Año 1, núm. 5, diciembre de 2025
ISSN 3122-3583
voces
Combatir la corrupción en tiempos de populismo y criminalidad:
conversación con Manuel Villoria
Redacción El Diluvio
Entrevista realizada por Mauricio Merino
En un momento de populismos ascendentes y crimen organizado en expansión, la conversación con Manuel Villoria revela una verdad incómoda: la corrupción se ha convertido en el sistema nervioso de las democracias sitiadas por partidos sin ética y por redes criminales que capturan territorios enteros.
Manuel Villoria tiene una de las trayectorias más amplias en el mundo hispano sobre temas de corrupción, integridad pública y calidad de gobierno. Lo es por su obra académica, vasta y rigurosa; por su experiencia asesorando a gobiernos de España e Iberoamérica, y por la autoridad que le ha dado una vida completa dedicada al servicio público. Hoy es el presidente de la Autoridad Independiente de Protección al Informante en España, un órgano recién creado para defender a quienes denuncian corrupción y para contribuir a su combate desde el Estado de derecho.
La conversación que sostuvo con Mauricio Merino, fundador de El Diluvio, ocurre en un momento particularmente oscuro. El avance del populismo, el debilitamiento de los contrapesos democráticos, la captura de instituciones por redes políticas y criminales, y una ciudadanía desorientada ante la complejidad del mundo contemporáneo, son el telón de fondo de un fenómeno que no es nuevo, pero que se reinventa sin pausa: la corrupción como sistema de poder.
La corrupción no es obra de “manzanas podridas”: es un sistema político que premia la lealtad y castiga la integridad.
Le pedimos a Villoria que nos ayudara a mirar ese fenómeno desde adentro, desde su lógica y sus trampas. Esta conversación es el resultado. Lo que sigue no es una entrevista en formato pregunta-respuesta, sino una reconstrucción narrativa y analítica —como es tradición en El Diluvio— de una charla franca entre dos especialistas que llevan décadas estudiando el deterioro de nuestras democracias.
Qué significa combatir la corrupción
Para Villoria, combatir la corrupción es una tarea institucional, cultural y política que exige distinguir prevención de represión. De un lado está la dimensión represiva, que requiere un “buen código penal, jueces independientes, fiscalías sólidas y policías capaces”. Sin estos elementos, cualquier intento de combate a la corrupción es mera retórica, pero la dimensión realmente transformadora es la preventiva: el conjunto de instituciones, incentivos y normas que disuaden comportamientos deshonestos y fomentan prácticas íntegras. Aquí entra la administración pública, aunque también —y Villoria lo subraya con fuerza— los partidos políticos, el Poder Legislativo, el Judicial, los gobiernos locales, las empresas y la sociedad civil.
El error habitual es pensar que la corrupción se resuelve detectando “manzanas podridas”. Para Villoria, la verdad es más dura: “No es que haya manzanas podridas. Es que el saco está podrido.” Ese saco son los partidos políticos tal como operan hoy: estructuras obsesionadas con ganar, retener y expandir poder, donde la lealtad al grupo, el clientelismo interno y la impunidad pesan más que la ética o la competencia. Mientras esa dinámica no cambie, dice Villoria, ninguna reforma administrativa será suficiente: “Por mucho que pongas la administración patas arriba, los que mandan van a evitar que funcione la lucha contra la corrupción.”
Democracias sitiadas por sus propios partidos
La corrupción está minando la legitimidad democrática a escala global. Villoria coincide con los diagnósticos más crudos: una parte importante del auge del populismo se explica por la conducta destructiva de las élites partidistas tradicionales.
Los partidos, al polarizar a las sociedades y justificar cualquier acción en nombre de la lucha por el poder, abren la puerta a líderes que prometen anticorrupción sin instituciones, pureza sin controles y eficacia sin límites legales. El resultado es devastador: autoritarismos competitivos, elecciones formales, pero reglas manipuladas y un progresivo vaciamiento del Estado de derecho.
“Los populistas encuentran en esos partidos tradicionales la justificación perfecta para decir que ellos representan al pueblo puro frente a élites corruptas”, explica Villoria. Pero cuando llegan al poder, añade, “son peores que los otros”, porque combinan corrupción con autoritarismo.
Su diagnóstico es que mientras los partidos políticos sean máquinas de poder sin ética, el populismo seguirá siendo un atajo para la ciudadanía desorientada, cansada o desesperada. Y ese populismo, una vez arraigado, destruye las reglas que permiten la convivencia democrática.
La trampa social: corrupción desde abajo
Una de las aportaciones más relevantes de Manuel Villoria es su explicación de por qué las sociedades atrapadas en ciclos de corrupción encuentran tan difícil salir de ellos. Lo que Rothstein llama “trampa social”, la cual funciona así: si las personas creen que los demás actúan de manera deshonesta —que pagan sobornos, usan influencias, evaden la ley— entonces sienten que no tienen opción más que hacer lo mismo para sobrevivir. “No es maldad”, dice, sino una forma de sobrevivir al entorno.
El populismo avanza sobre los escombros de partidos que destruyeron su propia legitimidad.
De ello brinda diversos ejemplos: el soborno en hospitales, para acelerar atención; los pagos en escuelas; los arreglos informales en oficinas públicas, pequeñas mordidas que parecen “inevitables”.
Cuando la ciudadanía acepta la corrupción como norma, romper el ciclo es casi imposible. La solución requiere dos movimientos simultáneos: reformas institucionales profundas y participación ciudadana vigilante. La experiencia de la Comunidad Valenciana, donde se ensayó una reforma integral que incluyó nuevas leyes, agencias anticorrupción, canales de denuncia protegida y participación social, lo demuestra: los cambios tardan, a veces generan más escándalos al principio, pero mejoran la confianza y reducen la corrupción cuando se sostienen en el tiempo.
Proteger al informante: la nueva frontera del Estado de derecho
Villoria preside hoy una institución inédita en España: la Autoridad Independiente de Protección al Informante, cuyo propósito es garantizar que cualquier persona que denuncie corrupción pueda hacerlo sin miedo y bajo amparo legal. El modelo europeo establece estándares avanzados:
- Anonimato
- Confidencialidad
- Sistemas cifrados para comunicaciones seguras.
- Reducción o eliminación de sanciones para quienes denuncian desde dentro.
- Inversión de la carga de la prueba en casos de represalias.
- Apoyo psicológico y jurídico.
- Medidas cautelares para suspender despidos o sanciones.
- Posibles indemnizaciones a las víctimas.
- Y en ciertos supuestos, apoyos financieros
Todo ello busca que denunciar no sea un acto heroico, sino un derecho seguro. Y aun así, reconoce Villoria, el riesgo de instrumentalizar denuncias con fines políticos existe, pero la evidencia muestra que la mayoría de las denuncias falsas son mínimas y que los mecanismos de verosimilitud y sanción funcionan.
Lo que no puede evitarse —dice con realismo— es que actores políticos usen filtraciones o acusaciones para dañar reputaciones antes de que las instituciones puedan desmentirlas. En contextos polarizados, esa práctica puede destruir carreras y alterar elecciones.
El crimen organizado: cuando la corrupción pierde el disfraz
Quizá el momento más inquietante de la conversación llegó cuando Mauricio Merino preguntó por la confluencia entre corrupción y crimen organizado. Villoria no esquivó la gravedad: la corrupción política “tradicional” —clientelismo, tráfico de influencias, sobornos— parece hoy casi menor cuando se compara con la implantación territorial del crimen organizado. No se trata solo de corrupción: es un sistema paralelo de convivencia criminal, con reglas propias, autoridades locales de facto y economías enteras basadas en la ilegalidad.
En Europa, recuerda, Holanda estuvo cerca de ser capturada por redes criminales que amenazaron incluso a la familia real. Logró revertir el fenómeno controlando puertos, fortaleciendo inteligencia y cerrando brechas logísticas. Pero eso requiere riqueza, cultura cívica y Estado funcional.
El crimen organizado opera como un poder paralelo que convierte la corrupción en una forma de gobierno.
En América Latina, y especialmente en México, la escala es otra. Villoria cita estudios que estiman que casi un millón de personas viven directa o indirectamente del narcotráfico en México. Combatir eso “requiere una fuerza brutal”, dice, y reconoce que si él tuviera que gobernar México, “le aterrorizaría”.
El modelo de Bukele —carcelario, masivo, militarizado— aparece como ejemplo de “éxito”, pero es un éxito que, advierte, puede destruir las libertades democráticas y expandirse como tentación en regiones desesperadas. Y pregunta de vuelta: ¿Existen bases sociales en México para que ese modelo se implante? Merino respondió que sí, que ya comienzan a verse señales.
La delgada esperanza: información, tecnología y cooperación
A pesar del diagnóstico sombrío, Villoria no es un derrotista. Su esperanza —modesta, lúcida, realista— está en tres frentes:
- Mejorar los datos y la evidencia sobre corrupción para entender su impacto real.
- Usar inteligencia artificial y nuevas tecnologías para detectar patrones, controlar procesos y prevenir irregularidades.
- Fortalecer la cooperación internacional, porque la corrupción es un fenómeno transnacional, con redes que operan más rápido que los Estados.
Y, sobre todo, insiste en una idea más íntima: si las personas creen que cumplir la ley vale la pena y que los demás también la cumplen, entonces la conducta colectiva puede cambiar. Ese es el núcleo moral de la integridad.
La visión de Villoria es profunda. Tiene plena conciencia de la magnitud de los desafíos: la captura del Estado, la penetración criminal, los populismos que erosionan instituciones, el abandono de Estados Unidos en materia anticorrupción y los incentivos para la impunidad. Sin embargo, su confianza descansa en un principio elemental: la mayoría de la gente, dice, quiere vivir conforme a su conciencia y a la ley, si el sistema lo permite.
Epílogo
La conversación concluyó con afecto y admiración mutua entre dos académicos que han dedicado su vida a defender la idea más frágil y poderosa de la modernidad: que el poder debe estar limitado por la ética y por la ley, y que la democracia solo funciona cuando esos límites sobreviven a los tiempos oscuros.
En El Diluvio creemos que escuchar a voces como la de Manuel Villoria no es solo un ejercicio intelectual, sino sobre todo un acto de defensa democrática. La corrupción no es un problema técnico, sino una amenaza existencial para las sociedades abiertas. Y entenderla —como aquí— es el primer paso para enfrentarla.


























