tiene permiso. Nexos. https://www.nexos.com.mx/?p=14089
González-Ascencio, I., y Kwon, M. (2025). Cohabitation with criminals: civilian women’s everyday cooperation with Mexican drug cartels. International Feminist Journal of Politics. https://doi.org/10.1080/14616742.2024.2396851
Inegi. (2025). Defunciones por homicidio. Estadísticas preliminares. Instituto Nacional de Estadística y Geografía. https://www.inegi.org.mx
Lessing, B. (2017). Making Peace in Drug Wars: Crackdowns and Cartels in Latin America. Cambridge University Press.
Martínez, T.O., y Galindo, M.Z. (2017). Narco Culture and Media Practices: Negotiating Gender Identities in Contexts of Violence. En Media Practices, Social Movements and Performativity. Routledge.
Noriega, A.F. (2023). Narco Culture in Mexico: The Normalization of Violence and Erosion of Social Norms. John Cabot University.
Peate, A. (2023). “El narco está de moda”: Corporeality, Gender Violence and Narcoculture in Culiacán, Sinaloa. Bulletin of Hispanic Studies. https://doi.org/10.3828/bhs.2023.70
Pérez Correa, C., Zedillo, E., Madrazo, A., y Alonso, F. (2019). Drug Policy in Mexico: The Cause of a National Tragedy. A Radical but Indispensable Proposal to Fix It. University of Pennsylvania Journal of International Law, 41(2). https://scholarship.law.upenn.edu/jil/vol41/iss2/2/
Segob. (2025). Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). Comisión Nacional de Búsqueda. https://versionpublicarnpdno.segob.gob.mx
Valdez Cárdenas, J. (2012). Narcoperiodismo: la prensa en medio del crimen y la denuncia. Aguilar.
Wittgenstein, L. (1922). Tractatus Logico-Philosophicus. Routledge.


























