Año 1, núm. 7, febrero de 2026
ISSN 3122-3583
a fondo
Como en el mundo de ayer
Ricardo Becerra *
La democracia del siglo XXI enfrenta una amenaza que no es nueva: la desigualdad persistente combinada con estancamiento económico. Como en el mundo de entreguerras, la frustración social, la polarización y la pérdida de expectativas abren el camino a liderazgos autoritarios que desmontan la democracia desde dentro.
Este es un alegato —intento de explicar y argumentar— por qué la desigualdad es el factor principal (no el único, claro) que tiene metida a la democracia contemporánea en un brete de polarización y desgaste institucional que conduce al autoritarismo.
La desigualdad es un factor central del retroceso democrático contemporáneo.
Me apoyo —y mucho— en los trabajos de una politóloga, un economista, un pensador filosófico y dos médicos. Ella, estadounidense; otros tres ingleses y, uno más, alemán. Se trata de Susan Stokes, Martin Wolf, Yascha Mounk, Richard Wilkinson y Kate Pickett.
¿Por qué ellos? Porque a estas alturas, transcurrida ya la que yo llamo “la década sin nombre”, se han producido decenas de investigaciones, libros y ensayos de interpretación del retroceso y desmantelamiento de las democracias, de las bases del desarrollo económico y el bienestar social. La bibliografía es voluminosa y cada vez más técnicamente sofisticada. Pero de entre ese mar de reflexiones, creo, los autores que traigo a cuento son de los que han atado y explicado mejor la doble trenza a la que nos convoca El Diluvio: desigualdad material y democracia política.
I. La corrosión
A grandes rasgos, la tesis principal que une a esos autores es que la actual erosión de las democracias en muchas partes del mundo tiene diferentes causas —políticas, culturales, psicológicas— sí, pero la fuente principal de esa caída es el desempeño de las economías y su continuada generación de desigualdad, pobreza y cancelación de expectativas. Lo que es más, esas otras vertientes, forman parte de las consecuencias de la progresiva desigualdad.
El estancamiento y el crecimiento en perpetua pausa erosionan el apoyo de las sociedades a la democracia. Y la democracia sin desarrollo, sin resultados sociales ni mejora en las condiciones de vida, provoca el mismo efecto en casi todas partes. La evidencia mundial, empírica, estadística y etnográfica parece indicar que, para prevalecer, ese sistema político necesita un matrimonio bien avenido con el desarrollo económico del capitalismo.
Es la primera lección que me importa subrayar: quienes hemos sostenido una visión minimalista y procedimental de la democracia debemos admitir que, para legitimarse, subsistir y perdurar como régimen de gobierno, necesita el desarrollo, el crecimiento económico y la redistribución de la riqueza.
Asumir la idea de que la dinámica económica determina la vida política es ajena al liberalismo idealista, pero casi instintiva para un socialdemócrata. No obstante, hay que demostrarlo.
Cientos de estudios empíricos, pero especialmente el de Stokes y Wolf, muestran que el decaimiento de las tasas de crecimiento, el aumento de la desigualdad del ingreso entre personas y hogares, la escasez de empleo y los salarios a la baja han sido factores decisivos en la conciencia de la ciudadanía para valorar su orden político. No ha sido un año, dos, un lustro o una década: ha sido una promesa quebrada ya durante dos generaciones en México, por poner un ejemplo. Pero la sombra se reconoce en muchas otras partes, incluyendo los Estados Unidos.
Digo que es instintivo, pero el libro de Stokes lo vuelve evidencia empírica: las democracias con altos niveles de desigualdad de ingresos son más propensas a experimentar erosión democrática. (1)
El hallazgo se basa en un amplio estudio estadístico transnacional que reveló una sólida asociación entre el estancamiento y la desigualdad económica con el lugar y el momento en que se erosiona la democracia. Los datos de la politóloga también muestran que incluso las democracias ricas y consolidadas son vulnerables al retroceso si la realidad económica de sus ciudadanos se torna muy desigual.
El resultado central del estudio es más robusto de lo que parece. Para sintetizar: en 24 países, durante el siglo XXI, se reitera una asociación positiva y consistente entre las brechas de ingresos o riqueza y la erosión democrática dentro de más de 100 modelos estadísticos distintos.
Las democracias sin resultados sociales pierden legitimidad.
Cito a Stokes:
Para tener una idea de la magnitud de la asociación, considere la diferencia entre Suecia, un país en el que los ingresos están más comprimidos que en todas las democracias (Gini=26.4 en 2017), y Estados Unidos, con un Gini mayor que el del 60 % de las democracias (38.4 en 2017). Para un país tan igualitario como Suecia, el riesgo previsto de erosión es del 4 %, para un país tan desigual como Estados Unidos, el riesgo previsto es más del doble, al 8.4 %.
No desconozco que Suecia escenifica también un auge de la extrema derecha antiinmigrante en los últimos años. No obstante, los políticos xenófobos no atacan a la prensa ni a las instituciones. En este caso, la igualdad y la confianza pública en la organización estatal se mantiene alta. Y es que en aquellos países donde los nuevos líderes que asumen posiciones de poder y luego se encargan de desmontar sus democracias, han fundado su acción dentro de un alto sentido de agravio, frustración y desconfianza de la población con respecto a las instituciones, lo que que fue utilizado para inyectar una mayor polarización política, cultural, partidista.
Este análisis es especialmente importante para nosotros porque incluye el caso de México por primera vez en los estudios comparados internacionales. Es decir, ya es evidente el retroceso político de nuestro país y forma parte —por derecho propio— de la ola de autocratización mundial.
El experimento es fácilmente reconocible en los Estados Unidos de Trump, en El Salvador de Bukele, en la Argentina de Milei o en el México de López Obrador. Una ciudadanía polarizada es más tolerante a personajes que atacan a la prensa, los tribunales y otras instituciones. Un público que ha sido decepcionado por muchos años y que es escéptico de las instituciones, también es más tolerante con el retroceso. Esto lo saben autoritarios y populistas: por eso fomentan la polarización y el cinismo.
Gran parte de la investigación de Stokes (titulada en español “Los demoledores: por qué los líderes socavan sus propias democracias”) se dedica a comprender las diferentes vías que conectan la creciente desigualdad de ingresos con una democracia en retroceso. Luego de tres décadas del gran diluvio neoliberal y de sus efectos desigualadores, muchos países quedaron especialmente expuestos a un retroceso hacia la autocracia.
Votantes marginados se sintieron atraídos por líderes etnonacionalistas de derecha en países como Estados Unidos, India y Brasil, o por líderes populistas de izquierda en países como Venezuela, Bolivia y Sudáfrica. A diferencia de los líderes militares que arrasan abruptamente con las democracias mediante golpes de Estado, los líderes electos las desmontan gradualmente —pieza por pieza— por lo que deben mantener cierto nivel de apoyo público. Lo hacen fomentando la polarización ciudadana y también denigrando sus democracias, estigmatizando a las instituciones que atacan como corruptas o elitistas. Pasa en México, pero también en Estados Unidos, en Hungría o en Turquía. El mensaje común de estos regímenes a los votantes es que estas instituciones deben ser derribadas y reemplazadas por otras bajo el control del “pueblo”, o sea, del aparato electoral del propio gobierno.
En resumidas cuentas, esa es la historia política y económico-política de este siglo, desde mediados de su primera década. Stokes cuenta hasta 2023 dos docenas de presidentes y primeros ministros que han atacado las instituciones de sus países, violando normas jurídicas y procedimientos políticos, utilizando su poder para eliminar pieza por pieza los componentes de un sistema democrático.
Dicho de manera simple: cuando la democracia no logra ofrecer mejoras reales frente al estancamiento económico y la desigualdad persistente, termina pagando un costo político alto. Las personas votan una y otra vez con la expectativa de cambio —por una opción, luego por otra— y, al no ver resultados, acumulan frustración. Tras varias decepciones consecutivas crece la sensación de que “todos fallan” y de que el sistema no responde. En ese contexto, muchas sociedades comienzan a demandar soluciones rápidas y contundentes, abriendo la puerta al populismo.
II. El paralelismo del primer cuarto de siglo
Pero las cosas son aún más inquietantes si abrimos las perspectivas histórica, política y económica a por lo menos un siglo, como sugiere Martin Wolf. (2) Hablamos, por supuesto, de los primeros años del siglo XX y de sus escenarios, tan semejantes a los que vivimos en el mundo de hoy. Como entonces, presenciamos deslizamientos tectónicos en la balanza del poder planetario: entonces de Inglaterra y Francia hacia Alemania y Estados Unidos, ahora de Estados Unidos hacia China.
Enormes crisis se desarrollan ante nuestros ojos como las que vieron nuestros bisabuelos. Entonces, la Primera Guerra Mundial, la gripe española, la inflación desbocada a principios de los años veinte y la Gran Depresión que le siguió. En nuestro tiempo ya tuvimos la Gran Recesión en 2008, la pandemia de covid-19, la invasión rusa de Ucrania, la barbarie de Hamás contra la población civil de Israel y su despiadada respuesta en Gaza.
El estancamiento económico alimenta polarización y cinismo político.
Las desbocadas pretensiones de Vladímir Putin por “restaurar la integridad” del imperio ruso recuerda de modo angustiante el propósito de Adolfo Hitler de unir bajo el manto de su tiranía organizada a los países de lengua alemana en Europa. Y el súbito apetito de Donald Trump por Groenlandia nos devuelve a ese mundo de hace casi un siglo donde las potencias se repartían el mundo en “zonas de influencia” a punta de amenazas y mediante la diplomacia de las cañoneras.
Como nos recuerdan los historiadores políticos, en aquel tiempo (una década después, en los treinta) los partidos extremistas, especialmente la extrema derecha, galopaban sobre los hombros de unos sistemas políticos desprestigiados, tal y como lo hace hoy. En consonancia ocurrió una primera ola de desmoronamiento de las democracias y un auge del autoritarismo, entonces en Alemania, Italia, España y otros países europeos. Del mismo modo ocurre hoy en las frágiles democracias de América Latina y en los países poscomunistas de Europa, incluida Rusia, con el añadido de que ahora la democracia se ha visto sacudida también en los Estados Unidos de Trump y en el Reino Unido de Boris Johnson, es decir, en las meras sociedades donde floreció por primera vez.
Aquella generación, la de nuestros bisabuelos, no supo y no pudo evitar el cataclismo de la mayor confrontación militar visto por la humanidad. ¿Esta generación sí podrá evitar un desenlace catastrófico?
III. Ingredientes asociados
El pensador Yashka Mounk (3) ofrece una mirada no tanto histórica, sino más bien sociológica, y muestra tres cosas:
- Explica las raíces de esa crisis, concentradas en el estancamiento de los niveles de vida. El profundo desencanto de millones con el sistema político representa un peligro existencial para la supervivencia misma de la democracia en Occidente y en buena parte del mundo derivado de la ansiedad social y económica.
- A su lado, los temores que despiertan las sociedades multiétnicas y el auge incontrolado de las redes sociales forman el potente cóctel del populismo moderno.
- De modo que la democracia liberal se está desfigurando en sus piezas constitutivas y, de ese proceso, está surgiendo “otra” democracia cercana al concepto soviético de las “democracias populares”.
Uno de los objetivos de Mounk es interpelar a la derecha liberal por su ceguera frente a la desigualdad y las expectativas de vida de la ciudadanía. Como si la democracia fuera una esfera aparte y ajena de la tosca materialidad de la sociedad humana.
Dice Mounk:
Quienes creen en la legitimidad sin parangón de la democracia liberal, tienden a suponer que esa misma legitimidad ha sido también la razón principal de su éxito perdurable: al conseguir que cada ciudadano pueda tener voz y voto en la esfera pública, y al mismo tiempo continuar siendo libre para disfrutar su vida privada –viene a decirnos esta versión de la historia– sólo la democracia liberal puede hacer realidad algunas de las aspiraciones humanas más profundas y universales.
Sin embargo —como ha observado también Przeworski (4)—, “los datos más fiables de los que disponemos parecen indicar que los ciudadanos desarrollan cierta lealtad hacia su sistema político porque mantenía la paz y les garantizaba unas buenas fuentes de ingresos y no porque sintieran un compromiso profundo con los principios más fundamentales en los que se sustentaba”, de acuerdo con Mounk.
La democracia liberal fue dominante y un valor compartido por cada vez más sociedades hasta finales del siglo XX porque supo obtener resultados, mejora de los ingresos, ascenso social, cohesión y seguridad.
Para decirlo más crudamente, la adhesión popular a la democracia liberal podría ser mucho más superficial y frágil de lo que sus partidarios liberales suelen imaginar.
Pero el efecto de la desigualdad social no es económico en un sentido estrecho. En otro extenso estudio sobre el estado de las sociedades desarrolladas en el siglo XXI, elaborado por Richard Wilkinson y Kate Pickett (5), se concluye que la vida es peor para todos, ricos y pobres, mientras más desigual es una sociedad.
La historia muestra que las crisis no resueltas erosionan la democracia.
Lo que estos investigadores encuentran es que, a partir de cierto nivel, la riqueza global de una sociedad tiene un impacto cada vez menor sobre el bienestar, mientras que en todo momento hay una íntima correlación, entre la desigualdad y toda una serie de patologías sociales. Dicho en una nuez, por ricas que sean, las sociedades más desiguales tienden a tener mayor incidencia de obesidad, más embarazos adolescentes, más delitos violentos, más población en reclusión, más drogadicción, más problemas de salud mental, menor movilidad social, menor esperanza de vida, peor desempeño educativo.
Por su metodología, por su ambición, por el tema y por las hipótesis, es un libro imprescindible. La correlación sucede una y otra vez: en un extremo, los más igualitarios son los que exhiben las menores tasas de cualquiera de las patologías (Japón, Dinamarca, Finlandia, los países nórdicos), mientras que en el otro extremo están Italia, Australia, el Reino Unido y muy por encima de todos, Estados Unidos. Ocurre que Estados Unidos es una sociedad muy desigual y ocurre que tiene mayores índices de obesidad, embarazo adolescente, delitos violentos, población en reclusión, etcétera. Al final produce ansiedad, inseguridad, estrés y desconfianza frente a las instituciones.
Estrés derivado del miedo a perder el empleo, la incertidumbre respecto al futuro, la necesidad de exhibir el estatus o de perderlo, la urgencia de consumir, el miedo a la humillación, problemas todos promovidos por la desigualdad. De manera sumaria: la desigualdad produce sociedades disfuncionales y enfermas donde, al final, todos viven peor.
IV. O la democracia acaba con las crisis o las crisis acaban con la democracia
Es una conclusión muy parecida a la que, por otra vía, expone Martin Wolf en la obra antes reseñada: la incertidumbre radical. Apunta el directivo del Financial Times: “en el ánimo social contemporáneo, incluso en las sociedades desarrolladas y democracias aparentemente consolidadas, reina el desconcierto, una difusa insatisfacción, el ‘rencor social’, estados de conciencia que a su vez son producidos por aquella ‘incertidumbre radical’”.
La perturbación no es momentánea, sino que tiene años tomando forma en Estados Unidos, así como en muchas otras naciones, muy probablemente instalada tras la crisis financiera del 2008; “no está claro hasta qué punto los factores directamente económicos afectan a las inclinaciones políticas y hasta qué punto indirectamente, a través de la ansiedad por el status perdido”. El hecho cierto, sin embargo, es que la inseguridad provocada por un entorno tan económicamente inestable ha modificado el carácter, la forma de razonar y de sentir de los electorados. De allí la predisposición para votar por figuras excéntricas o directamente trastornadas, sea en el México de López Obrador, el Reino Unido de Boris Johnson o los Estados Unidos de Trump.
La lección que se desprende es que no hay salida democrática sin una plataforma económica que la acompañe y viceversa, no hay economía sostenible —estable y sin crisis— sin una gestión democrática de las decisiones. En palabras de Wolf: “No entender políticamente el mundo de la crisis económica y no presentar ante él una política económica coherente constituyó, quizás, la principal causa del fracaso mundial de los años veinte y treinta del siglo pasado”.
Creo que esto tiene un significado político mayor, pues si hemos de detener la destrucción autoritaria no podemos ofrecer un programa que se quede en la dimensión política, sino que tiene que abordar intensamente la dimensión económica, lo que se refiere a la dimensión del desarrollo. En otras palabras: si la democracia y las fuerzas democráticas no ofrecen resultados sociales tangibles, el malestar, el desapego y la indolencia frente a ella y sus valores, prevalecerán.
La coincidencia de la crisis política con la crisis económica remite a la experiencia de entreguerras, cosa que cada vez más autores subrayan. Como entonces, se demuestra que las crisis económicas graves y no resueltas son pasivos que complican una vida democrática funcional hasta hacerla imposible. Al dicho repetido por los historiadores: “o los demócratas acaban con las crisis o las crisis acaban con las democracias”.
Acordemos, pues, que la democracia es una forma de gobierno, pero también acordemos que sin resultados sociales pueden vaciarse de significado ante franjas muy amplias de una población desatendida por ella. Ojalá esta lección no sea olvidada en esta generación, como fue olvidada en el mundo de ayer.
* Economista por la UNAM. Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática.


























