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Ansiolíticos intelectuales para tiempos de tormenta
Luis Emilio Giménez Cacho
Reseña de libro
“Ansiolíticos. Miscelánea crítica de la vida pública.”
José Woldenberg
Ediciones Cal y Arena, 2025
Ya no es novedad decir que vivimos una época de tormentas. Los acontecimientos de la vida pública se suceden hoy de manera turbulenta y vertiginosa. Nuestra existencia transcurre bajo el acoso pertinaz de noticias e informaciones estremecedoras. Las viejas certezas se ven sacudidas a cada momento. Como suele decirse, el futuro ya no es lo que era. No nos ofrece hoy, como antes –aunque ahora sabemos que lo hacía ilusoriamente– una perspectiva más o menos diáfana sobre el porvenir. En este escenario confuso y agitado, la tensión emocional de las personas crece y los padecimientos anímicos están a la orden del día. Pregunten a sus cercanos y lo confirmarán.
La modernidad, la ciencia y los mercaderes de la farmacopea salen al paso del desconcierto y ofrecen un remedio para sobrellevar esta maldición: los ansiolíticos. No hay tensión y angustia que no encuentre alivio, así sea transitorio, en una pequeña cápsula o unas gotas de la fórmula científica contra la angustia, la depresión y todas las otras manifestaciones de eso que nuestros ancestros llamaban la melancolía.
Parece que la editorial Cal y Arena y José Woldenberg desconfían de la medicina moderna. Han optado por ofrecernos un remedio alternativo para navegar en esta vorágine. Su receta es antigua, pero a veces olvidada: recurramos a la observación, la reflexión pausada, la lectura y la investigación atenta de lo que nuestros mejores congéneres han sabido ver en la realidad y en el comportamiento humano a lo largo de la historia.
Ha sido un acierto el título para esta recopilación de las colaboraciones mensuales de José Woldenberg en la revista Nexos en casi diez años. Porque, efectivamente, quien se acerque a esta colección de ansiolíticos intelectuales se descubrirá, en algún momento, inmerso en una atmósfera alejada de la vorágine de disputas que invade hoy el espacio público.
El propio Woldenberg en alguna entrevista sobre este, su más reciente libro, confesó que para él la escritura de estos textos tiene una función sedante. Le permite, según ha insinuado, enfrentar de mejor manera la zozobra provocada por la deriva de este mundo revuelto y desbocado.
Su revelación no me parece coyuntural ni frívola. Tal vez sea la clave para explicarnos la fuente de esa irreductible y ya añeja pasión de Woldenberg por dejar testimonio escrito de lo que sucede en la vida pública y plasmar en el papel lo que tiene que decir sobre ella. El impresionante catálogo de sus publicaciones en libros, revistas y periódicos da cuenta de que hay algo de verdad en lo que dice. Ciertamente algún alivio emocional debe obtener de un esfuerzo tan notable, tan sistemático y tan sostenido en el tiempo. De otro modo no se entendería su vasta producción como escritor.
Las cien cápsulas ansiolíticas que nos ofrece este volumen provienen de la redacción, mes a mes, de comentarios relativamente cortos para una sección fija de la revista Nexos que lleva por título “Sin ton ni son”. Ese encabezado podría interpretarse de muchas maneras. Quiero entender que está ahí para indicar que la columna no está atada a una sola temática ni se justifica por una única obsesión. Y en efecto, al sumergirse en estas páginas el lector encontrará reflexiones sobre gran variedad de materias.
Pero no se trata de un batiburrillo caótico de comentarios caprichosos. Vista en su conjunto, esta propuesta de los editores entrega un abanico de reflexiones que –al resultar destacables para la aguda mirada de este, su único autor– terminan conformando un bloque coherente.
Hay en el conjunto del libro , creo, una unidad que aporta las claves para descifrar lo que resulta relevante para una generación que ya puede catalogarse como experimentada: la de Woldenberg. Y como él no puede escapar de su probada vocación de maestro, la lectura de estos breves textos, siempre asequible, tiene una consecuencia pedagógica. Esto me parece lo más valioso: repasando este libro se aprende mucho.
Hablemos, en primer término, de las fuentes. Woldenberg presenta referencias a los libros que ha recorrido; meditaciones, con frecuencia luminosas, que rescata de los mejores autores que nutren su experiencia como lector voraz. También recurre a la filmografía (1). Además, como era de preverse, abundan las reflexiones sobre eventos de la política cotidiana y de las conductas de sus actores.
Si algo más hubiera que decir de los nutrientes de estos textos es que emergen de la observación de la vida diaria. Woldenberg es un acucioso investigador de las conductas humanas. Disecciona los más variados acontecimientos y apuntala sus reflexiones aludiendo a ideas rescatadas de analistas lúcidos y de intelectuales públicos reconocidos.
Es verdad que en circunstancias coloquiales, nuestro autor no suele tener un juicio benevolente sobre las cualidades del género humano. Pero en estos textos Woldenberg hace constante referencia, con respeto, a pensadores sobresalientes. Ello lleva a considerar que, en el fondo, no es un pesimista absoluto. Aprecia seriamente la mejor producción intelectual de la humanidad, aunque disfruta confrontándola con las crudas realidades del día a día de nuestra la vida pública.
El índice del volumen organiza los textos por años y meses. En muchos casos esta clasificación permitirá al lector perspicaz relacionar los temas con los momentos, coyunturas o personajes que los inspiraron y que no siempre se hacen explícitos. Pero se puede explorar otra forma de ordenarlos.
Primero, la literatura. Por estas cápsulas desfilan, entre otros, Albert Hirschman, Leonardo Padura, Lezek Kolakowsky, Joseph Roth, Ricardo Piglia, Sandor Marai, George Orwell o Dennis Lehanne. Su aparición no es arbitraria. Son citas o paráfrasis que sirven como medio de contraste para hacernos cavilar sobre el comportamiento de los políticos, de los personajes públicos, de los gobernantes, de los partidos, de los diversos grupos sociales, de la prensa y, claro que sí, de nosotros mismos.
En casi todas las alusiones se acompaña la debida referencia al texto fuente y su autor, lo que aporta un valor adicional: quien lo desee no tiene más que seguir la pista bibliográfica para ir más a fondo
Como dije, en varias ocasiones Woldenberg se apoya en el cine. Por ejemplo, al referirse a las películas de zombies. A propósito de la muerte de Manuel Puig, recuerda la filmografía mexicana sobre luchadores, momias, muertos ambulantes y profanadores de tumbas para parodiar este tiempo en el que aparentemente “muchos no son dueños de su voluntad y necesitan obedecer las órdenes de su respectivo brujo”. “Tengo la impresión –nos dice– que vivimos una época de zombies. Y no creo que sea la primera ni por desgracia la última”.
Para destacar la amenaza que se cierne sobre nuestra sociedad, cada vez más violenta, rescata Nuevo Orden, una película de Michel Franco, que con una distopía busca ponernos en guardia sobre la pesadilla en que puede convertirse una sociedad en la que se extiende la violencia entre unos y otros. En otro caso, la reconstrucción documental de Martin Scorsese sobre la gira Rolling Thunder de Bob Dylan, le sirve como pretexto para prevenirnos, junto con Sam Shepard, sobre la aparición de los fanáticos, “más peligrosos que un hombre con un arma porque andan persiguiendo algo invisible”.
Muchas de las cápsulas están asociadas con un tema favorito de Woldenberg: la política. Con Teodoro Petkoff, el venezolano autor de Dos Izquierdas, nos hace revisar la fractura esencial entre las vertientes de esa variopinta corriente política. Una izquierda que ha asimilado los valores democráticos y la que opta por el autoritarismo, como sucedió en su país. Escuchemos a un Petkoff premonitorio: “La instrumentación del resentimiento social, la atemorización innecesaria de la clase media, la ineficiencia administrativa, el conflictivismo (sic) permanente, la segregación política y social de sus opositores y la corrupción rampante, cuestionan la viabilidad del chavismo como proyecto de transformación social”. Sospecho que Woldenberg quiere que los mexicanos tomemos nota justamente ahora de la experiencia venezolana.
En ese tenor está también la referencia al libro de Timothy Snyder, Sobre la Tiranía, para recordarnos, contra el lugar común, el valor de la verdad en política. A propósito del hábito del expresidente Andrés Manuel López Obrador de recurrir al desconocimiento de los datos oficiales, Woldenberg nos pide leer a Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre la cual hacerlo”. (…) “Si aspiramos a una discusión medianamente racional –insiste nuestro autor de Ansiolíticos– estamos obligados a construir un piso de información y conocimiento común”.
Recurre en algún momento al clásico de la teoría de los partidos políticos, Maurice Duverger, para prevenirnos sobre los riesgos de la personalización del poder. Y vuelve a Orwell y su Rebelión en la Granja para criticar a los que conciben a la política como una forma de guerra.
Como era inevitable, varios apartados resultan especialmente formativos. Se refieren a un tema en el que José Woldenberg es una autoridad indiscutida: la democracia y las elecciones. Rescata a John Keane, el autor de la monumental Vida y Muerte de la Democracia, para hablar de los progresos de la paridad de género. Varias veces nos refiere a los teóricos del populismo contemporáneo que hace hoy retroceder a la democracia y nos explica la fragilidad del compromiso democrático de la izquierda llamada “revolucionaria”. Se hace acompañar de las ideas de Michelangelo Bovero sobre la oclocracia para hablar de la demagogia, “compañera incómoda de la democracia”, a propósito de la baja calidad de las recientes campañas electorales. Hay varias piezas que sintetizan magistralmente las conquistas de la transición democrática mexicana y puntualizan a detalle las claves del éxito de nuestras instituciones electorales, hoy bajo fuego.
En fin, entresaco estos ejemplos para destacar uno más de los atributos de estos textos: su vocación de extraer de las experiencias pasadas lecciones valiosas para nuestro confuso presente.
No toda su reflexión gira directamente alrededor de la política. Aquí y allá aparecen textos que nos remiten a los más variados temas sensibles de la vida personal.
Así por ejemplo, surge varias veces un tópico visitado por Woldenberg con frecuencia: la vejez. Recurre a los Diarios de Sandor Marai para desenterrar sus meditaciones sobre la ancianidad y el suicidio. De nuevo, la reseña de una película. El Agente Topo de la chilena Maite Alberdi, es pretexto para recordarnos la desolación que rodea la vida de quienes como los protagonistas del filme han llegado a la senectud. Su pluma puede ser descarnada. “…los eufemísticamente llamados adultos mayores –nos dice– no creo que podamos contemplarla sino con pena, nerviosismo y obscura tristeza”.
De la obra de Bárbara Jacobs rescata, sintomáticamente, el sentido del deber como un motor que impulsa a vivir y seguir creando a quienes topan en algún momento con la soledad que suele acompañar a la edad avanzada.
Otros ansiolíticos se ocupan de la memoria, de la ironía, de la duda, como sano principio y “punto de partida modesto pero estratégico” para la convivencia política.
Se acerca al espinoso tema contemporáneo de las identidades de la mano de Amartya Sen. Woldenberg encuentra que la reducción de las diversas identidades a estereotipos maniqueos es una fuente de violencia. Y sentencia, con ese estilo sintético y contundente que caracteriza su escritura: “Cuando usted, de manera inercial resalte cualquier cualidad o defecto de un grupo humano masivo haciendo alusión a su identidad, piense dos veces lo que está diciendo”.
En un tiempo amenazante para la ciencia y la cultura, en 2021, no podía Woldenberg dejar fuera la defensa de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que ha sido por décadas el nicho de su tarea profesional. Rescata de un discurso suyo las cuatro dimensiones que le dan sentido a la Universidad: el conocimiento, el pluralismo, la autonomía, así como la cultura y las artes. Y nos previene contra el dogmatismo y la sobre ideologización en boga, porque como dice “(…) adjetivar a la ciencia y al conocimiento como si fueran derivaciones de una determinada ideología ya ha arrojado, en otras latitudes, consecuencias devastadoras”
Concluyo:
Estas notas dispersas no tienen otro objeto que la seducción. Ansiolíticos es un libro amable, que todos, profesionales o legos, pueden leer con facilidad y genuino placer. Hay cien sitios para empezar. Basta con abrir el volumen por dónde indique el instinto, disponerse a nuevos aprendizajes y dejarse conducir por el efecto sedante de una reflexión concisa, serena… y por la ironía y buena pluma de José Woldenberg.
Nota:
(1) Quizás algunos lo ignoran, pero nuestro autor es, desde joven, un aficionado al cine. De hecho figuró como estudiante del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, el legendario CUEC, e incursionó fugazmente en el séptimo arte.


























