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¡BAM! ¡POW! La realidad contra el algoritmo
Esther Kravzov Appel
En memoria de Ludolfo Paramio,
quien me enseñó que la política no es solo lo que sucede,
sino lo que logramos impedir que suceda.
Mi padre, ingeniero de profesión, decía que Batman no era más que un “estúpido con capa”. Le parecía un error de cálculo que su hija perdiera el tiempo con semejantes tonterías. Pero esa fue una de las batallas más importantes de mi infancia, y la gané. No era solo terquedad: era una cuestión de supervivencia. Me negaba a llegar a la escuela y ser la única que no sabía qué había pasado en el episodio anterior. No entender el ¡POW! ni el ¡BAM! equivalía a la muerte social en el recreo. Persistí hasta que me impuse y mi argumento social ganó. Fue mi primera victoria política, mi primer ejercicio de resistencia cultural; por eso, para mí, esta historia es entrañable.
Esa intuición infantil tomó forma cuando asistí al seminario en El Escorial que impartía Ludolfo Paramio sobre el cómic y la posmodernidad. Ahí apareció la lección decisiva: los cómics no son entretenimiento menor, sino pedagogía política. Los superhéroes enseñan más sobre obediencia, legitimidad y conflicto que muchos textos académicos. Despreciar la cultura pop es, en realidad, renunciar a una herramienta fundamental para entender el mundo.
Batichica, con traje ajustado, causas justas y una sexualidad contenida, fue un referente femenino clave para muchas mujeres de mi generación. No era un apéndice de Batman, sino una aliada competente e independiente que resolvía crímenes por su cuenta. Bajo su influencia aprendimos el sentido del deber y la importancia de la autonomía. Si no aspirábamos a ser ella, al menos deseábamos un novio como Batman: brillante, irónico, culto y éticamente confiable. Fue una escuela de carácter donde la inteligencia vencía a la fuerza y el compromiso a la indiferencia.
Los Cuatro Fantásticos ofrecían un equilibrio distinto. La Mujer Invisible se convirtió en una figura central, mostrando que la heroína podía ser el eje de un equipo complejo. Aun así, el guion seguía sin encontrar un lugar cómodo para la pareja. Mientras tanto, Superman permanecía atrapado en su contradicción eterna: llegar tarde a la cita o aparecer con ínfulas a explicarnos el final de la película.
Esa gramática del héroe impecable se rompió en los noventa. El guion se torció. Los héroes entraron en crisis: dudan, se quiebran, se culpan. Batman se enfrentó a sus propias sombras y Ciudad Gótica se volvió un espejo de su tormento: un espacio donde los ciudadanos deambulan como muertos vivientes, zombis urbanos atrapados entre la indiferencia y estructuras que dejaron de funcionar.
Mientras el héroe se hundía en su psicoterapia pública, los villanos evolucionaron mejor. El mal dejó el maquillaje corrido del Guasón para convertirse en un impecable gestor de activos. Lex Luthor ya no quiere destruir el mundo: quiere administrarlo, usar al Estado como plataforma económica desde la cual proyectar sus ambiciones. No es una conspiración de alcantarilla, sino un modelo de negocio con oficinas en el penthouse. ¡BAM!
Bajo esta lógica, Peter Thiel —un influyente multimillonario, y una figura clave del poder tecnológico y político en Silicon Valley— bautizó a una de sus empresas como Palantir Technologies inspirándose en las piedras videntes de El Señor de los Anillos: artefactos que prometían visión total, pero terminaban corrompiendo a quien los usaba. Verlo todo no garantiza libertad, sino dependencia. Información total, responsabilidad nula. No por nada Thiel ha afirmado sin rodeos que libertad y democracia no son compatibles.
Siguiendo este modelo, el crimen organizado dejó de ser marginal. Se volvió un actor central en la devastación de territorios enteros. No solo controla rutas o mercados ilícitos: administra poblaciones. Produce comunidades suspendidas, sometidas a la violencia cotidiana y a la economía del miedo. Donde el Estado se retira, el crimen no ocupa un vacío: instala un orden. Cobra impuestos, regula la vida diaria, decide quién puede trabajar, moverse o permanecer. No es una anomalía del sistema: es una de sus formas de gobierno.
Y mientras ese orden se normaliza abajo, la élite mira hacia arriba. Elon Musk administra una guardería dinástica —catorce hijos y contando— con nombres como X Æ A-Xii, Exa Dark Sideræl y Techno Mechanicus, y promueve un natalismo fervoroso. Al mismo tiempo, el discurso de la no reproducción se filtra hacia la clase media como una invitación elegante a desaparecer. Los dueños del algoritmo se multiplican para heredar el futuro, mientras sugieren al resto que no habrá lugar para todos. Ellos se reproducen; el resto estorba.
Vivimos un fin de época donde el villano se vende como el único “realista” mediante tres quimeras que amenazan con destruir el mundo mientras nos cobran el servicio:
La fuga de la Tierra: Marte
Aunque Musk prometa mudarnos al planeta rojo, la física no acepta sobornos. Marte es una fantasía publicitaria; la radiación cósmica nos consumiría mucho antes de llegar. Es la coartada perfecta para abandonar una Tierra que se han esmerado en ensuciar. Si Hiedra Venenosa levantara la cabeza, se reiría de nuestra ironía: “Creen que pueden simplemente abandonar el cadáver de este planeta después de haberlo convertido en su depósito de chatarra”. ¡POW!
El delirio de la inmortalidad
Figuras como Xi Jinping, Vladímir Putin o Jeff Bezos comparten una obsesión: eliminar el límite temporal del control. Para gobernar para siempre, primero hay que vivir para siempre. No buscan sanar la vida, sino impedir que el mando termine. Pretenden blindar el poder contra el único límite democrático que nos igualaba a todos, ignorando esa sabiduría popular mexicana que recuerda que, al final, a todos nos toca entregar el equipo y que de la Flaca nadie se escapa. ¡BAM!
La esclavitud digital
Inspirados en Ultrón, —la inteligencia artificial que aparece en la película de Los Vengadores y que concluye que la única forma de salvar el planeta es someter la voluntad humana—los señores de Silicon Valley instauraron un feudalismo tecnológico donde cada like es un mapa de nuestros deseos. Deciden créditos, vigilancia, votos y exclusión social. Administran miedos, consumos y conductas. En su tablero somos el insumo y ellos los titiriteros; nos mueven como marionetas que, distraídas por la señal de alta velocidad, no sienten los hilos. Al final, Ultrón tenía razón: “…no nos quitarán la libertad por la fuerza: nos convencerán de que la entreguemos.” ¡POW!
El Tai Chi político
Si algo aprendimos de nuestros héroes es que solo Superman detiene un tren con el pecho, y nosotros no somos Superman. Frente al poder de los dueños del algoritmo, el choque frontal es un suicidio táctico. La estrategia consiste en desviar, desgastar, evidenciar. Los villanos siempre caen por el mismo error: creen que la realidad es tan predecible como su código.
No es la primera vez que aparecen amos del futuro. Desde Nerón y Calígula hasta Stalin o Pol Pot, los sátrapas siempre han creído controlar el relato. Todos caen tarde o temprano sobre montañas de cadáveres. Y ahí está el problema: no queremos volver a ganar cuando ya no quede nada que salvar.
Ante este escenario de revolución digital, han aparecido mujeres que están revolucionando el lenguaje y el sentido de la tecnología. No llevan capa, pero se parecen en demasía a las heroínas clásicas: aparecen cuando el daño ya está en marcha y deciden enfrentarlo. Desafían a los señores del algoritmo con las armas que ellos despreciaron: evidencia, ley, diseño institucional y responsabilidad pública. No pelean contra el futuro: le ponen límites.
Nombrar al monstruo
Mientras Silicon Valley se presentaba como un conjunto de genios ingenuos que “solo querían conectar al mundo”, Shoshana Zuboff, socióloga de Harvard, hizo algo imperdonable: les quitó la máscara. Explicó que no estaban innovando, sino robando experiencia humana para convertirla en predicción, control y dinero.
Le puso nombre al modelo —capitalismo de vigilancia— y al hacerlo mostró su intención real y rompió el hechizo: apropiarse de nuestra información para gobernar comportamientos, mercados y decisiones políticas. Nombrarlo fue el primer golpe. Como gritaba el Enmascarado de Plata, héroe de la lucha libre mexicana: “¡Atrás, monstruo! ¡No pasarás!”
La Liga de la Justicia
Mientras el monstruo ya tenía nombre, llegó Joy Buolamwini. Ingeniera en informática e investigadora del MIT, hizo lo que todos consideraban imposible: poner al algoritmo a prueba. Descubrió que fallaba de forma sistemática. El resultado fue incómodo. Los sistemas de reconocimiento facial fallaban de forma sistemática con mujeres y personas racializadas. No era un bug: era el diseño. Discriminación incrustada en bases de datos que deciden empleos, créditos, vigilancia, votos y exclusión social.
A partir de ello fundo Algorithmic Justice League, una organización sin fines de lucro creada por ella para exigir responsabilidad pública. Su trabajo expuso los peligros del uso de sistemas no verificados en aplicaciones críticas, incluida la aplicación de la ley, donde ya habían provocado detenciones erróneas de personas inocentes. Su activismo obligó a grandes empresas tecnológicas a pausar o prohibir la venta de reconocimiento facial a la policía y a revisar seriamente la equidad en la inteligencia artificial. El código no es neutral: lleva el sello de quien lo crea. Como diría Batman: “Todo es imposible… hasta que alguien lo hace. ¡POW!
No construirle el castillo al villano
Francesca Bria es economista, experta en políticas digitales, formada en las grandes ligas académicas europeas y con una inteligencia reconocida incluso por sus detractores. Desde Barcelona y otras ciudades europeas, demostró algo que el cómic ya sabía: la ciudad sí tiene salvación. Demostró que las ciudades pueden recuperar soberanía digital. Mientras algunos —como Thiel— repiten que libertad y democracia no son compatibles, ella diseñó modelos de soberanía digital, gobernanza de datos y tecnología al servicio de lo común. Para ella, el problema no es regular al villano: es no construirle el castillo. Y respondió con una verdad incómoda, como el consejo que el Tío Ben le dio a Peter Parker, “… con un gran poder viene una gran responsabilidad.”
Digámoslo claro: enfrentar a los actores dominantes no es fácil. Pero el dominio tecnológico se sostiene menos por su fuerza real que por nuestra creencia en su inevitabilidad. Sacarnos de la cabeza que son omnipotentes es empezar a acotar su hegemonía. Defender la vida concreta —los cuerpos, los vínculos, los cuidados, los territorios— no es nostalgia ni romanticismo: hoy es el acto más revolucionario posible.
Aquí es cuando Paramio regresa a escena para recordarme una de sus grandes enseñanzas: “la política no es solo lo que ocurre, sino lo que logramos que no ocurra”. Una y otra vez —con la paciencia de quien sabe—, me decía que la política no es solo lo que ocurre ante nuestros ojos, sino, sobre todo, aquello que logramos impedir que ocurra. Insistía en que la verdadera acción política no siempre deja huella visible: opera en los márgenes, desactiva amenazas antes de que se vuelvan destino, interrumpe inercias que otros dan por inevitables. La política, me decía, no es el espectáculo del acontecimiento, sino el arte estratégico de evitar el daño.
O, como decimos en México para desinflar la soberbia del penthouse:
“¡Ay, cosita! Tan poderosos que se sienten y ni siquiera saben que en este barrio el que no cae, resbala”.
La realidad golpea de nuevo.
¡POW! El relato sigue abierto.


























