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Recensión: Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura
Roberto Salcedo Aquino *
Reseña del libro Cómo perder un país, de Ece Temelkuran.
Barcelona, Anagrama, Colección Argumentos, 2019
Recep Tayyip Erdoğan es una figura central para entender el contexto del libro objeto de esta recensión. Emergió como alcalde de Estambul en los años noventa y alcanzó el poder nacional en 2002 como primer ministro. Ha dominado la política turca por más de dos décadas.
Su ascenso y consolidación han ido acompañados de una erosión progresiva de los mecanismos democráticos. En 2016, un golpe de Estado teatral y orquestado permitió a Erdoğan desatar una purga masiva que incluyó el despido de más de 150 mil funcionarios, la detención de miles de personas y el cierre de centenares de medios de comunicación como recurso para silenciar las voces críticas.
En 2017 se aprobó un referéndum constitucional que transformó al país de una república parlamentaria en un sistema presidencial con un Poder Ejecutivo fuerte y hegemónico. Esto debilitó los sistemas de pesos y contrapesos, redujo la independencia judicial y amplió la capacidad del presidente para nombrar cargos clave del gobierno.
Los críticos han señalado los pasos que condujeron a un sistema autocrático: detenciones y procesos judiciales a dirigentes políticos de la oposición; restricciones sistemáticas a la libertad de prensa; nombramientos de leales en puestos de alta decisión; reconfiguración del rol del islam en la vida pública; restablecimiento del papel tradicional de la mujer en la sociedad —maternidad, cocina e iglesia—; y manipulación institucional para asegurar la permanencia en el poder, incluyendo una propuesta de nueva constitución que podría extender el mandato más allá de los límites actuales.
Desde la óptica de la ciencia política y siguiendo a Polibio, todo ese proceso fue la degeneración de la democracia en una doble vertiente: en una oclocracia —al postular que se gobernaba por el pueblo real (Polibio lo consigna como el gobierno de las turbas violentas e irracionales)— y en una dictadura sostenida en la fuerza y la violencia. Todo este proceso de deterioro de la democracia es narrado y analizado por Ece Temelkuran en su trilogía.
El primer libro, The Insane and the Melancholy, cumple una función alertadora y premonitoria. Es el relato de las luchas, las esperanzas y las tragedias que hicieron de la actual Turquía una autocracia. Es la historia de cómo el pueblo real se apoderó de la política y socialmente de su país, reprimiendo al resto de la población, al que consideraba pueblo irreal. La autora sufre como una Casandra contemporánea: detecta con lucidez todas las señales del autoritarismo que se construye lentamente, a la manera fabiana, paso a paso. Da las señales de alerta, hace sonar las sirenas de catástrofe, pero los ciudadanos no despiertan. El punto de no retorno se aproxima.
El segundo momento, articulado en el libro objeto de esta recensión, Cómo perder un país, constituye el núcleo analítico de la trilogía. A diferencia del primero, aquí ya no hay advertencia, sino constatación. El texto adopta una estructura didáctica —la de un manual de procedimientos, los siete pasos— para mostrar cómo una democracia puede desmantelarse desde dentro sin necesidad de un golpe abrupto. Turquía se convierte en un caso ejemplar del tránsito por las instituciones democráticas para demolerlas y construir una dictadura. El tono es más seco, más directo, menos lírico, como si la autora asumiera que el tiempo de la persuasión ha quedado atrás.
El tercer libro, La nación de los extraños, puede leerse como el tiempo del después. Ya no se trata de explicar la pérdida ni de encontrar razones de cómo ocurrió, sino de pensar qué tipo de vida política y ética es posible cuando el país, tal como se conocía, ya no existe. El texto nace del desconsuelo, pero no desemboca en la renuncia. Propone reconstruir lo que hemos perdido, reorganizar nuestra forma de vida en el exilio y formar “la nación de los extraños”: la de quienes han tenido que abandonar su patria o ya no se sienten en casa ni en su propio país. El libro comienza con una frase desgarradora: “Mamá, no voy a volver a casa.”
Leída en conjunto, la trilogía traza un arco que va de la lucidez temprana al duelo activo, pasando por el diagnóstico estructural. Su unidad no reside solo en el análisis del deterioro del sistema turco, sino en una pregunta más amplia: cómo seguir actuando —y viviendo— cuando la historia ya ha dado un giro adverso. En ese sentido, Temelkuran no escribe desde la retirada, sino desde una continuidad ética que se resiste a desaparecer incluso cuando el horizonte político se ha oscurecido.
Sobre la autora
Ece Temelkuran es una escritora y periodista turca, nacida en Izmir en 1973. Es licenciada en leyes por la Universidad de Ankara. Ha desarrollado una obra crítica frente a las diversas formas del poder autoritario. Tiene en su haber una docena de libros; pertenece a la corriente de la literatura comprometida con el análisis político y social, situada en la confluencia del ensayo narrativo, el periodismo de investigación y la crónica crítica del auge del populismo y los retrocesos democráticos en el mundo contemporáneo.
Una de sus principales preocupaciones son las redes sociales, que —sostiene— no fomentan la argumentación racional, sino la intimidación y la difusión del miedo. En sus textos y conferencias reitera que los populistas llegan al poder mediante el voto ciudadano y, una vez en él, desmantelan el sistema judicial, se apoderan del poder legislativo y convierten a los críticos en enemigos del pueblo.
Temelkuran siente que ha hablado como una sibila: vaticinó lo que sucedería y no fue tomada en serio. La autocracia —afirma— aterroriza, hipnotiza a la sociedad, la sumerge en el miedo y la paraliza. Ella misma fue amenazada de violación y asesinato; en 2016 perdió su hogar y ha deambulado por Europa. Vivió en Zagreb y actualmente reside en Berlín.
En el exilio reflexiona sobre la ruptura moral que ha propiciado el estar en “modo supervivencia” y sin techo. Escribe: “Yo era muy importante en mi país, era alguien en mi país y, de repente, en un día, me convertí en nadie en otro idioma.” Postula una reforma moral que renueve la fe en la política auténtica: una fe entendida no como esperanza pasiva, sino como capacidad de creer para actuar.
Propósito del libro
La finalidad del libro es enseñar a los lectores a detectar las pautas recurrentes del populismo, con el fin de que estén mejor preparados que lo estuvieron los turcos y puedan defender con mayor eficiencia su democracia.
El populismo es un movimiento global en auge que sigue la misma pauta en todos los países, independientemente de lo sólido que sea el sistema o de la robustez de la democracia. La autora llama la atención sobre esas pautas como sirenas de alerta para movilizar a los ciudadanos a defenderse de los procesos autoritarios. Y con voz estentórea sentencia: “lo crean o no, lo que le pasó a Turquía también los amenaza a ustedes. Esta locura política es un fenómeno global.”
Con objeto de que la historia no se repita, Temelkuran relata cómo Turquía perdió su incipiente democracia y extrae lecciones de este proceso en beneficio del resto del mundo. La enseñanza más importante busca interrumpir el estado de somnolencia política en que se encuentra la ciudadanía; por tanto, el texto adopta un carácter exhortativo: pretende sacudir, incomodar y forzar una toma de conciencia colectiva frente a un proceso que avanza de manera sigilosa. En este sentido, el texto funciona como un llamado urgente a despertar antes de que la suma de concesiones silenciosas cristalice en una autocracia plenamente constituida.
La presente recensión se realiza desde la perspectiva de la teoría política, que establece los siguientes principios básicos de una verdadera democracia: la pluralidad, la libertad, el disenso y el consenso, la tolerancia y, de manera central, el interés ciudadano por la cosa pública.
Los pasos que llevan al populismo
Primero: Crea un movimiento
En 2002 se constituyó un nuevo partido denominado Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco). Sus miembros se presentaron como parte de un “movimiento de virtuosos” y proclamaron: “vamos a cambiar por completo este sistema inepto y corrupto.” Se autodefinieron como los auténticos representantes del pueblo profundo y anunciaron la construcción de la “Nueva Turquía”. Su consigna era inequívoca: “somos el pueblo de Turquía, el pueblo real.”
El movimiento ganó las elecciones en 2002 y ha gobernado desde entonces de manera ininterrumpida, transformando el sistema político de acuerdo con sus promesas iniciales. El AKP se presentó como el partido de la gran transformación, con un discurso democratizador al inicio, pero evolucionó hacia una organización hegemónica y autoritaria mediante victorias electorales sucesivas.
El pueblo real se convirtió en el nuevo espíritu de la época. Las masas, antes políticamente indiferentes, pasaron a ocupar el centro del discurso, retirando su consentimiento implícito al sistema democrático liberal.
Para identificar al pueblo real es necesario preguntarse: ¿qué significa el nosotros? ¿Por qué el individuo deja de decir yo para disolverse en una identidad colectiva? La respuesta radica en la magia ancestral de hablar en nombre del pueblo. De este modo, académicos, periodistas y personas cultas fueron desplazados al campo enemigo. Incluso los comentarios más triviales eran percibidos como ofensivos al pueblo real. El movimiento dividió a la sociedad en quienes pertenecían al pueblo real y quienes, convertidos en pueblo irreal, quedaban marginados y estigmatizados.
Segundo: Trastoca la lógica y atenta contra el lenguaje
Los líderes populistas realizan una suerte de truco de hipnosis colectiva: transforman ciudadanos adultos y racionales en una masa infantilizada, muy parecida a las ménades que conformaban el séquito de Dionisio. No ofrecen argumentos, sino consignas diseñadas para ser gritadas en las plazas públicas.
El estilo comunicativo es deliberadamente despreciativo y, con frecuencia, roza el insulto. Esta agresividad verbal cumple una función precisa: marcar distancia frente al pueblo irreal y establecer una comunicación directa con el pueblo real. La supuesta autenticidad del líder que “habla sin filtros” constituye un ritual central del populismo. Hugo Chávez lo practicaba semanalmente en televisión; Erdoğan lo hace a través de sus propios medios; Trump, mediante sus tuits.
El truco que el líder populista tiene que dominar principalmente consiste en hacer creer a sus partidarios que rechaza a los esnobs elitistas y sus medios de comunicación —incluyendo a dichos medios en su definición de “la élite política”, a la que posiciona como un oponente, pese al hecho de que son precisamente esos medios los que posibilitan su conexión con las masas.
Temelkuran relata cómo los populistas intentan cooptar intelectuales de izquierda para legitimar el movimiento. La voz crítica que se resiste queda aislada, y la oposición se convierte en una masa silenciosa, privada de referentes, a la deriva en el espacio público. Entonces, esa voz queda huérfana en la esfera pública y las masas opositoras se convierten en una silenciosa nave a la deriva, sin un faro que las guíe.
Tercero: Elimina la vergüenza: en el mundo de la posverdad la inmoralidad gusta
Se está en la era de la posverdad. Los gobiernos autocráticos han conceptualizado las mentiras y los absurdos como hechos alternativos, y estos se han multiplicado a tal velocidad que uno puede elegir lo que le apetece creer. Mientras los defensores de la verdad observan impotentes, los de la doxa no han tenido la menor vergüenza en apilar historias inventadas, ideas sin fundamento y teorías que no muestran ningún respeto por el sentido común ni por los conocimientos comprobados con las evidencias correspondientes.
Los ejércitos de la “verdad alternativa” distorsionan las realidades políticas a base de mentiras y de construir lo que aparentemente son los nuevos pilares de una lógica sinsentido. El espectro de la verdad alternativa —mentiras a gran escala y extremadamente organizadas— llegó precedido por la normalización de la desvergüenza. Nuestra percepción del mal evolucionó de tal modo que ya no hacía falta la tradicional “deshumanización del enemigo”: el sufrimiento del otro se tornó irrelevante.
En este ambiente de la posverdad, el trabajo de un trol es relativamente prosaico. Su misión no es debatir un tema o refutar un argumento, sino introducir el terror en el espacio de la comunicación empleando una hostilidad y agresividad sin precedentes, con el fin de obligar a las ideas opuestas a retirarse. Es entonces cuando el desconcierto se convierte en terror: en la sensación de estar rodeado de ejércitos despiadados.
Cuarto: Desmantela los mecanismos judiciales y políticos
En 2017, en el referéndum sobre la ampliación de poderes del Ejecutivo, el fraude fue mayor y la oposición comprendió que, con todos los poderes del Estado en manos del régimen autoritario, resultaba imposible detener aquella marea haciendo uso de su comportamiento habitual. En 2018, después de haber pasado por varios nadires, la oposición tuvo que oír a Erdoğan dar discursos hasta tres veces al día en los que calificaba a las personas de la oposición de maleantes. El líder autoritario no se molestaba en observar las regulaciones legales; la oposición no fue capaz de encontrar caminos para obligar al respeto de la ley.
Para construir tan gigantesco entramado, el partido de Erdoğan explotaba las ya terribles condiciones de vida de las personas en pobreza extrema y, lo que es más importante, transformaba gradualmente sus derechos sociales básicos en una cuestión de caridad política del partido. Cuando las necesidades de la gente son apremiantes, no es difícil convencerla de que, en lugar de luchar por la igualdad social, tiene más sentido mostrar lealtad a un partido político a cambio de una barra de pan y unos cuantos trozos de carbón diarios. Esta caridad, obviamente, dependía de la generosidad de Erdoğan y solo se otorgaba a cambio de votos. La gran pregunta que se planteaba en las calles era tan cruda como sencilla: “Dígame, ¿por qué no debería aceptar la comida si tengo hambre?”.
El punto de inflexión crucial en el largo proceso de desmantelamiento del aparato del Estado y los mecanismos legales se inicia cuando los populistas deterioran las instituciones y crean la sensación de que son superfluas. En un abrir y cerrar de ojos se filtra al debate público toda una serie de preguntas que tienen el potencial de alterar las reglas del juego: ¿De verdad necesitamos esas instituciones? ¿De verdad necesitamos seis puestos de alto nivel en tal departamento? ¿Acaso no llevan vacantes más de un año y las cosas siguen funcionando sin ellos?
Al mismo tiempo que se crea esta percepción generalizada del carácter superfluo de las dependencias gubernamentales —gracias a una enérgica maquinaria propagandística y al apoyo de las masas devotas que confían en la caridad del partido—, el líder populista empieza a reforzar la idea de que su poder y el de sus partidarios son de hecho mayores que los del sistema. A partir de ahí, las siguientes elecciones se convierten en una mera formalidad: una simple cuestión de aprobar el derecho del líder a seguir manejando el país y distribuyendo riqueza pública. Y ello porque, para seguir regalando el botín político a las masas, el líder también debe mantener la maquinaria electoral funcionando ininterrumpidamente.
Cuando criticas al líder por ejercer el control exclusivo del aparato del Estado, él asume el papel de líder de la oposición; y cuando intentas atraparlo ahí, recupera el papel de identificarse con el propio Estado, reprendiendo a la oposición por estar obsesionada con disputas políticas partidistas. Así, el líder populista paraliza el mecanismo político mientras va invadiendo poco a poco el aparato del Estado. Partido y Estado se convierten en uno y lo mismo: el líder necesita los poderes del Estado, pero estos se desintegran cada vez que necesita eludir críticas.
Quinto: Diseña tu propio ciudadano
En 2009, Erdoğan dividió a la población en dos bandos: laicos y religiosos. Esto acentuó la cercanía entre religión y poder, y profundizó la división social. Los códigos sociales tradicionales empezaron a desaparecer poco a poco.
El régimen turco definió un puesto para las mujeres: la maternidad; arremetió contra la píldora anticonceptiva por constituir una traición al país, y tildó el aborto y los partos por cesárea de homicidios; además, legitimó los matrimonios infantiles. En 2017, las redes sociales promovieron videos de niñas de primaria vestidas como mujeres ideales en miniatura, con velo en la cabeza, lavándole los pies a sus compañeros en las ceremonias de fin de curso; o de niñas de cinco años rezando vestidas con chadores en torno a una Meca ficticia. Las nuevas ciudadanas son piadosas, obedientes, dóciles, calladas y confinadas al hogar. La fase de tolerancia había terminado.
Nuestras vidas han sufrido un gran perjuicio —asevera la escritora—: las mujeres fuertes hemos sobrevivido, pero se nos parte el corazón no por los ataques en sí, sino por el silencio de los amigos y por el absoluto sinsentido de los crueles actos cometidos contra nosotras. Cuando se ataca a una mujer, se produce un extraño silencio. Nadie quiere mancharse las manos. Esperan que salgas por ti misma de la ciénega, y eso es imposible. La difamación, o cualquier otro tipo de vulneración cometida contra figuras femeninas de la oposición, rara vez desencadena una reacción unificada entre los disidentes, y eso el régimen lo sabe.
Temelkuran subraya el silencio que rodea la violencia contra las mujeres opositoras. La difamación rara vez genera solidaridad. El régimen conoce bien esta fractura y la explota. Frente a ello, la autora insiste en la urgencia de construir vínculos solidarios sin juzgar la respetabilidad de las víctimas.
Sexto: Deja que se rían ante el horror
En mayo de 2013, Estambul estalló en protestas masivas que inspiraron a todo el país a unirse a un movimiento de resistencia contra un régimen opresor que duraba ya una década. En Ankara, en el Parque de los Cisnes, una multitud se reunió para protestar y la respuesta que recibió fueron oleadas de gases lacrimógenos. Las personas hasta entonces desconocidas se abrazaron, se besaron, se protegieron mutuamente. Gente de todas las edades bailó entre un ataque policial y otro; todos cantaron a plenos pulmones; la multitud estaba aprendiendo a gritar lo bastante alto.
Fue una noche —relata la autora— que borró todo el conocimiento del mal que reside en los seres humanos, y de repente nos vimos unos a otros como origen del bien, solo del bien, aunque estuviéramos rodeados por las nubes de gases lacrimógenos del mal. A la gente se le ocurrían los golpes de humor más ingeniosos que jamás había presenciado el país, burlándose de los que mandan. La multitud parecía hablar con una sola voz, haciendo interminables chistes. La risa es purificadora. La ingeniosa lluvia de burlas iba dirigida al cruel gobernante y a su gobierno. Nuestros cuerpos aprendieron mágicamente a actuar en sintonía con esta repentina oleada de fraternidad. Sucedió lo increíble: podríamos morir ahí y, sin embargo, todo el mundo fue extremadamente educado y amable con los demás.
La risa representa la victoria sobre el temor, sobre la muerte; y la derrota del poder, de todo lo que oprime y restringe: es el arma mágica transformadora de la opresión en resistencia; es el ritual que convoca al espíritu a tomar nuevamente las plazas públicas.
Una vez terminadas las protestas, las personas buscaban compañeros con los que recordar juntos aquellos días gloriosos para asegurarse de que efectivamente habían sucedido, de que por un momento en la historia habían sido capaces de tanto bien y de que la hilaridad de los manifestantes había hecho temblar a los tiranos. Después de las protestas, Temelkuran tuvo que abandonar el país y el gobierno la calificó de “agente provocadora“.
Séptimo: Construye tu propio país
El 25 de junio de 2018, al día siguiente de las elecciones presidenciales que se percibían como la “última esperanza”, había un extraño e inédito silencio. Después de los espectaculares mítines de la oposición, el coro de descontento expresado públicamente por todos los opositores contra el autoritarismo, el recuento de votos era el último signo de optimismo; pero el líder principal de la oposición terminó reconociendo, antes siquiera de que se hubieran terminado de contar los votos, que Erdoğan había obtenido la victoria. La oposición había perdido la última esperanza de salvar al país; muchos se aprestaron a sentirse sin hogar.
Esto es lo que ocurre cuando las cosas van auténticamente mal: cuando ya no hay un nosotros que represente una realidad conjuntamente vivida, el yo no puede sino retirarse a la isla de la imaginación mágica. Dice la autora: “Sentí que estaba hastiada de todo lo que hay de feo y banal en el mundo.”
La opresión y el autoritarismo comienzan cuando se aplican las leyes de manera parcial contra los disidentes como si fueran prisioneros de guerra, o cuando el hecho de ser castigado por la ley deja de parecer una consecuencia comprensible de los actos para percibirse, en cambio, como una venganza ilegal perpetrada por un enemigo. Retrospectivamente, resulta obvio que el proceso solo se inicia realmente después de que se ha dañado el concepto fundamental de justicia y destruido el mínimo de moralidad del que no sabías que dependías. Es esa inmoralidad agotadora y aterradora la que te obliga a decir: “éste no es mi país.”
En algún momento del camino adquieres conciencia de una extraña circunstancia: mientras que puedes mostrar con orgullo a la gente las amenazas de muerte y de violación, en lo que respecta a las burlas descubres que da vergüenza compartirlas, incluso con tus amigos, dado que siempre existe la posibilidad de que uno o dos de ellos no puedan reprimir una sonrisita, lo cual te mataría más deprisa que cualquier amenaza de muerte. Imaginen lo que representa ser objeto de burla y desprecio de esa forma durante años y años, y entenderán por qué la pregunta “¿sigue siendo éste mi país?” nunca deja de doler.
La historia de lo que le sucede a la gente cuando deja su hogar y se convierte en extranjera en una tierra extraña se ha contado muchas veces, pero nunca se habla de lo que sucede a un país cuando sus ciudadanos se van. Cuando un país se vuelve hostil a sus propios hijos, el precio que puede terminar pagando un individuo —salga de dicho país o no— constituye una sangrienta lección que la humanidad ha aprendido durante siglos. Pero el precio que paga un país cuando es abandonado parece una ecuación imposible de calcular. El alma de un país se ve alterada de manera irrevocable cuando repudia a sus propios ciudadanos.
Perdimos “nuestro país” —lamenta Temelkuran— porque no fuimos capaces de aunar esfuerzos, librarnos del exceso de equipaje emocional y centrarnos en “modo no perder”. Nuestro error no fue no hacer lo que podíamos haber hecho, sino no haber descubierto a tiempo lo que debíamos hacer: estábamos demasiado entregados a lo que podría calificarse de pseudocomprensión.
Coda
Cómo perder un país no es solo un libro sobre cómo Turquía perdió su incipiente democracia, sino sobre la fragilidad de los sistemas democráticos cuando los ciudadanos están alejados del interés público y no se responsabilizan de lo que es de todos. La democracia es un sistema de gobierno que proclama la identificación total entre gobernantes y gobernados. Desde que Clístenes la instituyó en el siglo v a. C. y Herodoto la bautizó, el interés de los ciudadanos por la cosa pública ha sido la columna fundamental de la solidez de las instituciones democráticas; sin ese soporte, la democracia se colapsa y el espacio lo llena la autocracia. Ese es el mensaje esencial de la autora. Recuerda a Rousseau, que sentenció: “Desde que, al tratarse de los negocios del Estado, hay quien diga: ¡qué me importa!, el Estado está perdido.”
La gran enseñanza del texto de Temelkuran no reside únicamente en la explicación de los siete pasos que conducen a un sistema autocrático, sino en la constatación de que ninguno de ellos resulta, por sí solo, grave en extremo. El verdadero peligro radica en su acumulación gradual, en su carácter aparentemente razonable, en la comodidad con la que son aceptados mientras aún parece posible adaptarse a cada uno de ellos.
La pérdida de un país no ocurre el día en que se proclama una dictadura, sino mucho antes: cuando la vergüenza deja de ser un freno; cuando el lenguaje se degrada sin resistencia; cuando la justicia empieza a percibirse como un obstáculo y no como un principio; cuando el miedo se normaliza y la risa —esa risa que alguna vez desafió al poder— es relegada al recuerdo nostálgico de una valentía efímera. En ese punto, el país ya ha comenzado a disolverse como comunidad moral, aunque sus instituciones todavía sigan en pie.
La experiencia turca, narrada desde dentro y desde el exilio, revela que el autoritarismo no se impone únicamente por la fuerza, sino por una pedagogía prolongada de la pasividad. El régimen no necesita convencer a todos: le basta con cansar, dividir, aislar y desmoralizar. La ciudadanía, atrapada entre la supervivencia cotidiana y la esperanza diferida, termina aceptando lo inaceptable como precio de una falsa normalidad. Así, el “nosotros” se vacía de contenido y el individuo se descubre, de pronto, sin hogar político, incluso sin haber cruzado una frontera.
Sin embargo, el libro —y la trilogía en su conjunto— no desemboca en la renuncia. Hay en Temelkuran una insistencia ética que se niega a desaparecer: la convicción de que aún después de la pérdida es posible reconstruir vínculos, preservar la dignidad y sostener una forma de acción que no dependa del triunfo inmediato. La “nación de los extraños” no es una utopía consoladora, sino una comunidad precaria fundada en la memoria, la solidaridad y la negativa a aceptar la deshumanización como destino.
Cómo perder un país opera como un espejo incómodo. No ofrece consuelo ni soluciones simples, pero sí algo más exigente: una advertencia lúcida y una responsabilidad compartida. Su pregunta final no es si se puede perder la democracia —esa respuesta ya la conocemos—, sino si estamos preparados para reconocer a tiempo las señales de ese riesgo, asumir el costo de la defensa y actuar antes de que la frase “éste ya no es mi país” deje de ser una metáfora y se convierta en una constatación irreversible.
País de las Quimeras, Aldea de Ociotitlán, a cinco de marzo de 2026
* Especialista en teoría política y análisis de sistemas democráticos.
Referencia
Temelkuran, Ece. Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura. Traducción de Catalina Ginard Féron. Barcelona: Anagrama, Colección Argumentos, 2019.

























