Revista El Diluvio

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Ecuador: el notable triunfo del No en el Referéndum y Consulta Popular de noviembre 2025

Amparo Menéndez-Carrión * y Fernando Bustamante Ponce **

Hacia el cierre de 2025 la sorpresiva apelación del presidente del Ecuador a los mecanismos de democracia directa se topó con un ‘pare’ tan fuerte como inesperado. El resultado del Referéndum y Consulta Popular de noviembre tiene mucho que decir acerca del tipo de fuerzas en disputa, mas no para continuar insistiendo en los ‘déficits’ y ‘fatigas’ de la democracia en el caso ecuatoriano (entre tantos otros atrapados en ese tipo de relato), sino para volver a la cuestión de la ciudadanía desde sus pulsiones más virtuosas, en un contexto improbable. Este resultado muestra los recursos de capital democrático disponibles operando en defensa de un Estado de Derecho(s) bajo ataque, con implicaciones para la reflexión-acción por demás significativas, que en este apunte procuramos sugerir (1).   

I. Pronúnciense: Sí o No

Tercera convocatoria electoral del año y, contando desde 2023, la sexta (2) La cita fue solicitada por el presidente Daniel Noboa en setiembre. El Consejo Nacional Electoral la fijó para el domingo 16 de noviembre. Cuatro preguntas. Tres de referéndum. Una de consulta popular.  

El solicitante iba en procura del Sí. Mas en un resultado tan imprevisto como el pedido de cita, la abrumadora mayoría de los 13.9 millones de votantes le dijo No al presidente. No en la primera pregunta: instalación de bases militares extranjeras en territorio ecuatoriano (60.8% de rechazo). No en la segunda: eliminación de la obligatoriedad del Estado de respaldar financieramente a los partidos políticos (58,3 % de rechazo). No en la tercera: reducción del número de legisladores en la Asamblea Nacional —léase, Poder Legislativo unicameral— (53.7% de rechazo). Y, finalmente, No a convocar una Asamblea Constituyente, con lo cual el resultado buscado por el presidente en la consulta quedaba trunco con el mayor porcentaje de rechazo registrado en las papeletas (61.8%). 

II. El Sí de los dados cargados y su ambientación fallida 

El triunfo buscado marchaba muy seguro de sí mismo. Era como si, acorde con su estatus de heredero de un imperio económico mundialmente prime (un colosal conglomerado comercial y financiero, sin par en Ecuador, basado en la exportación de banano, en la agroindustria, en el negocio naviero y en decenas de otras empresas, con base en Guayaquil y Nueva York), el señor Noboa pudiese comandar la aeronave de última generación hacia su ansiado encuentro de presidente con el Sí en piloto automático, para aterrizar en pista sin obstáculos a la vista.  

El desconocimiento del grueso del electorado ante las materias de la cita no parecía motivo de preocupación —desde el oficialismo no se emitieron señales de información sustantiva y, menos aún, de apertura al debate público. Los trece días de licencia solicitada por el presidente para conducir la campaña oficial parecían bastar. El despliegue de otro tipo de recursos se estimó más efectivo.

II.A. La tienda de campaña 

El aparato del Estado bien podía fungir de tienda de campaña. A un jefe de Estado proclive a deslindar las gramáticas de la corrupción del uso privado de los recursos públicos —cuando quien define cuáles usos han de ser así entendidos es él mismo— no tiene por qué temblarle el paso a la hora de hacer la ética a un costado para trasgredir la barrera. 

Desde aquella tienda podía adelantarse a los funcionarios y empleados del Estado el décimo tercer sueldo (“bono navideño”) de diciembre a noviembre (anticipo que, de no ser ilegal, era claramente violatorio del espíritu de la ley); o hacerse la vista gorda a la crítica situación financiera del país repartiendo bonos y ayudas sociales días antes de la cita. Sería ingenuo deslindar este tipo de munificencia a tácticas de mercadeo estimadas efectivas para ambientar el Sí —en un cálculo que daba por sentado los magros recursos de una oposición cuya dispersión se entendía equivalente a la falta de musculatura para montar una campaña en condiciones de arruinar la ‘fiesta cívica’. 

Por lo demás, en un país agobiado por la retórica del miedo —machacada cotidianamente desde el gobierno y circuitos afines— también debían servir los golpes de efecto. De allí que, a siete días de la cita, y aun cuando estuviese pendiente el 60% de la obra, se efectuara el traslado —ignominiosa exhibición en pantalla de por medio— de un primer grupo de 300 reclusos a la cárcel de máxima seguridad que el presidente había prometido construir —y en cuyo anuncio figuraba la dotación de tecnologías de punta, Inteligencia Artificial incluida. Entre los reclusos, allí estaba Jorge Glas, ficha de triunfo obscenamente exhibida como recordatorio de la improbidad del Correísmo, y de la intrepidez de un gobierno ‘patriota’ que en abril 2024 no había vacilado en echar por la borda los principios más elementales del derecho internacional para asaltar la Embajada de México en Quito y secuestrar al exvicepresidente (3). De allí, también, la intensificación de operativos policiales y exhibición triunfante de capturas. 

Hubo también otros recursos. No cabe entenderlo de otro modo: dando por sentado el beneplácito de la mayoría de votantes ecuatorianos a la estrecha relación entre el presidente Noboa y el actual presidente de los Estados Unidos de América, mal podía faltar la reafirmación publicitaria de que el primero contaba con el respaldo del segundo — el Secretario de Estado de la Administración Trump visitó el Ecuador a principios de setiembre, días antes de la convocatoria, y su colega Secretaria de Seguridad hizo lo propio, esta vez, a menos de una semana de celebrarse la consulta. 

Agreguemos que al comando del Sí no le faltaban medios —entre amablemente complacientes e indisimuladamente alineados al gobierno— en la forma de periódicos y televisión abierta y por cable. Los creativos de la publicidad oficialista que han acompañado la Administración Noboa desde el primer día: mención aparte. A su cargo estaba el implacable bombardeo digital de videoclips que mostraban una suerte de país de celuloide y pasarela ejecutiva con música de fondo y efectos especiales evocadores las veces de Rambo, las veces de Ken, más variedad de Barbis cumpliendo distintos quehaceres, todos meritorios, todos bonitos, ‘por nuestro lindo Ecuador’.

II.B. Fin de fiesta

Hacia la noche del domingo el No fue marcando tendencia hasta asentarse con firmeza. Y bastó el zapeo para advertir rápidamente una suerte de constante, es decir, las reacciones de indisimulada molestia, rayanas en el enojo, de los panelistas en los canales de televisión, tan generalizadas como decidoras acerca de los sesgos implícitos en la autoproclamada imparcialidad y ponderación de los hablantes que componían sobre la marcha variaciones sobre el mismo tema, al tenor de ‘este es un país ingobernable’, ‘la gente no entiende’, ‘no quieren que las cosas marchen bien’. Poco después, cierre temprano de transmisiones en vivo, incluyendo la del Consejo Nacional Electoral, cuya presidente se presentaría ante las cámaras a eso de las 21:30 horas para decir que la tendencia ya era clara y que la transmisión se interrumpía ahí. Nada de responder preguntas de los reporteros que empezaron contritos a abandonar el recinto. 

Mientras tanto el presidente efectuaba una suerte de ‘mutis por el foro’ completamente ajeno al protocolo de rigor. Por toda presencia ante la Nación para celebrar el éxito de la convocatoria en desarrollarse sin irregularidades de por medio y, por cierto, sin muertos ni heridos en medio de aquella “guerra interna” que el gobierno y el despliegue de uniformes en las calles les recuerda a los ecuatorianos todos los días, el presidente emitió cuatro líneas en su cuenta de la red social X: “Consultamos a los ecuatorianos y ellos han hablado. Respetamos la voluntad del pueblo” —como si hubiese que celebrar las credenciales de demócrata de un presidente sobre la base de respeto semejante, siendo su opuesto una obviedad no consentida. A esas dos oraciones agregaba una suerte de apostilla: “Nuestro compromiso no cambia; se fortalece. Seguiremos luchando sin descanso por el país que ustedes merecen, con las herramientas que tenemos”. Punto final. 

Bastaba aquella gesticulación de indisimulada irritación para corroborar ex post la autoconfianza oficialista al convocar la consulta. Y pronto se supo. Inmediatamente después de conocido el resultado el presidente había partido raudo a los Estados Unidos de América, país del que también es ciudadano; y como es usual en sus idas al exterior —de una asiduidad que por acumulación ha concitado cada vez mayor atención— sin que se sepa su agenda. 

III. El resultado en los medios 

Desde luego. En los días posteriores a la consulta los programas de radio, canales de televisión abierta y por cable, prensa en papel y digital, paneles y entrevistas en línea, se volcaron a interpretar el resultado. 

En los medios comerciales —de manera más ostensible o velada, para el efecto poco importa— predominaba una suerte de empatía gobiernista sin que, dicho sea de paso, la obsesión de señalar al expresidente Rafael Correa como responsable de los peores males del Ecuador se infiltrara sin cesar, viniese o no al caso. De vez en cuando, y en talante prudente, se asomaba la pequeña advertencia a guisa de ‘crítica constructiva’ al presidente y sus fallos. Tampoco faltaron quienes a guisa de imparcialidad morigeraban su evaluación del “fracaso del presidente” apresurándose a señalar que no solo perdió el oficialismo en la contienda sino también los líderes de la oposición (léase, de Revolución Ciudadana y del movimiento indígena), quienes (presuntamente) habrían querido recobrar protagonismo con una asamblea constituyente como plataforma.

La retórica imperante era de carácter prescriptivo. Y notoria la presencia de un abultado voluntariado de presidentes vocacionales que no solo suelen reproducirse descontroladamente en las redes sociales sino cuyas alocuciones dominan los programas de opinión de la radio y televisión que el ciudadano de a pie sintoniza. De allí la profusa diseminación de todo tipo de variaciones del tema ‘esto es lo que hay que hacer de aquí en adelante’.  

Difícil no advertir una suerte de consenso tácito entre los comentaristas de consulta frecuente en este tipo de medios: cabía entender el triunfo del No, mínimamente, como un “llamado de atención”, mas también como un “castigo”. El gobierno había emitido mensajes confusos acerca del porqué de las propuestas, y la opacidad como estilo de comunicación generaba desconfianza. Y, sí; había problemas de gestión. La gente no entendía cuál era el rumbo. 

Repárese en la premisa implicada en esa manera de encuadrar los fallos: si la razón del No era un electorado que “castigó” al gobierno. bien podrá premiarle con su respaldo si se enmienda. Si hasta el momento el problema había sido de gestión (comunicacional o de políticas) el gobierno no solo debía, sino que podía cambiar de rumbo, siendo frecuente la opinión (reduccionismo tecnicista si los hay) que de lo que se trataba era de efectuar “cambios de gabinete” y reclutar “mejores asesores”. Adviértase que al circunscribir los errores del gobierno —fueren estos considerados graves o no tanto— a una gestión pasible de enmienda, los énfasis registrados hasta aquí funcionan, en última instancia (con intención o sin ella), para amortiguar la índole y magnitud de sus fallos —dejando intocado su sustrato ideológico. 

No faltaron críticas de mayor alcance. Por un lado, estas se colaban ocasionalmente en algún medio que hacía encomiables esfuerzos por dar cabida a opiniones críticas más frontales. De allí que no faltaran referencias al “giro autoritario” del presidente, ni a los serios episodios de corrupción que involucraban a su familia y miembros de su entourage; cuanto tampoco al uso arbitrario del poder en la forma de represión, arrestos indebidos, torturas, y muerte de niños inocentes en manos de policías y militares que habían quedado sin aclaración de responsabilidad de las autoridades del más alto rango —datos de conocimiento público que para estas voces críticas sumaban en mostrar el ejercicio antidemocrático del poder gubernamental por parte de aquel mandatario que no había vacilado en colocar el aparato del Estado a servicio del Sí.  

Por otro lado, el predominio de medios complacientes no significa la ausencia de algunos programas de radio, prensa digital, audiovisuales, y podcasts a todas luces superiores en calidad, profundidad, y apertura a una pluralidad de voces, incluyendo la academia crítica y activistas de base progresistas y de izquierda. En estos medios de menor difusión los panelistas y entrevistados colocaban la mira en el resultado al tenor siguiente: con su típica ligereza, el oficialismo había subestimado las tensiones sociales que este mismo generaba; y, por ello no estuvo en condiciones de entender y menos aún de dimensionar los gestos de resistencia social que a la sazón abundaban; o tal vez estos no le importaban, por entender que bastaban sus tácticas de propaganda para domesticar a un pueblo que despreciaba. De allí que el resultado fuese “un triunfo del pueblo ecuatoriano” que, a falta de información, pudo “intuir” que no había “buenas intenciones” detrás del Sí. Es interesante: en general, y tal vez por tratarse de evaluaciones sobre la marcha, las gramáticas de este respetable sector de voces críticas eran más bien declaratorias —de la “indignación” y “enojo” expresado en el contundente triunfo del No— y la cuestión de las ideologías políticas no aparecía demasiado, más allá de referencias expresas a las “políticas neoliberales” de un gobierno de derecha con tintes “fascistoides” que aquel “pueblo intuitivo” había rechazado. 

Hasta aquí los rasgos generales del panorama registrado. Más allá del interés en sí de las representaciones disponibles, interesa regresar al No colocando el lente de manera distinta, a fin de explorar las pulsiones antagónicas a la base del resultado. El perímetro está delimitado por la índole del evento —una consulta electoral. Bajar el lente excavando la superficie para situarlo en el subsuelo de lo que está a la vista —cuatro respuestas concurrentes—permite ir al encuentro de algo no por menos visible, y un tanto más abstracto, menos fundamental, que no es otra cosa que la lógica inmanente a las fuerzas en disputa. 

IV. Las fuerzas en disputa y la notable significación del No (4) 

En todo conglomerado humano relativamente complejo sin situaciones límite de por medio (una guerra civil, digamos), habrá fuerzas y pulsiones opuestas coexistiendo en algún grado de tensión. Y en aquellas sociedades en las cuales la idea de democracia tiene algún tipo de cabida, habrá fuerzas imantadas a esta y otras que no. Obviemos las zonas grises del terreno en tanto, para efectos presentes, no interesan. Sí interesa detenerse por un instante en la cuestión de la ciudadanía para subrayar que el ‘momento’ hacia el cual se proyecta la lógica de las fuerzas democráticas más virtuosas –aquellas que buscan habilitar la convivencia plural-igualitaria desde los planos social, cultural, y político—no es otro que el ‘punto’ en que sus modos de relacionamiento y convivencia logran ‘fijarse’ en el terreno lo suficiente para avanzar hacia el lugar de la hegemonía —momento cuya estabilización trae consigo el disciplinamiento de las fuerzas antitéticas y su consiguiente pérdida de radio de acción, con lo cual serán estas las que pasarán a ocupar los márgenes. 

Ubiquémonos ahora en el contexto societal concreto al cual este apunte refiere. La especificidad de este contexto obliga a situar las lógicas opuestas implicadas en el despliegue de las fuerzas en disputa dando por sentada una forma de régimen híbrida, es decir, un régimen político formalmente democrático en el cual, por un cúmulo de factores histórico-estructurales, las pulsiones autoritarias han tenido amplio campo para asentarse en múltiples locus —el poder gubernamental señaladamente—entrampando las pulsiones democráticas una y otra vez y, ni qué decir, interponiendo barreras de cuidado en el camino hacia el horizonte social, político, y cultural de una convivencia plural-igualitaria. Precisamente por esta razón, en el caso ecuatoriano interesa prestar —mucha— atención al despliegue de lógicas virtuosas cuando sus pulsiones asoman. 

Esto, desde luego, sin perder de vista que su radio de acción suele ser dominado por pulsiones autoritarias provenientes ‘desde arriba’ a través de la dupla ‘forma de régimen’ y ‘mecanismos de regulación informal’ (5) pero —por una cuestión de opción (epistemológica y política, opciones que van juntas)— distanciándonos de aquellos encuadres canónicos de la sociología y la ciencia política que suelen desestimar la aparición de la lógica democrática en escena por su carácter fugaz y episódico. Es el despliegue de esta lógica virtuosa, sin embargo, la que más interesa considerar desde la reflexión-acción, de cara al futuro. 

Sugiramos enseguida cuatro elementos de encuadre. Primero, que el trasfondo de la tensión entre las lógicas en cuestión corresponde al campo de las ideologías políticas. Segundo, que los regímenes de regulación informal se asientan en el terreno cultural (de allí su poder). Tercero, que estos regímenes expanden su radio de acción desde el flanco derecho del espectro político. Cuarto, que el campo de la derecha se atendrá a las reglas de juego democrático en la medida en que se las discipline —a través de fuerzas de despliegue impulsado desde el campo de la izquierda. Y, finalmente, que el horizonte democrático se cifra en el contrapoder (lógica virtuosa) que desde el campo de la ciudadanía se pueda construir, con mediaciones partidistas o sin ellas. 

Revisitar el No desde los énfasis esbozados hasta aquí, nos lleva a advertir tres puntos, entre ciegos y difusos, del panorama registrado en la sección anterior (III). El primero remite a la (des)ideologización del resultado, punto ciego se fragua desde el sesgo tecnicista, al reducir el énfasis explicativo, con intención o sin ella, al ámbito de gestión (comunicacional y de políticas). El segundo punto ciego remite a la (des)ciudadanización del resultado —omisión facultada, con intención o sin ella, al reducir la explicación del No al plano un tanto inasible de la ‘intuición’ y/o de las afectividades más elementales de la masa de votantes (el predominio de la ‘irritación’ y el ‘enojo’) que separa las pulsiones democráticas, artificialmente, de algún grado —reflexivo— de conciencia ciudadana. El tercero remite al confinamiento del factor geopolítico a la instalación de bases militares extranjeras para el combate al narcotráfico. 

Advertir estos tres puntos, entre ciegos y difusos, compele a subsanar las omisiones. Procuremos entonces calibrar la significación del No interpelando su significado desde y más allá del modo concreto y situado en que compareció en la coyuntura. Este desplazamiento de mirada permite explorar el resultado del referéndum y la consulta popular desde su relación con la cuestión de la ciudadanía fijando el lente en lo que este torna visible acerca de la difícil construcción del ‘ser público’, ‘estar en público’ y ‘hacer lo público’ en condiciones altamente adversas, donde la forma de régimen y el momento geopolítico mundial se conjugan en su contra. La indicación que emerge a partir de este tipo de exploración es por demás notable, y no es otra que la escenificación de un momento ciudadano cuyo sustrato democrático permitió detener —a raya— el asalto de un gobierno sobre los parámetros más básicos del Estado de Derecho. 

IV.A. Cinco barreras contundentes

Considerados juntos, los cuatro No significaron el levantamiento de cinco barreras de contención cuya importancia material y simbólica es difícil de subestimar. Veamos.

1. El No evitó la instalación de un circo electorero. No pasemos por alto que el Estado ecuatoriano ha estado al límite de la sobrevivencia financiera desde hace al menos dos años, factor que claramente no fue contemplado por el presidente al embarcar las finanzas públicas en la denodada búsqueda del Sí mediante un impromptu electorero, sin importar el millonario costo del burdo montaje. Claro que la oclocracia del siglo XXI es ducha en recursos escénicos. No solo comparece en la forma de legislaturas cuyo sello de marca es parlamentar sin ton ni son (Ecuador), o que se perfeccionan al punto de constituirse en versión oclocrática de un régimen parlamentarista (Perú), sino también en poderes ejecutivos cuya comprensión de la comunicación consiste en una especie de desfile mediático permanente para reemplazar información por entretenimiento, incluyendo los procesos electorales como plataforma de distracción. De haberse aprobado la convocatoria a una asamblea constituyente el calendario circense iba a extenderse por dos años (2026, 2027) —para elegir asambleístas constituyentes primero, y luego para pronunciarse sobre el proyecto de nueva Constitución. 

2. En un país huérfano del tipo de organizaciones partidistas que tantos juristas y politólogos institucionalistas le reclaman al sistema político ecuatoriano desde hace décadas, el No evitó la eliminación de las responsabilidades del Estado hacia aquellos canales de procesamiento de demandas cuya fragilidad o ausencia se deplora. Si bien las razones puntuales aguardan exploración detenida, el pronunciamiento es de por sí elocuente en mostrar que el grueso del electorado no vio cómo el eventual fortalecimiento de los partidos políticos podría vincularse (como el oficialismo pretendía) a la eliminación de la obligación del Estado de disponer recursos presupuestales para ese fin. Con ello el electorado salvó el Fondo Partidario Permanente orientado a reducir, al menos parcialmente, la dependencia de los partidos políticos al aporte de afiliados e intereses privados de auspiciantes temporales; y también se salvaron los estímulos para la capacitación de militantes. No cabe desestimar, por lo demás, que la atribución de esta responsabilidad al Estado no apuntaba al corto plazo al momento de consagrarse en Ley (diecisiete años atrás) sino hacia un horizonte imantado por la idea (democrática) de apuntalar las transformaciones (culturales) necesarias para que un sistema de partidos digno del nombre comparezca en escena. 

3. El No evitó la reducción del número de legisladores, noción presumiblemente asentada en el supuesto de que el (¿buen?) funcionamiento de una Asamblea es contingente en la variable ‘tamaño’. Fuesen 151 (número actual) o 73 (número propuesto). la pregunta presuntamente empática del oficialismo con la trillada referencia al desasosiego de los ecuatorianos por el bajo estándar del Poder Legislativo naufragó —en manos de una mayoría de votantes cuyo rechazo le demostró ajena a la puerilidad implicada en la propuesta.

Vayamos ahora a la cuarta y quinta barreras, las de mayor envergadura interpuestas a un presidente que gusta lucir uniformes de fatiga y cascos de combate; y quien no aprecia los chalecos de fuerza en la forma de cartas constitucionales, contrapesos y balances, regulaciones expresas y, menos aún, a los funcionarios del Estado que se empeñen en hacerlas cumplir. 

4. Con el mayor porcentaje de rechazo registrado en las papeletas (61.8%), el No a la Asamblea Constituyente evitó el montaje aquella suerte de ‘hora cero de la política’ que el presidente buscaba (6) deshaciéndose de la Constitución vigente — chaleco de fuerza imantado al eje ideológico que se extiende desde la izquierda a la llamada ‘centro izquierda’, incluyendo una idea (la fortaleza de lo público) que desde el campo de la derecha corresponde a la enemiga material y simbólica más peligrosa de la desregulación a todo nivel y escala —la privatización de recursos naturales estratégicos de manera señalada.  

La llamada Constitución de Montecristi —vigente desde 2008— ha sido denostada desde el campo de la derecha y zonas aledañas debido a sus ‘excesos garantistas’. El ataque se vocifera incesantemente asociando la Constitución con el expresidente Rafael Correa, quien por entonces iniciaba su primera Administración con un brío radical que eventualmente abandonó. Para efectos presentes interesa subrayar tres cosas. Por un lado, que la aprobación de esta carta constitucional concitó atención y aplauso urbi et orbi en circuitos progresistas y de izquierda, mas también en fundaciones, organismos y circuitos internacionales desarrollistas a secas, por su alcance de avanzada en materia de derechos —los de todo ser viviente, incluyendo el patrimonio ecológico del planeta cuya custodia recae en suelo ecuatoriano. Por otro, que la elaboración de esta Constitución involucró el más amplio espectro de organizaciones de base, representando, por consiguiente, un momento-ciudadano sin precedentes. Adviértase, por lo demás, que en un país que desde 1830 ha cambiado 20 veces su carta magna, la de Montecristi es la única aprobada en las urnas luego del proceso constituyente, y por un porcentaje (63.9%), tan solo un par de puntos superior al No que en noviembre 2025 la refrendó. 

5. Finalmente, el No impidió la instalación de bases militares extranjeras en territorio ecuatoriano. La anticipación oficialista del Sí a esta pregunta partía de una premisa un tanto endeble: si el electorado quiere sentirse más seguro, ¿qué mejor que una base militar extranjera poseedora de know-how (mejor que ‘el nuestro’) para combatir el narcotráfico? Entrevistado por una cadena de televisión por cable el presidente lo había verbalizado así días antes de la consulta: “La gente se siente más segura con una base al lado”. Claro que el No desestimó esta manera de vincular ‘mayor seguridad’ con bases extranjeras en territorio ecuatoriano.

Difícil pasar por alto el implícito. Si bien la pregunta no mencionaba el país, era claro que se trataba de abrir las puertas del Ecuador a la presencia militar estadounidense, instalando una base de operaciones bajo su control (7). Damos por sentado que la idea de soberanía es de dudosa estirpe como realidad material en el marco de la lógica capitalista global y también desde un país menor como Ecuador ante el poder geopolítico mundial. Mas esto no quiere decir que como gesto de pertenencia básica al ‘lugar de uno’ (aquello que muchos sienten de manera genuina como ‘mi Patria’) se esté dispuesto a decirle a un gobierno extranjero de rango imperial: ‘venga nomás’. Puesto de otro modo, es plausible sugerir que en el abrumador rechazo a esta propuesta hayan entrado valoraciones simbólicas, profundamente arraigadas, de la soberanía así entendida. 

Detengámonos ahora en un segundo implícito, aquel que pasó un tanto inadvertido siendo, sin embargo, el que pone de relieve la significación geopolítica del No y lo que este logró contener. Para explicitarlo partamos preguntándonos si algo tendrá que ver la iniciativa con el reordenamiento geopolítico mundial en curso.

Se sabe. En este instante asistimos al mayor despliegue militar estadounidense en la Región desde mediados de los años sesenta del siglo pasado. Esta vez, en las costas de Venezuela, y con amenaza de inminente incursión en territorio. Para efectos presentes (y dejando de lado otras manifestaciones de reafirmación de la intervención estadounidense en América del Sur y Centroamérica, incluyendo Argentina y Honduras de manera señalada) este dato interesa en la medida en que indica la disposición de la Administración Trump a cambiar drásticamente las coordenadas de política exterior estadounidense. Huelga señalar que las implicaciones para territorios vecinos son potencialmente inquietantes. 

¿Pero cómo figura en todo esto el territorio ecuatoriano? El dato que más interesa para sugerirlo es la declaración inicial del presidente Noboa acerca de la iniciativa de instalación del genérico “bases militares extranjeras” en la isla Baltra. Esta isla forma parte del Archipiélago de las Galápagos (declaradas desde hace más de medio siglo Patrimonio Natural de la Humanidad y Reserva Biósfera por la UNESCO), cuya preservación para un planeta al límite del colapso ambiental es imperativa.  

Si bien ante la inmediata reacción que semejante dislate en boca del presidente ecuatoriano provocó (las organizaciones de defensa del medio ambiente dentro y fuera del Ecuador no tardaron en activarse), el señor Noboa se desdijo e indicó dos ciudades de la Costa como sitios de instalación, aquella primera declaración es un dato mayor. Mientras los mecanismos de cooperación multilateral —imprescindibles— para el combate de los cárteles de la droga aguardan reconocimiento gubernamental dentro y fuera de la Región, abundan los instrumentos de cooperación bilateral sin que haya necesidad de establecer una base militar extranjera y —menos aun— en la Isla Baltra (punto de entrada a las Galápagos), que no guarda relación estratégica alguna con el combate a las redes de narcotráfico.

Claro que las Galápagos sí interesan, y mucho, desde una perspectiva geopolítica. De ahí que convenga preguntarse cómo figuraba en el tablero la declaración (¿o desliz?) inicial acerca de la instalación de una base militar (estadounidense) en Baltra. A no dudarlo. En medio del realineamiento del poder mundial en curso, la búsqueda del Sí correspondía al alineamiento geopolítico fuerte del gobierno de Daniel Noboa con el gobierno de los Estados Unidos, legitimando el compromiso del primero en colocar al Ecuador como pieza clave en un tablero bélico de alta peligrosidad.

Para entender el contexto geopolítico en el que se inserta la propuesta implicada en la búsqueda del Sí a esta pregunta, cabe detenerse en algunos cambios recientes —mayores— en la doctrina estratégica publicada por la Casa Blanca semanas atrás (el 5 de diciembre). Estas ideas y directrices en ciernes se hallan contenidas en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (en adelante NSS) (8), documento que revela un giro mayor —tal vez el más rotundo en la política exterior de los Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. 

Señalemos tres ejes centrales de la estrategia en cuestión. Primero: la NSS revela un fuerte desplazamiento de atención hacia el papel que el hemisferio Occidental ha de cumplir. El documento asume que es ilusorio para Estados Unidos sostener por sí solo el orden unipolar cristalizado a partir del año que marcó la caída de la Unión Soviética (1991). Se admite un orden multipolar constituido por un puñado de grandes potencias, cada una de ellas con su “esfera de influencia” legitimada por el reconocimiento recíproco. De allí que la NSS restablezca explícitamente la Doctrina Monroe mediante un “Corolario Trump”, declarando la absoluta preeminencia estadounidense en el hemisferio como prioridad estratégica. El corolario Trump implica la redistribución de activos militares desde teatros de operaciones que este considera periféricos hacia América Latina y el Caribe —con énfasis en el control migratorio, en el combate al narcotráfico, en el acceso a recursos estratégicos y mercados de inversión, y en la exclusión de la influencia china y rusa.

En segundo lugar, la migración masiva se define como amenaza externa principal, superando incluso la condición de amenaza que pudiese provenir de China y Rusia. La competencia con Beijing se reformula como primordialmente económica —buscando “relaciones mutuamente ventajosas”— abandonando así el marco de competencia sistémica que caracterizó tanto la NSS de la Administración Biden (2022) cuanto la NSS de Trump (2017). Mientras tanto, Rusia prácticamente desaparece del análisis de amenazas.

En tercer lugar, se procede al abandono explícito del orden liberal internacional y del “globalismo”. La NSS critica frontalmente a las instituciones multilaterales como “incursiones que erosionan la soberanía”; elimina toda referencia a la promoción democrática; y adopta un marco mercantilista puro donde “prosperidad” reemplaza “democracia vs. autocracia” como criterio rector. Adviértase, finalmente, que Europa es situada como una civilización en decadencia por efectos de la presunta “erosión identitaria” resultante de la inmigración incontrolada. Y el futuro de la Alianza del Atlántico Norte queda condicionado a que las contrapartes europeas asuman una mayor parte de la carga en la seguridad colectiva de occidente. El corolario es claro: Estados Unidos se propone fortalecer su presencia militar y de seguridad en el hemisferio occidental, mientras alista su retirada parcial de otros teatros de operaciones (Europa y Asia). 

Desde luego. Ecuador entra dentro de este esquema estratégico de la Administración Trump, sobre todo mientras Perú no se estime ‘confiable’ y Colombia tampoco. En el marco de la NSS, el Ejecutivo estadounidense requiere una base que opere a la manera de ‘cuña’ entre Perú (que, desde fines de 2024, y con fuerte inversión china, aloja el mega puerto de Chancay, flamante Hub de importancia clave para desarrollar el comercio Asia-Pacífico), y una Colombia “izquierdista” y amistosa hacia el gobierno venezolano de Maduro.

En cierta medida, los estrategas del Pentágono parecerían prisioneros de la analogía con la guerra en el frente del Pacífico (1942-1945). Recordemos que en la Segunda Guerra Mundial, Ecuador ya alojó una base militar estadounidense en la Isla Baltra para evitar que la flota japonesa pudiera incursionar en el Pacífico sur. En el imaginario estratégico estadounidense actual, China toma el lugar del Japón imperial. Y con la anuencia del gobierno de Noboa, Ecuador pasaría a convertirse en una pequeña pieza en el rompecabezas estratégico de la Administración Trump, aceptando el papel de hinterland estratégico hemisférico. Puesto de otro modo: en este esquema, Ecuador pasaría a jugar el papel de una suerte de Guam de retaguardia en una guerra de portaviones —por lo demás obsoleta en la época de los misiles hipersónicos y los submarinos nucleares. 

Demás está decir que lo anterior no dice nada respecto a sí la NSS es o no es plausible. Huelga dar por sentado que, en la medida en que los agentes centrales (sus proponentes) y los actores de reparto (los gobiernos afines de la Región) la estimen ‘en curso’, la NSS tendrá efectos muy concretos en la conducción de las políticas exteriores y de seguridad de nuestro hemisferio. Detenerse más en el asunto escapa el propósito de este apunte. Mas es suficiente para poner de relieve la magnitud de lo que estaba en juego en el Sí a las bases militares extranjeras que los ecuatorianos rechazaron en las urnas de manera contundente.

IV.B. El proyecto inconfesable

No se trataba de un proyecto pasible de anuncios de campaña a la manera de ‘programa de políticas de Estado’. Provenía del campo de la derecha, sí. Pero su zona de confort superaba en magnitud cualquier proyecto de grupos oligárquicos anteriores, más o menos predecibles en sus modos de practicar la alternancia entre el sectores financiero-empresariales en el manejo del Estado. 

Sin otro ánimo que el de subrayar la significación de las pulsiones democráticas que le salieron al paso, al proyecto inconfesable habrá que ponerle un nombre. Claro que ni ‘hiperpresidencialismo’, ni ‘autoritarismo’, ni ‘neoliberalismo’, por sí mismos o en combinación, son códigos suficientes para proveer el calce. Veamos.

Según rótulo confeso, el agente venía a construir “El Nuevo Ecuador”. Mal podía saberse al momento del anuncio que, en la medida en que la institucionalidad jurídico-gubernamental conocida —con todas sus debilidades, pero institucionalidad al fin— no se atuviese a las decisiones del agente, el proyecto inconfesable compelía a pasarla por alto y, eventualmente, a reemplazarla con una codificación oficial aún más maleable —una nueva constitución, digamos. Si a lo largo de dos años de gobierno la avalancha de casos de abuso de poder mostraba la sistemática extralimitación del presidente en el uso de sus facultades; si la abultada cartera ponía a la vista el frontal irrespeto a la separación de poderes, la constante violación del debido proceso, y el más craso desdén por la noción de conflicto de intereses, sin que de las ilegalidades quedaran fuera los tratados y compromisos internacionales del país (9), no cabe vacilar a la hora de ponerle nombre.

Sin rodeos. Al proyecto inconfesable llamémosle Sultanato (10). Que el proyecto pudiese o no llegar a buen puerto —que fuese un delirio— es irrelevante. A la hora de nombrar un proyecto de poder lo que cuenta es que la palabra sirva para denotar la especificidad de la lógica inmanente a su despliegue. Y, en este caso, dicha lógica comparece distintiva a partir de tres rasgos. 

El primero: una disposición que, yendo más allá del clásico “acaparamiento de oportunidades” (11) orienta el ejercicio del poder gubernamental hacia el más puro estado patrimonialista, léase, un Estado privado, de familia, allegados y correligionarios con recursos de reciprocidad horizontal. El segundo: un modelo en el que las políticas neoliberales —reglas ideológicas impersonales, recordemos— si bien presentes, pasan a segundo plano, al servicio de una lógica de acumulación capitalista donde lo impersonal —las políticas de Estado— está bajo el comando de la lógica —personalista— primordial. La lógica personalista inmanente a este proyecto inconfesable no reconoce imposición de tipo alguno —ni siquiera las del Fondo Monetario Internacional, las cuales bien pueden circunvalarse para montar una campaña electoral que implique el reparto de bonos sociales y gastos no contemplados en las estrictas políticas de ajuste del organismo para la concesión de salvatajes fiscales. El tercer rasgo refiere al ostensible desdén por el disenso, especialmente cuando proviene de la ciudadanía organizada a través de peticiones de diálogo, reclamos, marchas, y protestas. Y cuando las protestas incomodan demasiado el desdén escala, transformándose en determinación a silenciarlas, de estimarse necesario, mediante el uso de armas letales. 

¿Deficiencias en transparencia y rendición de cuentas? La retórica está siempre a la mano para atender reclamos. Por lo demás, para lidiar con la trillada demanda de uno que otro organismo financiero ‘que cuenta’, basta la firma de algún que otro acuerdo complementario, estando la impunidad siempre a disposición en un contexto geopolítico que la era Trump torna manto de protección para los jefes de Estado que dan muestras de amistad incondicional. En cuanto al ‘qué dirán’ de la comunidad internacional que procura preservar una semblanza de humanismo en medio de un desorden mundial de proporciones, se sabe: esta carece de tracción suficiente para asegurar la observancia de principios, estándares, acuerdos y convenciones y, por lo demás, siempre puede tachársele de ‘politizada’ y ya está (la peripecia cada vez más dramática de la Secretaría General de Naciones Unidas, de alguna que otra resolución de la Comunidad Europea, o de Amnistía Internacional y organizaciones similares lo demuestran). 

IV.C. Los resortes fallidos del proyecto inconfesable

Ejercer el poder haciendo y deshaciendo sin reconocer barreras infranqueables que no sean las que la propia agencia reconoce no llama la atención si, en efecto, gobierna un sultanato. Tampoco llama la atención cuando quien gobierna se siente en condiciones de jugar a ser un sultán por estar sumido en esa fantasía, en cuyo caso —y entre tantas otras potestades que se arroga— no vacilará en hablar con lastimosa liviandad sobre temas cuya complejidad se le escapa. Y entonces podrá declararse partidario de “una social democracia moderada”; y entre el “Oiga presidente” del entrevistador amable de la cadena CNN y los “Esto de ahí” que como entrevistado pronuncie, negar que él es de “extrema derecha”.  

Esto de ahí es muletilla de uso constante en el magro léxico del presidente ecuatoriano en idioma español. En principio, nada malo en eso (las muletillas abundan en el habla coloquial de cualquier parte). Salvo que en este caso el presidente no advirtió cómo aplicar la muletilla en conversaciones consigo mismo para pensar un poco acerca de cuál era el esto de ahí nacional que desaconsejaba improvisar su encuentro con el Sí. En el impromptu hubo, al menos, cuatro resortes fallidos.  

Falló una máquina política que se estimaba ‘a punto’. La exacerbada visión mercantil trajo consigo dos errores de cálculo. Por un lado, la sobrevaloración del mercadeo electoral mediante el bombardeo cotidiano de videoclips laudatorios por televisión y autopistas digitales apoyada por un ejército de comunicadores para mostrar ‘lo bien que van las cosas’, creó realidades virtuales que, desconectadas del día a día del grueso de la población ecuatoriana, poco servían más allá del auto aplauso. Por otro, se recurrió a prácticas clientelares reduciéndolas, de manera pueril, a la compra del voto, en total desconocimiento de algo que los ‘patrones’ e intermediarios experimentados nos han enseñado cuando nos asomamos a lo que ellos hacen para construir y sostener su agencia: las redes clientelares y las máquinas políticas son instrumentos sofisticados, no pasibles de improvisación (12). 

El segundo resorte fallido refiere a un sentido de oportunidad que se alimenta de la desconexión del agente con el país que gobierna. Llamémosle el ‘destiempo’ y vinculémosle a la visión estática del poder que se ejerce. Así como el “esto de ahí” del colosal imperio empresarial y financiero familiar no se va a acabar por varias generaciones gracias a un abuelo visionario, si el agente del proyecto inconfesable había ganado dos contiendas presidenciales sucesivas, ¿por qué pensar que el resultado de la consulta resultaría en traspié inesperado? La visión estática del poder ‘fija’ las bases de apoyo en el tiempo, especialmente si el intervalo es breve. El gran empresariado pragmático se consideraba fiable. Y también la burguesía vieja y nueva más sus sectores de arrastre. Más trabajadores jóvenes en quienes —al alero de la movilidad social que en tiempos de la Revolución Ciudadana fue creando capas medias de primera generación— eventualmente caló fuerte la idea del trabajador independiente y del cuentapropista de todo estilo ante una economía en que crecía el consumo suntuario, ilusión que bien podía compensar la falta de apoyo de la clase trabajadora organizada a las iniciativas gubernamentales de mayor flexibilidad laboral. Ahí estaba, por lo demás, el fantasma del Correísmo, que ya había probado su capacidad de inclinar la balanza electoral a su favor en dos ocasiones. 

En la visión estática del poder también figura el combate a la inseguridad, buque insignia en gran medida responsable del triunfo de Daniel Noboa en la elección presidencial de abril 2025 (13). Si bien el año y medio de su gobierno de transición había estado marcado por una larga cadena de cuestionamientos de peso, el señor Noboa tuvo a su favor no solo el voto en contra de la candidata de Revolución Ciudadana sino la disposición del electorado de darle tiempo para ver si las promesas de combate a la inseguridad cuajaban. Perdonarle, o hacer la vista gorda a las disonancias entre transparencia y corrupción a vista y paciencia de la población entera, tal vez ‘valdría la pena’ en aras de la seguridad prometida.  

El tercer resorte fallido remite, precisamente, a la cuestión de la seguridad. Al momento de la convocatoria de noviembre el comando del Sí dio por descontado que el miedo a la inseguridad que Noboa había prometido combatir figuraba a su favor. Mientras tanto el oficialismo engordaba la figura del “enemigo interno” agregando al “narcoterrorismo” otros ‘indeseables’ (léase ONGS, dirigentes de base, activistas de derechos humanos, medioambientalistas, trabajadores de la cultura, etcétera) que bien podían ser tachados de terroristas por oponerse al gobierno. En medio de esta febril operación patriótica, y a pesar de la normalización del “estado de excepción” mediante una cadena de decretos sucesivos, la violencia criminal y la inseguridad persistían. Y la militarización y el sobreuso táctico de maniobras de guerreada sin estrategias integrales de combate a la inseguridad y sin asomo de un proyecto de seguridad (ciudadana) que les sustente, mostraban un gobierno incapaz de encaminar al Ecuador hacia el horizonte prometido. Por lo demás, ni asomo de políticas orientadas a neutralizar el desenvolvimiento de ‘estados paralelos’ en zonas del país donde el poder del narcotráfico compensa la ausencia del Estado, en materia de sobrevivencia, mediante la provisión informal de trabajo y servicios a la comunidad local (se trate de alimentos, atención de salud, o el pago de funerales).  

El cuarto resorte fallido remite al error de cálculo con respecto a la magnitud del malestar del grueso de la población ante la flagrante desatención gubernamental a algunas de sus responsabilidades más elementales. Al momento de la convocatoria la desaprensión del gobierno ante el estado crítico de los servicios públicos era inocultable. El ejemplo es más que elocuente: a la sazón se asistía al colapso del sistema público de provisión de servicios de salud, situación refrendada por el anuncio de que los servicios de salud del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, declarado en emergencia también en setiembre (entre otras razones por el desabastecimiento crítico de medicamentos), pasarían al Ministerio de Salud —cartera de Estado en condiciones lamentables para funcionar de manera medianamente aceptable, y que ha pasado de mano en mano, con no menos de cinco ministros en los últimos dos años. 

Los datos que genera el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) muestran el deterioro de los indicadores sociales en los últimos dos años. Todos los indicadores sociales empeoraron entre 2023-2024, revirtiendo mejoras previas. Anotemos someramente que a diciembre 2023 la tasa de pobreza por ingresos se situaba en 26%; a diciembre 2024 había aumentado a 28%. Al cierre de 2024 habían pasado a la condición de pobreza 432 mil 581 personas adicionales, mientras que 555 mil pasaron a engrosar las filas de la pobreza extrema, lo que significa un aumento de 2.9 puntos porcentuales durante el gobierno de Daniel Noboa. Más grave aún: el 70% más pobre, o los primeros siete deciles, no logra cubrir el costo de la canasta básica con su ingreso laboral. Por su parte, el 10% más rico cubre la canasta básica en más del 337%. El coeficiente de Gini en el período que cubre la gestión del actual presidente muestra una tendencia al aumento de la desigualdad. En diciembre 2024 el coeficiente se ubicó en 0.463, superior al 0.457 registrado un año antes. Se trata de una concentración extrema de la riqueza, ya que el 10% más rico concentra aproximadamente 30% del ingreso total, mientras el 70% de la población no cubre necesidades básicas. 

Finalmente, no cabe omitir la —incalificable— simultaneidad de dos decisiones: convocar a referéndum y consulta popular, por un lado, y anunciar la eliminación de un subsidio vital para el bolsillo del grueso de la población, por otro. Esta simultaneidad refleja dos resortes fallidos operando juntos —el destiempo y la desaprensión ante la magnitud del malestar por el desplome de servicios públicos básicos. En efecto. Desestimando la crisis social que las decisiones y no decisiones de su gobierno agudizaba en todos los frentes (incluyendo la enseñanza pública, y el desempleo abierto generado por la disminución en el tamaño del aparato de gestión del Estado), el mismo mes en que el presidente solicitó la cita electoral, procedió a decretar la eliminación del subsidio al diésel, combustible que representa un tercio del consumo energético nacional para el funcionamiento del transporte público y de mercaderías, para la actividad fabril y la producción en áreas rurales. Era de esperarse. El anuncio provocó una fuerte protesta ante el aumento de los costos de producción y consumo implicado en la eliminación del subsidio. Si bien en un inicio la protesta se concentró en la Sierra Norte del Ecuador, y tuvo al movimiento y las comunidades indígenas como protagonistas centrales, no tardó en involucrar al más amplio espectro de organizaciones de base y ciudadanos de a pie, fue de carácter nacional, y se prolongó 31 días, hasta inicios de noviembre. La represión fue sanguinaria. Sin que faltara el uso de armas letales. 

No es que en los últimos dos años no haya habido logros. Después de todo, el sultanato imaginado logró fabricar una olla de presión de proporciones. Al fabricante destapar la olla en la seguridad de que el sustento estaba a punto … ‘esto de ahí’ resultó en un búmeran de consistencia y textura democráticas. 

IV.D. Desde el campo de la ciudadanía. Las operaciones de otra forma de capital (14).

¿Cabrá celebrar la oposición —léase Revolución Ciudadana y Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik—por el ‘pare’ al proyecto inconfesable? A primera vista —a falta de análisis más finos del dato electoral que aguardan elaboración—, el resultado desborda la simple agregación del peso cuantitativo (alrededor de un 25-30% en modo alguno desdeñable) de Revolución Ciudadana (15), más un 10% aproximado atribuible eventualmente a un movimiento indígena que protagonizó un formidable proceso de ciudadanización de la esfera política en los años 80 y 90 del siglo pasado, que hoy sigue ocupando un lugar central a la hora de activar disensos que importan, pero cuyos liderazgos se encuentran relativamente escindidos con relación a su pasado. Dicho esto, caso, no parece demasiado interesante confinar la significación del No a la suma de las partes, aun cuando se incluyese en el cálculo a las organizaciones no partidistas que se movilizaron a su favor más el voto suelto, contabilizándolas ‘todas’, hasta aproximar la explicación cuantitativa a los altos porcentajes de votación que este resultado arroja.

La significación del resultado trasciende la sumatoria de las partes. Tomar en cuenta la contundencia del No, y la consistencia de las cuatro respuestas desde el encuadre planteado en la introducción a este último segmento (IV, supra), compele a situar la mirada de otro modo. Preguntémonos entonces acerca de la lógica inmanente a esa ‘contundencia’ y ‘consistencia’ que comparecen juntas. Y representémosla como lógica cuyo despliegue habilita la forma de ciudadanía más confiable para producir, sostener, y ampliar el radio de acción del campo ciudadano. A esa forma llamémosle hacedores-y-custodios-de-lo-público; y reconozcamos la lógica que las disposiciones y prácticas de esta forma de ciudadanía torna visibles como único locus capaz de sustentar una convergencia colectiva imantada al capital democrático —y, desde luego, de activarlo para confrontar, como en este caso, las operaciones de la lógica opuesta, empeñada en desmantelar el Estado de Derecho. Enseguida reconozcamos que la producción, sostenimiento y ampliación del radio de acción del capital (público) del cual esta forma de ciudadanía es portadora, está a la base del tipo de pronunciamiento (en las calles o en las urnas) capaz de tensar y —eventualmente— disciplinar el poder establecido (los gobiernos, de manera señalada).  

Para quienes procuramos trascender la tendencia (muchas veces propia) a dejarnos atrapar por la circularidad implicada en reiterar una y otra vez la disfunción oclocrática que atraviesa el sistema político ecuatoriano, el resultado de la consulta representa un punto de inflexión importante. Después de todo, el resultado significó la apertura de un ventanal que corresponde dejar abierto, por lo que fue capaz de revelar, al cierre de 2025, acerca de la disponibilidad de un capital democrático que tendíamos a subestimar, pero el campo de la ciudadanía mostró estar en condiciones de alojar y movilizar por lo alto, más allá de cualquier intermediación. 

No cabe omitir que las operaciones de ese capital ya habían ingresado a escena por la puerta grande poco tiempo antes. A manera de preludio, y si bien circunscritos a una provincia y ciudad de la Sierra (Cuenca), los recursos (en principio, siempre disponibles desde un amplio repertorio de frentes) para ser público, estar en público y hacer lo público se desplegaron dos meses antes del Referéndum y la consulta popular. En efecto. Gatillada desde el llano, la gigantesca Marcha de Cuenca por el Agua y la Vida representó —de manera inédita y deslumbrante— el ‘todos juntos y adentro’ que no vaciló en activarse ante la amenaza inminente de pérdida de los recursos hídricos de la provincia en manos de la explotación minera (16). 

Resulta fácil —y a la vez inconducente— entender ‘la ciudadanía’ como hecho dado tan solo porque se trate de un vocablo de uso y abuso frecuente. Por el contrario. La ciudadanía remite a un campo intrincadamente complejo, situado en el terreno cultural (donde el poder se fragua). Y, sí. Cabe celebrar el campo de la ciudadanía —no disponemos de otro para imaginar una democracia que importe— prestando atención a momentos en que, como este, sus pulsiones más virtuosas se tornan tangibles. Prestar atención: tarea ineludible desde la reflexión acción. Más allá (y en razón) de lo escarpado del terreno. 

Quito, 27 de diciembre 2025

* Académica uruguayo-ecuatoriana. PhD en Relaciones Internacionales y Política Comparada por la Universidad de Johns Hopkins, exdirectora general de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO- Sede Ecuador), exvicepresidente de la Asociación Chilena de Ciencia Política. Entre sus obras más conocidas: La conquista del voto (FLACSO-CEN, 1986) y Memorias de ciudadanía. Los avatares de una Polis golpeada. La experiencia uruguaya (Fin de Siglo 2015/2023).

** Académico y político ecuatoriano. Director del Laboratorio de Estudios Sociales Multidisciplinarios de la Universidad UTE (Quito). Fue Ministro Coordinador de Seguridad Interna y Externa (2007), y Ministro de Gobierno (2008) de la primera Administración de Rafael Correa.

Referencias

(1) Este apunte corresponde a nuestra pesquisa en curso sobre el proceso político ecuatoriano de las primeras décadas del siglo XXI, centrada en el surgimiento de Revolución Ciudadana y su desenvolvimiento posterior.

(2) Daniel Noboa fue electo en octubre y asumió la presidencia en noviembre 2023 para completar el período del presidente Gustavo Lasso, quien había disuelto la Asamblea Nacional (Legislatura) y convocado nuevas elecciones generales, bajo la figura de la llamada “muerte cruzada” contemplada en la Constitución ecuatoriana. Entre 2023 y 2025, seis procesos electorales: dos elecciones presidenciales (en ambas hubo balotaje) y dos consultas populares y referéndum. 

(3) Ver Amparo Menéndez-Carrión, Fernando Bustamante Ponce, “Jugando a la soberanía: la ruptura diplomática entre México y Ecuador”, Nexos (mayo 25, 2024) 

https://redacción.nexos.com.mx/jugando-a-la-soberania-la-ruptura-diplomatica-entre-mexico-y-ecuador/

(4) El planteo de la cuestión de lo público y la ciudadanía, base de esta parte (IV), se apoya en el componente teórico de la obra en tres volúmenes Memorias de ciudadanía. Los avatares de una Polis golpeada. La experiencia uruguaya, de Amparo Menéndez-Carrión (Fin de Siglo, [2015] 2023), donde Uruguay figura como estudio de caso singularmente apto para explorar asuntos que trascienden los confines de su experiencia societal concreta. 

(5) La formulación del concepto regímenes de regulación informal aparece en Amparo Menéndez-Carrión, “Clientelismo, corrupción, y regímenes de regulación informal en América Latina. Ciudadanizando lo público, dejando atrás un callejón sin salida”, RC/Revista Rendición de Cuentas, Núm. 4 (2024), pp. 9-40.

https://rendiciondecuentas.udg.mx/index.php.

(6) La iniciativa presidencial de convocar una asamblea constituyente fue precedida de reiterados intentos por ejercer control sobre la Corte Constitucional (incluyendo acusaciones de “activismo político” y calificación de la Corte como “enemiga del pueblo”, sin que entremedio faltara el montaje oficialista de marchas en contra de los jueces). Entre otras ‘interferencias’ levantadas desde el Tercer Poder del Estado, señalemos la objeción de la Corte a las tácticas del presidente para combatir el crimen organizado, en la medida en que estas no se atuviesen a los mecanismos contemplados por la Constitución vigente. La Corte ha resultado un hueso duro de roer. Y el respaldo a su mandato constitucional no se ha hecho esperar, incluyendo las expresiones de preocupación de respetables juristas ecuatorianos y los recordatorios de la Relatoría Especial de las Naciones Unidas sobre la Independencia de los Magistrados y Abogados (emitidos en agosto 2025).

(7) No era la primera vez. El Puesto de Operaciones Avanzadas (Forward Operating Location, FOL) estadounidense en la Base Aérea Eloy Alfaro de Manta operó desde 1999 hasta 2009.

(8) The White House, National Security Strategy of the United States of America. November 2025

(9) Este listado es meramente ilustrativo; los ítems son de conocimiento público; y causaron más de un escándalo, marchas, y protestas a nivel nacional —cuyo vigor eventualmente se desvaneció, en parte por la agregación de eventos que, en un país azotado por eventualidades de toda índole, van sedimentándose a manera de síndrome que la normalización de lo irregular configura. Los cuatro ejemplos que siguen abarcan distintos frentes. Primero: el descarte de las reglas vigentes sobre el tratamiento a la segunda autoridad del país mediante la (despiadada) persecución de su vicepresidente desde el día mismo de la (primera) asunción presidencial. Segundo: la violación del principio de proporcionalidad constitucional mediante el abuso recurrente de las facultades presidenciales extraordinarias para decretar “estados de excepción” (sucesión de decretos presidenciales que la Corte Constitucional dictaminó inconstitucionales pero el presidente eludió, alegando que la sentencia respectiva solo se podía aplicar a un estado de excepción ya declarado, pero que no era extensivo a un nuevo estado de excepción). Tercero: la flagrante violación de derechos humanos. Desde la declaración de “Estado de Guerra Interna” que data de enero 2024 (la razón declarada: combatir el crimen organizado y los cárteles del narcotráfico) arreciaron las denuncias de numerosas desapariciones y ejecuciones extrajudiciales, incluyendo la muerte de cuatro niños a manos de efectivos del ejército ecuatoriano y la defensa vigorosa de estos por parte del presidente, llegando incluso a lanzar amenazas en contra de los jueces encargados de sentenciar el caso. Cuarto: La indecorosa brecha entre la promesa de campaña “Cero tolerancia a la corrupción”, y los usos patrimonialistas del poder, incluyendo el perdón de casi USD 60 millones de intereses y multas por concepto de impuestos no pagados al fisco por el conglomerado empresarial Noboa, a través de una ley económica urgente, la primera que el presidente envío y se votó en la Asamblea; la orquestación de concesión de contratos públicos a familiares cercanos en violación de las normas de contratación pública; el otorgamiento de licencias ambientales irregulares para la construcción inmobiliaria a favor de su propia esposa en áreas protegidas; y el listado (que incluye a correligionarios, miembros de su primer gabinete y asambleístas de su grupo político) continúa. Basta mencionar la contratación de la empresa Progen (agosto 2024), caso cuya gravedad se vio magnificada por haberse dado en el contexto de la gravísima crisis energética que afectó al país en la segunda mitad del año, con apagones de hasta 14 horas diarias. Quinto: el insólito asalto embajada de México en Quito y el secuestro del exvicepresidente Jorge Glas (abril 2024), que el consenso de internacionalistas, juristas, y diplomáticos de trayectoria dentro y fuera de la Región (a excepción de los vinculados al gobierno), no tardó en declarar en flagrante violación de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y otros acuerdos internacionales. 

(10) En su magistral Economía y Sociedad (1922), Max Weber apeló originalmente al término sultanismo para significar un subtipo extremo de dominación patrimonial. Posteriormente Juan Linz rescató el concepto weberiano y lo aplicó a las dictaduras centroamericanas y caribeñas. Ver Juan J. Linz “Una teoría del Sultanismo: Un tipo de régimen no democrático”, en José Ramón Montero, Thomas Jeffrey Miley eds. Juan J. Linz, Obras escogidas (vol. 3, Sistemas autoritarios y regímenes autoritarios), Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2010, pp. 526-552; Juan J. Linz, Alfred Stepan, Problems of Democratic Transition and Consolidation. Southern Europe, South America and Post-Communist Europe, Johns Hopkins University Press, 1996; y H. E. Chehabi, Juan J. Linz “A Theory of Sultanism 1. A Type of Nondemocratic Rule”, en Juan J. Linz & H.E. Chehabi, eds. Sultanistic Regimes, The Johns Hopkins University Press, 1998.

(11) El concepto fue formulado por Charles Tilly, quien ocupó la noción de opportunity hoarding por primera vez y de manera esclarecedora en su influyente obra Durable Inequality (University of California Press, 1998) capítulo 4, pp. 147-168

(12) Ver Amparo Menéndez-Carrión, La Conquista del Voto (Quito: FLACSO-CEN, 1986), y “Clientelismo, corrupción, y regímenes de regulación informal en América Latina. Ciudadanizando lo público, dejando atrás un callejón sin salida”, RC/Revista Rendición de Cuentas, Núm. 4 (2024), pp. 9-40. https://rendiciondecuentas.udg.mx/index.php.

(13) No cabe detenerse en los factores que llevaron su candidatura a la presidencia. Sí cabe mencionar lo siguiente. La primera vuelta electoral (febrero 2025) arrojó el cuasi empate entre el binomio encabezado por Daniel Noboa y el de Luisa González (esta último representando a Revolución Ciudadana); pero en el balotaje Noboa captó aproximadamente todo el voto que en la primera vuelta se había dispersado entre otras candidaturas. Si bien el dato carece de mínimo rigor, mencionémoslo igual: la frase “Voté por él porque entre dos malos este era el menos malo” fue recurrente en las conversaciones cotidianas de aquellos días (y agréguese de paso que no faltaron voces informadas que consideraron que la candidata de Revolución Ciudadana carecía del tipo de perfil políticamente sólido que, sin embargo, no era ajeno a los cuadros jóvenes del partido). También es pertinente recordar que Noboa celebró una consulta popular (abril 2024) sobre temas de seguridad, proponiendo reformas jurídicas orientadas a facilitar la lucha en contra de la criminalidad (además de preguntas que tenían por objetivo obtener respaldo para una mayor flexibilidad de las leyes laborales). Mientras que el intento de obtener respaldo popular para la flexibilización laboral naufragó (más de 69% de rechazo), las propuestas de endurecimiento penal y policial obtuvieron un respaldo abrumador (más del 70%).

(14) Acerca de esta forma de capital, sus modos de producción —pública y ciudadana—, sus operaciones y sus distintos ‘momentos’ ver la teorización propuesta en Amparo Menéndez-Carrión, Memorias de Ciudadanía …, volumen 3, capítulo 11 “Más allá del mercado. El poder del capital”, pp. 11-66.

(15) Desde 2017 Revolución Ciudadana registra consistentemente un respaldo promedio de un tercio del electorado; y es, hasta hoy, el mayor partido político del Ecuador, gozando de una base de apoyo que se ha mostrado sólida, leal, y apasionada. Esta lealtad está fuertemente vinculada a la añoranza del liderazgo del expresidente Rafael Correa, quien, en la década en que gobernó (2007-2017) llevó adelante políticas altamente populares y bajo cuyas administraciones el país gozó de un período de prosperidad y activismo estatal en el ámbito social que no ha tenido paralelo en la historia reciente del Ecuador. 

(16) Léase: a cargo del “Proyecto minero Loma Larga” en el páramo de Quimsacocha, proyecto concesionado por el gobierno a la compañía Dundee Precious Metals que sería temerario mantener ante el tajante rechazo evidenciado por la histórica protesta.

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ÍNDICE

Año 1, núm. 8, marzo de 2026
ISSN 3122-3583

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Raúl Trejo Delarbre*

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actualidad

Guerrero, la vida en disputa y el empeño para construir paz

Olivia Hidalgo Domínguez* / Daniel Mora**

En Guerrero, la violencia no solo se mide en cifras: se vive en los cuerpos, en el miedo y en la resistencia cotidiana. Mientras las balas siguen sonando, comunidades, mujeres y radios defienden la vida y reinventan la paz desde abajo.

Introducción

En el sur de México existe un territorio donde la vida y la muerte asumen su complejidad dialéctica. Las instituciones del Estado mexicano reportan cada año cifras “oficiales” relacionadas con la violencia, pero la realidad concreta se percibe de manera distinta debido a que proliferan los homicidios, feminicidios, desapariciones, desplazamientos, entre otras problemáticas relacionadas con la violencia estructural y cotidiana, las cuales se han naturalizado en las conversaciones del día a día.

Consideramos que los números reportados y relacionados con la violencia no son precisos. Son más los hechos que les han obligado a comprender que la paz no es una proclama idealista, sino una forma concreta de vida que el Estado mexicano debe garantizar y la sociedad debe reproducir mediante nuevas formas de relaciones sociales. Así, mientras las estadísticas oficiales narran la muerte, las y los guerrerenses defienden su vida.

Escribir lo que sucede en Guerrero es hablar sobre una sociedad que ha sido obligada a sobrevivir entre historias que encubren el dolor, la desconfianza y la memoria de lo que aspiran a ser. Han aprendido que defender el agua, la tierra o el cuerpo es una causa política, porque en una tierra donde se coexiste con la pobreza, el capitalismo quiere seguir despojándolos de todo, incluso de la vida misma. Por ello observar a Guerrero exige una perspectiva crítica que no se centre en visiones antropocéntricas (que colocar al ser humano como el centro de todo) ni androcéntricas (que considere solo al hombre como el centro de todo), sino que reconozca la vida en su totalidad concreta como valor esencial y fundamental.

Pensar desde un horizonte biocéntrico y complejo, como lo proponen Johan Galtung, Edgar Morin y Boaventura de Sousa Santos, implica reconocer que la paz no es ausencia de conflicto, sino una forma de reorganizar el mundo, de reedificar las relaciones sociales con la naturaleza que han sido quebrantadas por la mercantilización. En Guerrero, la disputa no es solo por la seguridad sino también por un mismo sentido común de la vida. Y aunque los informes gubernamentales insistan en contabilizar la muerte, cada día emergen nuevas formas de esperanza. Porque aquí, incluso entre la violencia y el anhelo de justicia, la paz se construye con sentires, pensares y acciones concretas; como quien, en medio del caos, vuelve a hilar el sentido de vivir.

 

Las cifras: un retrato de la violencia

Las cifras estadísticas son herramientas que sirven para que los gobiernos puedan medir avances e identificar problemas en sus políticas; representan la oportunidad de asignar recursos o de redireccionar acciones que resuelvan las necesidades o problemas de la población. Para la ciudadanía son un instrumento que permite vigilar y evaluar la confianza en quienes tienen en sus manos la toma de decisiones en las cosas públicas que nos atañen a todos.

Por esta razón es necesario que revisemos los números oficiales de la incidencia de violencia en el estado de Guerrero. De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), en 2024 se registraron 1 738 víctimas de homicidio doloso, la cifra más alta desde 2019. De esas muertes, 1 252 fueron causadas por arma de fuego, 59 por arma blanca y 427 por otros medios, lo que confirma la persistencia de un patrón estructural de violencia en el estado, donde la fragilidad de las instituciones es cada vez más amplia y el campo de operación de los grupos criminales se acrecenta.

En ese mismo sentido, en las cifras oficiales de 2019-2025 el número de homicidios dolosos se mantiene arriba de 1 000 víctimas anuales; solo hasta septiembre de este año ya se contabilizaban 1 043. Estos datos son la oración que nadie quiere decir: en Guerrero, la violencia no solo cuenta cadáveres; también siembra miedo, un miedo que se ha adueñado de calles, campos, mercados, escuelas y todo espacio en donde una vida se pueda resguardar.

Para las mujeres las cosas se complican más. De acuerdo a la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021 del Inegi, entre 2016 y 2021 el 68.8 % de la población femenina mayor de 15 años de edad sufrió alguna forma de violencia –física, psicológica, sexual, económica o patrimonial–. Cada herida, golpe o agresión es una grieta más que continúa deteriorando el tejido social y hace que la construcción de paz parezca un estado inalcanzable.

El delito contra la libertad personal, que abarca los distintos tipos de secuestro, revela cifras contradictorias. El Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP) reporta 717 casos en 2019, 560 en 2023 y un salto inexplicable a 2 629 en 2024. Hasta septiembre de este año se registraban 310 víctimas, una variación que deja más preguntas que certezas.

Ahora bien, no es atípico escuchar decir a comerciantes, empresarios y hasta profesores de nivel básico o superior que los están extorsionando. Este problema se presenta en las ocho regiones –Acapulco, Centro, Costa Chica, Costa Grande, Montaña, Norte, Tierra Caliente y Sierra– y, considerando que son más de tres millones de habitantes, es contradictorio el dato que publica el SNSP. Según sus registros, este delito ha disminuido: 289 casos en 2019, 255 en 2020, 227 en 2021, 281 en 2022, 159 en 2023, 98 en 2024, y 88 hasta septiembre de 2025. Las cifran dicen una cosa; la gente vive otra.

La información oficial, más que evidenciar una mejora sustantiva, refleja el miedo de la población y su alto grado de desconfianza en las instituciones responsables de atender este tema. Porque el silencio se vuelve un mecanismo de supervivencia. Las cifras bajan, pero la violencia aumenta.

Para los analistas oficiales resulta más cómodo sostener un discurso mimetizado con la realidad concreta, en el que se sostiene que Guerrero es un estado bronco donde la confrontación surge por todo y por nada; es un estado donde la muerte, la violencia y la sangre forman parte de un supuesto estilo de vida. Ocultar los verdaderos números no sería tan grave si detrás de esa simulación no se escondiera un problema más profundo: la violencia estructural que desde hace décadas ha venido carcomiendo los sueños y las esperanzas de los descendientes de Vicente Guerrero e Ignacio Manuel Altamirano.

Porque en Guerrero, más que un destino trágico, la violencia se ha vuelto una herencia impuesta que el pueblo carga para seguir existiendo; pero en ese contexto, quienes han padecido el olvido institucional y la traición histórica harán lo que sea necesario para que su vida no les sea arrebatada.

Las estadísticas hacen ver a la población de Guerrero como una sociedad fría, distante y conformista, pero es todo lo contrario, porque no pierde su esencia, calidez y dinamismo. Cada registro oficial encierra un duelo, una resistencia silenciosa, una memoria que se niega al olvido. Las cifras son el lenguaje del Estado; las historias son el lenguaje de la gente. Y entre ambos se libra una disputa: la de quienes se niegan a que su tragedia quede reducida a un archivo. Porque en esta tierra, contar las muertes también es una forma de defender la vida.

En 2024, Guerrero registró 1 738 homicidios dolosos, la cifra más alta en seis años. Pero detrás de cada número hay una historia de resistencia que las estadísticas no cuentan.

 

Comunidades y personas que resisten

La necesidad de defender la vida ha hecho que el instinto de sobrevivencia –individual o colectivo– multiplique su resiliencia. Así se pueden contar cientos de historias, como la de Amelia. Tenía 19 años cuando asesinaron a su madre. Esa tragedia la obligó a desplazarse de su tierra; dejó su casa, sus animales, su vida en la Montaña, y llegó a Chilpancingo con sus tres hermanos pequeños. Los crío sola. El mayor es aprendiz de construcción; el segundo, recolector de fruta en California; el menor, pronto será médico. Todos son gente de bien: honestos, trabajadores, sin vicios. Amelia trabajó, estudió y sostuvo a los suyos con una fuerza silenciosa que nunca figurará en ningún registro. No marchó ni buscó reconocimiento; su resistencia fue criar con dignidad. Esas estadísticas ni por asomo las contabilizan.

 

Con resistencia jurídica

Los sistemas de justicia internos vigentes en los pueblos me’phaa, na savi, ñomdaa y nahuas representan uno de los pilares más sólidos de la cohesión social en Guerrero. A través de asambleas, consejos de ancianos y cargos rotativos las comunidades regulan la convivencia, resuelven conflictos y aplican sanciones basadas en la reparación del daño y la reeducación.

Estos sistemas de justicia, reconocidos en el artículo 2º constitucional y en la Ley 701 de Reconocimiento, Derechos y Cultura de los Pueblos y Comunidades Indígenas del Estado de Guerrero, constituyen formas vivas de derecho consuetudinario que garantizan justicia y gobernanza desde la legitimidad comunitaria. En ellos, la cohesión social no depende del control estatal, sino del respeto mutuo, la palabra y la memoria compartida.

Un ejemplo vigente de este sistema de justicia es el de las comunidades indígenas me’phaa y na savi que integran la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias-Policía Comunitaria (CRAC-PC), establecida desde 1995 en la Costa Chica y la Montaña del estado.

Este sistema de justicia comunitaria se fundamenta en las asambleas generales, que son la máxima autoridad, y en la rotación de cargos, que garantiza la participación equitativa y la rendición de cuentas. Los conflictos se resuelven mediante el diálogo, la reparación del daño y el trabajo comunitario, evitando la lógica punitiva del sistema de justicia occidental.

La CRAC-PC actúa conforme a su propio Reglamento Interno de Seguridad, Justicia y Reeducación, reconocido por la Ley 701, que otorga validez legal al sistema de los pueblos originarios.

Este modelo sigue funcionando activamente en más de 60 comunidades en los municipios de San Luis Acatlán, Malinaltepec, Iliatenco, Zapotitlán Tablas, Atlamajalcingo del Monte, Acatepec, Tlacoapa, Marquelia, Azoyú, Juchitán,  Tecoanapa, entre otros, constituyéndose como un ejemplo de autonomía jurídica y cohesión social donde la justicia se ejerce con base en los valores comunitarios, la palabra y la memoria colectiva.

 

Con resistencia económica

Otro ejemplo de lucha son las cooperativas comunitarias de mujeres, campesinos y jóvenes. Un ejemplo emblemático es la Cooperativa de Mujeres Productoras de Miel de la Montaña de Guerrero, que agrupa a comunidades me’phaa y tlapanecas dedicadas a la apicultura sustentable.

A través del trabajo colectivo, estas cooperativas no solo generan ingresos, sino que también promueven una economía de cuidado y reciprocidad en la que el valor del trabajo se mide por su impacto social y ambiental. En medio de la precariedad y la violencia, dichas experiencias reafirman que la cooperación también es una forma de seguridad y dignidad.

 

Cuidado del agua

En la zona rural de Acapulco, la comunidad de Xaltianguis mantiene un sistema comunitario de agua potable administrado por comités ciudadanos, quienes gestionan, reparan y distribuyen el agua con base en acuerdos asamblearios. Ante el colapso de los sistemas municipales y la falta de inversión pública, estas organizaciones han logrado sostener el abasto de agua por más de dos décadas, demostrando que la autogestión comunitaria puede ser más eficaz y transparente que la gestión institucional.

Este modelo de autogestión se replica en distintas localidades de Guerrero. En Tixtla, los colectivos defienden los cauces del río Atzacualoya y el humedal como bienes comunes; en Omiltemi, la comunidad protege los manantiales y el bosque mediante faenas y acuerdos internos. En las comunidades me’phaa y na savi de la Montaña, el agua se cuida como un ser sagrado y fuente de vida colectiva.

En todos estos espacios, la defensa del agua trasciende la gestión ambiental: se convierte en una forma de resistencia frente a la violencia estructural que priva a los pueblos del derecho a existir con dignidad. Cuidar el agua también es defender la vida frente a la lógica extractivista, la corrupción y el abandono estatal.

Desde la mirada de la construcción de paz, estas prácticas comunitarias representan una paz activa, nacida de la solidaridad, el trabajo colectivo y la memoria. Son experiencias donde la comunidad transforma el conflicto en organización y convierte la carencia en posibilidad. En Guerrero, la disputa por el agua es, en el fondo, una disputa por la vida y por el derecho a vivir en paz.

Más de 4 800 personas permanecen desaparecidas en Guerrero. Buscarles no es solo encontrar cuerpos: es defender la vida frente a la impunidad.

Desde la voz

Las estaciones de radio comunitarias se han convertido en herramientas esenciales para la defensa cultural y la organización social. Entre ellas destacan Radio Ñomndaa (La palabra del agua), en Xochistlahuaca; y Radio Uan Mil, en la Montaña Alta. Ambas transmiten en lenguas originarias y han enfrentado persecución por parte de autoridades federales y estatales.

Estas radios no solo difunden información local, sino que también fortalecen el tejido comunitario, promueven el uso de las lenguas maternas, denuncian violaciones a derechos humanos y sirven como canales de alerta ante riesgos de violencia o despojo. En contextos donde el silencio ha sido impuesto, la palabra libre se convierte en una forma de resistencia y de construcción de paz.

 

Las buscadoras

Las organizaciones de madres y padres buscadores se han convertido en una iniciativa que se niega a aceptar la resignación, que se resiste a vivir en una tierra donde a la vida se le ha asignado valor de cambio. Con una pala, una foto y fe que se transforma en coraje, buscan a sus seres queridos y, al hacerlo, también defienden la vida de quienes aún están en casa.

Entre los colectivos que realizan esta labor en Guerrero destacan la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México (AFADEM-FEDEFAM); el Colectivo Unidos por el Estado de Guerrero, Familiares de Búsqueda María Herrera; y el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México, además del trabajo articulado con el Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia Minerva Bello.

De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), en Guerrero existen más de 4 800 personas desaparecidas hasta octubre de 2025. No obstante, dicha cifra contrasta con los hechos cotidianos: cada semana se reportan nuevos casos, muchos de ellos sin denuncia formal, sin búsqueda inmediata y sin acompañamiento institucional.

Por eso, estos colectivos son mucho más que un grupo de búsqueda: son la conciencia moral de un país que no ha sabido garantizar la vida. Su presencia en los campos, cerros y caminos recuerda que buscar a los desaparecidos también es una forma de disputar el sentido mismo de la humanidad y de la paz.

Mención aparte merece el Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia Minerva Bello, con sede en Chilpancingo, que se ha consolidado como una de las principales organizaciones de acompañamiento a víctimas en Guerrero. Su labor trasciende la denuncia: ofrece asesoría jurídica, apoyo psicológico y acompañamiento comunitario a familiares de personas desaparecidas y a víctimas de violencia en un contexto marcado por la impunidad.

Actualmente, el Centro es dirigido por José Filiberto Velázquez Florencio, defensor de derechos humanos reconocido por su trabajo en territorios afectados por la violencia estructural. Bajo su conducción, el Centro ha fortalecido su papel en la defensa integral de la vida, articulando la exigencia de justicia con la recuperación de la dignidad y la reconstrucción del tejido social.

En un estado donde la violencia intenta despojar a las comunidades de su humanidad, el Centro Minerva Bello representa una trinchera ética y civil en la disputa por la vida, recordando que buscar justicia también es una forma de mantener viva la esperanza colectiva.

 

Ciudadanía organizada y expresiones culturales

Este panorama no ha logrado que la ciudadanía cruce los brazos, por lo que han surgido redes civiles, grupos de jóvenes, feministas, profesores y personas defensoras que trabajan desde su espacio inmediato.

Organizaciones como Red Mundial de Jóvenes; Ateneo de la Juventud-Guerrero; Manos Solidarias; Comisión de Paz de la Colectiva 50+1 Guerrero; los Clubes Rotarios; los Clubes de Leones; Grupo Cuicalli, A. C.; Grupo Aca; Manos Mágicas de Guerrero; Inter-Cambio Social, A. C.; Red de Mujeres Empleadas del Hogar; Mujeres de Tlapa; Mujeres Guerrerenses por la Democracia, A. C., entre muchas otras, sostienen con sus manos y su palabra los hilos del tejido social que la violencia ha intentado cortar.

Desde sus territorios impulsan talleres, capacitaciones, círculos de paz, festivales, conferencias, conversatorios, ferias de productos, asesorías, acompañamientos, jornadas de salud, entre otras iniciativas. Todo lo que ayude para articular causas diversas: derechos humanos, educación ambiental, igualdad de género, recuperación económica, etc., y juntos recuperar espacios públicos. En palabras de Boaventura de Souza Santos, amplían la democracia de base, esa que se construye desde abajo y con rostro comunitario.

Las y los hacedores de arte y cultura también aportan desde su trinchera. Aunque es difícil mantenerse de pie, algunos lo han logrado, como el Grupo Casa de Mina, Grupo Playa Revolcadero, Colectivo Tarántula Dormida, Centro Cultural El Tecolote y Grupo Cultural de La Mancha. Este último ha formado generaciones de jóvenes que aprenden a pensar críticamente y a decir desde la escena lo que otros callan.

Resulta lamentable que Chilpancingo, siendo la capital, no hubiera podido sostener el Festival Internacional de poesía Avispero, que duró tres años y en ellos llevó la palabra poética a barrios, colonias y escuelas, probando que la cultura no solo devuelve la voz, sino que también recupera esperanza. Otros espacios, como Arcadia Centro Cultural y El Zanate Azul, también cerraron sus puertas, dejando una semilla sembrada.

La paz en Guerrero no se decreta, se construye: con radios comunitarias, cooperativas, personas defensoras del agua, y padres y madres buscadores que transforman el dolor en organización.

 

Desafíos

La violencia en Guerrero ha sido una herencia histórica que se ha sostenido en una estructura cuya base es la desigualdad, la impunidad, la corrupción y la militarización. Por ello, la vida sigue siendo una apuesta diaria. No hay cifra que mida el miedo ni registro que alcance para nombrar todas las ausencias. Vivir en el sur de México muchas veces es resistir. Pero esa resistencia, que nace del dolor, también es el punto de partida para imaginar algo distinto: una construcción de paz que devuelva sentido a la vida y permita que existir deje de ser un riesgo.

El primer desafío es romper con la impunidad estructural. En un estado que ha permitido que el crimen se naturalice, la justicia se vuelve una forma de esperanza. La paz, desde una perspectiva jurídica crítica, no puede simplificarse a la seguridad; implica analizar en su complejidad las contradicciones del derecho moderno que ha servido como instrumento de simulación al servicio del Estado, sin garantizar a la ciudadanía los derechos a la verdad, a la reparación y a la memoria. Sin justicia, la paz es solo un discurso.

El segundo desafío es reconfigurar el modelo de seguridad. Militarizar la vida pública ha profundizado el miedo y debilitado la confianza. La paz solo puede construirse desde la sociedad civil, desde la comunidad que dialoga y se cuida. Es necesario trasladar el eje del control hacia el cuidado, sustituir la lógica del castigo por penas alternativas y comprender que la seguridad humana comienza donde el Estado escucha.

Otro desafío inaplazable es garantizar las condiciones materiales para vivir con dignidad. La pobreza, la exclusión y el abandono institucional también son formas de violencia. La construcción de paz demanda políticas públicas con perspectiva biocéntrica, donde el acceso al agua, a la tierra, a la educación y al empleo no sea un privilegio, sino derechos efectivos que sostienen el bienestar colectivo.

La educación aquí juega un papel decisivo. Educar para la paz no significa enseñar a callar, sino a pensar críticamente, dialogar y transformar el conflicto sin violencia. Se trata de formar ciudadanía consciente de su historia, capaz de reconocer el dolor del otro y convertirlo en memoria activa. La paz no es algo que se aprende en los discursos; se aprende en la práctica del respeto, la palabra y la justicia.

También es un desafío fortalecer las redes comunitarias que ya existen. En los barrios, en los pueblos, en los colectivos de mujeres, en las personas buscadoras, en las radios o en las cooperativas la gente ha demostrado que la vida se defiende mejor cuando se hace en común. Estas experiencias encarnan una paz imperfecta, cotidiana y activa donde cada acto de cuidado y organización es una forma de reconstruir el tejido social que la violencia quiso romper.

Y quizás el reto más profundo sea reconstruir el sentido común de lo humano. Volver a creer en la palabra, en la empatía y en la posibilidad de vivir sin miedo. En un país donde tantas vidas han sido reducidas a números, construir paz es devolver humanidad, es reconocer que cada existencia tiene valor, historia y derecho a un futuro.

En el sur de México, donde la violencia parece perenne y la esperanza intermitente, la construcción de paz no es una meta abstracta, sino un acto de sobrevivencia colectiva. Es el esfuerzo diario por sostener la vida en medio del caos, por dignificar lo humano frente al poder y por demostrar que, incluso entre la incertidumbre, aún hay quienes siguen apostando por la esperanza.

 

Reflexión final

Escribir de Guerrero es dar a conocer un territorio donde la muerte se ha vuelto costumbre y la vida, un acto de valentía. Pero también es exponer la esencia de un pueblo que, pese a todo, no se ha rendido. Entre el miedo y la esperanza, las comunidades, las madres buscadoras, las radios, las cooperativas y las organizaciones civiles han demostrado que la vida aún puede sostenerse desde la dignidad.

Hoy, el reto más grande de Guerrero –y de México entero– es que la vida deje de estar en disputa. Que no sea necesario morir para ser escuchado, ni desaparecer para ser recordado. La construcción de paz exige transformar el derecho, reinventar el poder y reedificar la cultura, pero también el modo de producir las relaciones sociales. No habrá paz posible si seguimos indiferentes ante el dolor ajeno.

Defender la vida en Guerrero es un acto político, pero también profundamente humano. Es negarse a aceptar que la violencia tenga la última palabra. Es creer, contra toda evidencia, que el bien común aún es posible. Porque en este sur herido, donde la historia se escribe con sangre y esperanza, defender la vida es construir paz y, en el fondo, una forma de seguir creyendo en la humanidad.

* Presidenta de la Comisión de Paz de la Colectiva 50+1 Guerrero.
** Presidente de Inter-Cambio Social, A.C.

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actualidad

Cuando los extremos pierdan, la paz podrá empezar. Entre la herida, la memoria y la posibilidad de un futuro compartido en Israel y Palestina

Esther Kravzov Appel

El ciclo de violencia entre israelíes y palestinos solo terminará cuando ambos renuncien al extremismo, se reconozcan mutuamente y emprendan una paz gradual basada en seguridad compartida y cooperación pragmática.

El conflicto entre israelíes y palestinos ha quedado atrapado en un ciclo de dolor que parece no tener fin. Pero la historia demuestra que ningún pueblo puede vivir eternamente de la herida ni del miedo. La paz no será fruto de la victoria de uno sobre el otro, sino del reconocimiento mutuo, de la seguridad de ambos dentro de fronteras garantizadas y del fin del poder de los radicales que solo saben destruir.

Escribo estas palabras con el corazón pesado, como integrante de una familia judía que encuentra en el Estado de Israel un faro de supervivencia y un testimonio eterno de que “Nunca más” debe ser una promesa real. La creación de Israel, surgida de las cenizas del Holocausto, fue para nosotros una necesidad histórica y moral: un refugio en un mundo que había demostrado su capacidad para la barbarie más absoluta.

Hoy contemplo este conflicto con profunda angustia. Veo a dos pueblos, el israelí y el palestino, atrapados en un ciclo de violencia que parece no tener fin, ambos luchando con la convicción desesperada de que su propia supervivencia está amenazada por la aniquilación del otro.

El trauma es reciente y profundo. Los asesinatos del 7 de octubre fueron un acto de una barbarie atroz que reavivó los peores fantasmas del pueblo judío. La toma de rehenes —hombres, mujeres, niños y adultos mayores— es una herida abierta que grita por justicia y que ningún objetivo político puede silenciar. Comprender el contexto histórico no significa excusar lo inexcusable. Y, al mismo tiempo, sostengo con la misma firmeza que la barbarie de unos no disculpa la barbarie de los otros. El inmenso costo humano en Gaza, la destrucción y el sufrimiento de millones de personas palestinas, provocadas por el ataque del 7 de octubre, no devolverán la vida a las víctimas israelíes; solo sembrarán un dolor que alimentará el ciclo por décadas más.

La paz no será fruto de la victoria, sino del reconocimiento del derecho a existir de ambos pueblos y de abandonar los extremismos que perpetúan el odio, históricos y devastadores.

Miramos al pasado buscando respuestas y encontramos un cementerio de procesos de paz fallidos. Oslo, Camp David, Annapolis… iniciativas que se estrellaron una y otra vez, no solo por desacuerdos políticos, sino por la acción decidida de los radicales de ambos bandos. En Israel, los colonos extremistas que consideran la tierra una promesa divina indivisible; en Palestina, Hamás y la Yihad Islámica, grupos terroristas que han hecho del odio su ideología y que hasta hoy se niegan a reconocer el derecho de Israel a existir o a participar en cualquier diálogo genuino. Ambos extremos comparten algo esencial: el miedo a la paz, porque la paz exige renunciar al absolutismo de su causa. Y es tiempo de decirlo con claridad: los radicales de ambos lados deben aceptar que perdieron, porque su “victoria” solo puede significar la destrucción de todas y todos.

La solución de dos Estados —durante décadas el paradigma de la comunidad internacional— hoy parece una fórmula desgastada y desconectada de la realidad. A menudo se percibe como una imposición externa que no logra sanar las heridas de identidad ni la desconfianza visceral que habita en ambos pueblos. Pero sigue siendo, pese a todo, el punto de partida moral: dos pueblos que deben sentirse seguros dentro de fronteras reconocidas y garantizadas.

Es innegable que la decisión de 1948, el Nakba para las y los palestinos, fue un evento real y traumático que creó un problema de población refugiada y una herida de injusticia que aún supura. Reconocer esta verdad no anula el derecho de Israel a existir; por el contrario, lo fortalece, porque ningún Estado puede sostenerse sobre la negación del dolor del otro.

También es necesario recordar que dentro de Israel viven ciudadanas y ciudadanos árabes con derechos políticos plenos y representación parlamentaria en la Knéset. Esa coexistencia, imperfecta pero tangible, demuestra que la convivencia no es una quimera: puede existir dentro de un marco democrático y plural. 

Debe haber un camino pragmático hacia la paz: desarme de milicias, reconstrucción de Gaza, suspensión de asentamientos y proyectos binacionales para que la población israelí y la palestina vivan sin terror ni humillación cotidiana.

Escenario de paz: la coexistencia gradual y la seguridad mutua

La paz no nacerá de una firma ni de una frontera trazada por la diplomacia. Nacerá de una coexistencia gradual, donde Israel y una autoridad palestina fortalecida compartan intereses concretos: seguridad, economía, agua, energía, salud, educación y medio ambiente. Este escenario intermedio no exige una rendición ideológica, sino una cooperación pragmática, supervisada por la comunidad internacional y acompañada de incentivos reales. Requiere de fronteras reconocidas, seguras y respetadas, con garantías internacionales de seguridad que permitan a las y los israelíes vivir sin el temor al terrorismo y a la población palestina vivir sin la humillación de la ocupación.

Cada paso debe basarse en compromisos verificables: el desarme progresivo de milicias, la reconstrucción humanitaria de Gaza, la suspensión de asentamientos, y la protección efectiva de los derechos humanos. La confianza se reconstruye desde lo cotidiano: un hospital binacional, una planta solar compartida, un programa educativo conjunto. La paz se construye en pequeños gestos antes que en grandes discursos.

Cuando la victoria sea la paz


La paz no es ingenuidad; es lucidez moral. Ambos pueblos necesitan sentirse seguros para poder imaginar el futuro. Ninguno puede seguir siendo rehén del miedo o del fanatismo. La seguridad israelí y la dignidad palestina no son enemigos: son condiciones indispensables de una misma justicia.

La verdadera paz comenzará cuando los líderes de ambos lados sean capaces de pronunciar una frase simple y revolucionaria: “Ya no necesitamos ganar; necesitamos convivir.” Y quizás entonces, una madre israelí y una madre palestina puedan dormir sabiendo que sus hijas e hijos despertarán en un mundo donde el otro ya no es su enemigo, sino su vecino.

¡Basta! Basta de hambre.

¡Basta! Basta de sangre.

¡Basta! Basta de segregación.

¡Basta! Basta de la muerte del otro como solución

¡Que el próximo amanecer sea, al fin, el primero de la esperanza compartida!

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actualidad

Maria Corina Machado

Mauricio Merino

El Premio Nobel de la Paz 2025 a la opositora venezolana María Corina Machado reconoce su lucha democrática y denuncia el fraude de Maduro, pero desata controversia al coincidir con amenazas militares estadounidenses y lecturas geopolíticas.

Es de elogiar la valentía, tenacidad e inteligencia de Machado, quien lideró la oposición en calles y urnas sin miedo y destapó la ilegitimidad del régimen venezolano.

Con algunas notables excepciones, el Premio Nobel de la Paz ha sido un galardón otorgado por razones políticas y, en gran mayoría, lo han recibido profesionales de la política. La lista es larga, desde Theodore Roosevelt hasta Barack Obama, pasando por Woodrow Wilson, Austen Chamberlain, Willy Brandt, Lech Wałęsa, Henry Kissinger, Anwar al-Sadat, Menájem Begin, Mijaíl Gorbachov, Frederik de Klerk, Nelson Mandela, Yasser Arafat, Shimon Peres, Issac Rubin, Jimmy Carter, Al Gore, Juan Manuel Santos y, ahora, María Corina Machado.

Es un premio inevitablemente polémico: una toma de postura de quienes conforman su comité para reconocer personajes y causas que en su opinión merecen visibilidad global y, en consecuencia, para expresar su rechazo a quienes se oponen a las y los galardonados. De aquí que resulte imposible asumir una posición de neutralidad cada vez que se anuncia a quién le será otorgado.

El Premio Nobel de la Paz 2025 llega en un momento tenso: fuerzas estadounidenses amenazan a Venezuela y la distinción se lee como posible legitimación de una invasión armada, lamenta el autor.

María Corina Machado ha encabezado una lucha ejemplar en defensa de la democracia. El premio le ha otorgado nuevos bríos a su causa, después de que se apagaron los ecos derivados del fraude electoral cometido por  Nicolás Maduro, en las elecciones del 28 de julio de 2024, antecedidas por las argucias legaloides que obligaron a la hoy premiada a ceder su candidatura a la presidencia a Edmundo González, quien la suplió en las boletas bajo las siglas de la Plataforma Unitaria Democrática que, según los recuentos independientes, ganó esos comicios con más del 67 % de los votos emitidos. Cuando se celebraron las elecciones, Maduro ya controlaba todos los poderes públicos de Venezuela, de modo que el Consejo Electoral Nacional le otorgó el triunfo con un modesto 51 % de preferencias que nunca pudieron probarse.

Para el gobierno de Venezuela, las elecciones eran un trámite para confirmar el respaldo del pueblo. No podía perderlas y, para evitarlo, utilizó casi todos los medios del catálogo de la represión política en contra de sus adversarios. Sin embargo, el liderazgo y el talento político de Corina Machado lo derrotaron en las calles y en las urnas. Nicolás Maduro perdió legitimidad, abandonó la legalidad y se atrincheró en el populismo autocrático que le llevó en su momento al poder, como heredero del expresidente Hugo Chávez. Nadie podría negar la valentía, la tenacidad y la inteligencia de la ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2025.

El Nobel a Machado celebra a una venezolana que desafió a la dictadura de Maduro, pero su timing, en plena tensión con Washington, carga el premio de lecturas geopolíticas.

Quienes nos oponemos a la consolidación de los gobiernos autoritarios y dictatoriales y defendemos la democracia, celebramos con júbilo el reconocimiento que se le ha hecho a María Corina Machado, por sus méritos propios e indiscutibles. Es una lástima, sin embargo, que ese premio sea otorgado mientras las fuerzas armadas de Estados Unidos amenazan a Venezuela y bombardean impunemente a quienes consideran enemigos de guerra por viajar en lanchas venezolanas, sin pruebas. Es una pena que el Premio Nobel de la Paz esté inexorablemente atado a la ofensiva de Donald Trump y sea leído como parte de una estrategia internacional para otorgarle legitimidad a una invasión armada.

No hay duda de que el gobierno de Nicolás Maduro es producto de un fraude y es artífice de una dictadura. Tampoco hay duda sobre los méritos de María Corina Machado ni sobre la voluntad de la gran mayoría del pueblo venezolano para transitar hacia la democracia. Hacemos votos por que este Nobel de la Paz honre su nombre y contribuya a una transición tersa, sin ser vulnerado por la violencia y las ambiciones coloniales de Donald Trump.

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Asalto al Poder Judicial: una historia de más de 6 años

Jorge Ramos * y Mariluz Roldán **

Entre discursos de respeto y campañas de hostigamiento, la Cuarta Transformación escribió una de las historias más controvertidas del México reciente: la captura política del Poder Judicial. Lo que inició como un proyecto de control en 2018 culminó con la elección popular de ministros y jueces en 2025

El Poder Judicial en México inició una nueva época el 1 de septiembre de 2025, derivado de la elección por voto popular de las y los integrantes del pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), y de varios cientos de magistradas, magistrados, juezas y jueces. Pero el asedio para poseer esta preciada joya de la corona comenzó antes de que Andrés Manuel López Obrador asumiera la Presidencia de la República, el 1 de diciembre de 2018.

Una persona integrante del Consejo de la Judicatura Federal (CJF) relató en octubre de 2018, a unas semanas de que López Obrador asumiera la Presidencia de la República el 1 de diciembre de ese año, que el político estaba explorando cómo hacerse del Poder Judicial. El mismo AMLO había dibujado la idea en su Proyecto Alternativo de Nación para la elección presidencial de ese año.

¿Le interesaba el pleno de la Corte, integrada por 11 ministras y ministros? Sin duda. Pero, de acuerdo con el relato de esa fuente, el entonces presidente electo había recibido información que le llevaba a pensar que, al no contar con las mayorías legislativas (Senado y Cámara de Diputados) para hacer cirugía mayor a la Constitución, necesitaba controlar a la Judicatura.

Los casi 1 600 juezas, jueces, magistradas y magistrados representaban un posible mecanismo de control político y hasta de negocios. Hernán Gómez Bruera, un personaje con un perfil afín a la autodenominada “Cuarta Transformación” o 4T, ha revelado la forma en la que se sometía al control a juzgadoras y juzgadores de todo el país para fines presuntamente de negocios y políticos, en el sexenio de López Obrador.

Gómez Bruera entrevistó el 29 de julio a Hugo Aguilar Ortiz, ministro presidente de la Corte. Lo anunció en la red social X, en donde el togado posó con el más reciente título del periodista: “El ministro del poder”, que no se refiere al recién electo por voto popular, sino donde hace acusaciones de presunta corrupción por parte de Arturo Zaldívar, expresidente de la Corte, y sus colaboradores cercanos. “Tuve la oportunidad de conversar con él sobre mis investigaciones en torno al Poder Judicial. Coincidimos en algo fundamental: el pasado no puede repetirse”, añadió Gómez Bruera.

Los testimonios de juzgadores que dieron la cara para acusar las formas en las que colaboradores de Arturo Zaldívar los presionaban para resolver asuntos en un sentido específico son más que públicos. Lamentablemente, los señalamientos en contra del ministro en retiro no siguieron el curso legal.

“En el pleno del Consejo de la Judicatura Federal votaron a favor de revocar el acuerdo los consejeros Bernardo Bátiz Vázquez y Sergio Javier Molina Martínez, Eva Verónica De Gyvés Zárate y Celia Maya García. En contra de la resolución ¾es decir, a favor de investigar a Zaldívar y otros¾ estuvieron Lilia Mónica López Benítez, José Alfonso Montalvo Martínez y la propia Piña Hernández, quien también preside el consejo y anunció voto particular”, reseñó el diario La Jornada. Vázquez, Molina y Maya hoy están en posiciones relevantes del Poder Judicial reformado, incluso Maya preside el Tribunal de Disciplina Judicial.

¿Cómo comenzó la operación para apoderarse de la Corte y del Poder Judicial? El 8 de agosto de 2018, López Obrador acudió a la sede del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para recibir su constancia de mayoría que lo acreditó como presidente electo, y en su discurso ofreció respeto a los togados.

“En mi carácter de titular del Ejecutivo federal actuaré con rectitud y con respeto a las potestades y la soberanía de los otros Poderes legalmente constituidos; ofrezco a ustedes, magistrados, así como al resto del Poder Judicial, a los legisladores y a todos los integrantes de las entidades autónomas del Estado, que no habré de entrometerme de manera alguna en las resoluciones que únicamente a ustedes competen.

“En el nuevo gobierno, el presidente de la República no tendrá palomas mensajeras ni halcones amenazantes; ninguna autoridad encargada de impartir justicia será objeto de presiones ni de peticiones ilegítimas cuando esté trabajando en el análisis, elaboración o ejecución de sus dictámenes y habrá absoluto respeto por sus veredictos. El Ejecutivo no será más el poder de los poderes ni buscará someter a los otros”, dijo López Obrador.

Sin embargo, Andrés Manuel López Obrador empezó el ataque permanente contra la Corte apenas llegó a Palacio Nacional, desde la conferencia de prensa diaria (que él llamó “Mañanera”), desde su primer día en el poder.

Azul Aguiar Aguilar publicó el libro La independencia judicial en jaque. Ataques al Poder Judicial 2018-2024, de la Fundación para la Justicia, en donde reseña que en 475 “mañaneras”, de un total de 1 646, el presidente López Obrador lanzó algún insulto en contra del Poder Judicial o de sus integrantes, pero no solo lo hacía el jefe del Estado mexicano: en 102 de 423 sesiones de la Cámara de Diputados también se atacó a los juzgadores, mientras que en el Senado se registraron momentos de agresión en 101 de 459 sesiones.

Algunos reportes elaborados por personas expertas que daban seguimiento al discurso de golpeteo también detectaron, entre 2023 y 2024, casi 800 productos, que iban desde notas periodísticas hasta publicaciones en Meta (Facebook) pautados; es decir, que alguien pagó para tener un mayor alcance en esa red social. 

Los registros que poco a poco se van conociendo configuran una estrategia de comunicación que iba desde lo oficial (“Mañaneras”, declaraciones de personajes públicos afines a la 4T), hasta campañas pagadas en redes sociales, algunos de ellos con nombre y apellido y de otros de los que no es posible saber su origen, pero que costaron dinero.

¿Qué más hizo López Obrador? Jorge Ramos publicó en su columna “Recovecos”, del 19 de noviembre de 2018, en el sitio La Silla Rota, que “(Eduardo) Medina Mora, Jorge Mario Pardo Rebolledo y Luis María Aguilar (en ese momento presidente saliente de la Corte) no son bien vistos en la Cuarta Transformación. Por cierto, la Cuarta Transformación va por una depuración en el Poder Judicial, y los ajustes son para transparentarlo y… ¿para tomar el control?” Los testimonios alertaban que AMLO iba por el Poder Judicial, pero se contuvo porque no tenía los votos necesarios en el Congreso.

Uno de los primeros en recibir ataques fue el ministro Luis María Aguilar. ¿Qué causó el enojo de AMLO contra el ministro? Una fuente consultada ha dicho a los reporteros que “no hay mucho misterio: dichos (críticos) de una persona muy próxima al ministro Aguilar llegaron a oídos de López Obrador, incluso en video […]”.

El caso mejor documentado de asedio es el de Eduardo Medina Mora, un personaje difícil de defender. En los primeros meses de 2019 se supo que el exprocurador General de la República, exembajador en Estados Unidos, exdirector del Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (Cisen), hoy Centro Nacional de Inteligencia, iba a ser desaforado. Frente a esa posibilidad, se documentó periodísticamente cómo es el desafuero de un ministro e inclusive se tuvo acceso a bodegas de la Sección Instructora de la Cámara de Diputados en donde había asuntos no resueltos en contra de ministros desde hace décadas.

En el guion estaba escrito el desafuero de Eduardo Medina Mora, pero alguien cambió la trama de la historia. Por fuentes directas se confirmó que el ministro renunciado no quiso someterse a la metralla y al escarnio en el pleno de la Cámara de Diputados. 

En el pasado político de López Obrador aparece Eduardo Medina Mora, quien siendo director del Cisen, fue señalado como uno de los actores políticos presuntamente implicados en los videoescándalos en el sexenio de AMLO como jefe de Gobierno: sus cercanos, empezando por René Bejarano, Carlos Ímaz, entre otros, fueron pillados en sendas grabaciones en video, luego televisadas, recibiendo dinero en fajos, en bolsas de plástico y hasta llevándose las ligas. Eso entorpecía el camino de Andrés Manuel rumbo a la elección presidencial de 2006, que a la postre perdió frente a Felipe Calderón, aunque siempre ha acusado “fraude”.

¿Pero esos odios o rencores cuasi personales fueron la razón para buscar la captura del Poder Judicial? Difícil de dar una respuesta.

Sin embargo, los destellos de esa necesidad siempre los ha tenido. El problema de su desafuero en 2004 fue por desobedecer una orden judicial. En 2006, al entrevistarlo en su cierre de campaña por la Presidencia de la República, se le preguntó si como presidente gobernaría a golpe de decretos, porque en el gobierno del entonces Distrito Federal (hoy Ciudad de México) lo hizo por medio de bandos que daban la vuelta a la ley.

También es famosa su frase “no me vengan con que la ley es la ley” porque refleja su manera de pensar. No olvidemos cuando el propio López Obrador reveló que le llamaba a Arturo Zaldívar, ministro presidente de la Corte de 2019 a diciembre de 2023, para pedirle interviniera en decisiones de juzgadores. Eso de que no habría halcones ni palomas mensajeras quedó en letra muerta.

AMLO necesitaba un Poder Judicial sometido. Nunca perdonó que juzgadores — jueces, tribunales o la Corte— le tiraran alguna decisión que él había tomado, sea en materia energética o el peliagudo caso de la Guardia Nacional. 

Si bien López Obrador pudo proponer como ministras a Yasmín Esquivel, Margarita Ríos Farjat, Loretta Ortiz, Lenia Batres y a Juan Luis González Alcántara Carrancá, no soportó que varios de ellos lo encararan en casos como la Guardia Nacional o la extensión dos años más de la presidencia de Arturo Zaldívar. Con varios de ellos conversaba en privado o recibía documentos en los que los juzgadores le daban santo y seña de por qué se violentaba la Constitución. Eso no le gustó nunca.

Era evidente que el ministro Zaldívar convirtió a la Corte en un parapeto del presidente de la República. Un reportaje en La Silla Rota de diciembre de 2020 así lo documentó. Durante su presidencia en la Corte, uno de los autores de este texto describió ese papel.  

Otro hecho: en 2021, un grupo de legisladores del partido en el poder propusieron una reforma para extender dos años más la presidencia de Zaldívar al frente de la Suprema Corte. La forma de cómo surgió la idea, en qué restaurante se fraguó hasta el nombre del senador que haría la propuesta y quienes compartieron alimentos en esa mesa, da para una novela.

La ministra Margarita Ríos Farjat relató el 20 de agosto de 2025 al periodista Joaquín López Dóriga, en Radio Fórmula, que fue citada a una reunión para revisar este asunto, pero que ella no pudo asistir. No obstante, le envió un escrito donde le hacía ver que esa iniciativa iba contra la Constitución. Los adjetivos proferidos contra la ministra Ríos Farjat no merecen ser transcritos, pero la descalificación fue injusta y grosera.

Otro caso de un ministro que incluso vio perder la amistad que tenía con López Obrador fue el jurista Juan Luis González Alcántara Carrancá, y todo indica que fue por la interpretación de la Constitución que hacía el doctor en Derecho, en especial porque no lo apoyó en el tema de la Guardia Nacional.

En febrero de 2024, López Obrador presentó un paquete de reformas constitucionales que incluía la judicial. ¿Era necesaria? No se han encontrado —en la academia ni entre decenas, quizá cientos, de trabajadores del Poder Judicial Federal— a alguien que pensara que todo era perfecto y no eran necesarios cambios en muchos sentidos.

¿El Poder Judicial era perfecto? No. En 2018, como editor en La Silla Rota, Jorge Ramos impulsó un reportaje que documentó el nepotismo en esa gran estructura.   Lo que se vivió entre 2024 y 2025 fue una andanada de descalificaciones. Si bien con Claudia Sheinbaum se redujo la metralla, las acusaciones de nepotismo y corrupción no amainaron.

Ivonne Melgar escribió en una de sus columnas en Excélsior que Norma Piña fue víctima de violencia política, de género, de calumnia; fue “un ataque misógino a todas las mujeres que aspiran y llegan al poder”, le dijo Sara Lovera a la autora. Otras mujeres de alto perfil, como Georgina de la Fuente, en Opinión 51, o Saraí Aguilar, en Mujeres Más, documentaron esas violencias.

Como es público, ambos autores de este texto fuimos colaboradores de la ministra Norma Lucía Piña Hernández en la oficina de Comunicación Social de la Corte, de abril de 2024 a agosto de 2025. Los hechos que describen el tortuoso camino de espinas que puso López Obrador merecerá varios capítulos en el libro que como cronistas estamos preparando. 

* Jorge Ramos Pérez es egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, con estudios de maestría en Administración por la Universidad Iberoamericana. Fue director general de Comunicación Social de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (abril de 2024-agosto de 2025), y antes fue director editorial y ejecutivo de La Silla Rota, editor y coordinador general de Información en El Universal, donde fue reportero más de una década. Es profesor en la Carlos Septién. Es co-coordinador del libro La historia oscura detrás de la pandemia. El baile de cifras de López Gatell (agosto de 2020).

** Mariluz Roldán Vera es periodista egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tiene más de una década en el ejercicio en medios como El Universal, La Silla Rota y Sumédico. Es coautora del libro La historia oscura detrás de la pandemia. El baile de cifras de López Gatell (agosto de 2020). También trabajó en la Dirección General de Comunicación Social de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

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Foto: Arnaud Jaegers

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Dejar hacer, dejar pasar

Javier Aparicio Castillo *

Análisis crítico sobre el proyecto de sentencia del magistrado Felipe de la Mata Rodríguez Mondragón y el documento de Javier Aparicio, que examina la presunta existencia de una estrategia ilícita y sistemática de distribución de “acordeones” para influir en la elección de ministras y ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como sus implicaciones jurídicas, políticas y democráticas en México.

El pasado 20 de agosto, la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) decidió, por mayoría de tres votos contra dos, validar la elección extraordinaria de la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Unas semanas atrás, el 15 de junio, el Consejo General del INE también aprobó la validez de la elección judicial en otra votación dividida de seis votos a favor y cinco en contra. En dos proyectos de sentencia distintos, el magistrado Reyes Rodríguez y la magistrada Janine Otálora propusieron declarar la nulidad de la elección de los nuevos integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación del pasado 1 de junio de 2025. Ambos proyectos fueron derrotados, pero queda el registro inédito de que dos magistrados y cinco consejeros electorales se pronunciaron por invalidar la elección judicial ante el cúmulo de irregularidades observadas.

¿Puede decirse que la elección del 1 de junio de 2025 proporcionó mayor legitimidad democrática a los nuevos ministros, magistrados y jueces? ¿La elección judicial fortalece la democracia en México? Para responder estas preguntas se requiere, por principio de cuentas, una cuidadosa valoración de la reforma constitucional que dio pie a la elección judicial. En segundo lugar, una evaluación del proceso electoral, así como de sus resultados.

Un proceso viciado de origen

Dejando de lado las virtudes o defectos de la reforma constitucional que le dio origen, es posible afirmar que la elección judicial estuvo diseñada desde un principio para inducir una baja participación, lo cual la haría sumamente vulnerable –o controlable, dirían algunos— a la intervención del mismo gobierno que la impulsó, o bien de quienes tuvieran los recursos para movilizar electores o inducir el voto frente a una boleta compleja e inédita. Veamos por qué.

En primer lugar, la reforma judicial fue aprobada sin el consenso de la oposición, y estableció que el gobierno postularía a dos tercios de las candidaturas, previamente seleccionadas por comités técnicos evaluadores que estuvieron integrados por simpatizantes oficialistas. En segundo lugar, se prohibió la participación de partidos políticos, hecho que en principio no parece una mala idea, pero produjo otro tipo de problemas. En cuanto a la organización electoral, ni los consejos distritales que de manera extraordinaria realizaron el conteo y escrutinio de los votos, ni las mesas directivas de casilla contaron con la misma vigilancia que en procesos ordinarios. Y de manera más sustantiva, en una elección apartidista, cobra mayor relevancia el hecho de que el gobierno cuenta con un nutrido grupo de servidores públicos que pudieron promover el voto de manera ilegal.

Dadas las reglas de la contienda, incluso la mejor de las candidaturas para cualquier cargo judicial estuvo impedida de hacer grandes gastos de campaña y tuvo mínimo acceso a medios de comunicación masiva. Un detalle adicional se volvió clave a la postre: a pesar de ser una elección con base en listas abiertas, las personas candidatas tampoco pudieron hacer campaña “en planilla”. Por último, el presupuesto del INE tuvo el mayor recorte en su historia para encarar una jornada electoral sumamente compleja y cuyas reglas tuvieron que irse redactando con el proceso electoral en marcha.

Un resultado atípico

La elección judicial tuvo una participación electoral de 13%, la segunda más baja en cualquier elección organizada por el IFE o INE, y una cifra récord de votos nulos o recuadros no utilizados. Una elección con baja participación pone en duda tanto la legitimidad democrática del proceso en general como sus resultados en particular. De 2020 a la fecha, se han organizado tres procesos electorales relativamente novedosos –inéditos e históricos, les llaman algunos– en México: una consulta popular en 2021, una revocación de mandato en 2022 y la primera elección judicial este 2025. Sin embargo, estas jornadas solo han tenido una participación electoral de 7.1, 17.7 y 13%, respectivamente.

Las elecciones con baja participación son más susceptibles a afinidades partidistas y mecanismos de movilización electoral y, por tanto, suelen tener resultados más sesgados que las elecciones con mayor participación. Por ejemplo, en la consulta de revocación de mandato del 10 de abril de 2022, hubo 91.8% votos para que el presidente López Obrador siguiera en el cargo, 6.4% en contra y 1.7% votos nulos—una victoria abrumadora para quién promovió la misma consulta. Dada su baja participación, las consultas de 2021 y 2022 no tuvieron resultados vinculantes. A pesar de ello, sus resultados pueden servir para poner en perspectiva la participación electoral observada en la elección judicial de 2025 y se les puede considerar como ejercicios de movilización del oficialismo con miras a elecciones posteriores.

La jornada del 1 de junio de 2025 fue sin duda compleja. No solo fue la primera elección judicial, sino que, por primera vez, se utilizó un sistema de votación con base en listas abiertas. En el caso de la SCJN, cada elector podía votar por hasta nueve personas, cinco mujeres y cuatro hombres, a partir de una lista de 64 candidaturas registradas. De este modo, 12.9 millones de electores emitieron más de 116 millones de votos tan solo para la Corte.

Dado el número de candidaturas registradas, la votación se fragmentó de manera natural: el candidato a ministro más votado, y que presidirá la SCJN, recibió 5.3% de los votos totales, mientras que la candidata ganadora con menos votos recibió 2.8%. Por otro lado, 10.8% de los votos fueron nulos y otro 12% fueron recuadros no utilizados. Se observó tanto una participación mínima como un nivel máximo de votos nulos.

Uno de los aspectos más preocupantes de los resultados de la elección judicial es la extraordinaria homogeneidad de las tendencias de voto a nivel casilla, distrito o entidad, a pesar de tratarse de una elección con listas abiertas de considerable complejidad. A pesar de que existían cientos de miles de combinaciones de votos posibles entre 64 candidaturas, se observa un patrón sistemático entre las personas más votadas en cada entidad: Hugo Aguilar, las ministras Lenia Batres, Yasmín Esquivel, Loretta Ortiz y la exconsejera jurídica Ma. Estela Ríos se encuentran entre las primeras nueve posiciones en 30 entidades del país. Por su parte, el resto de los ganadores –Irving Espinosa, Giovanni Figueroa, Arístides Guerrero y Sara Herrerías–, también quedaron entre las primeras nueve posiciones en 19 entidades. Estos resultados sugieren una fuerte coordinación en los votos, como si estas nueve candidaturas hubieran competido y ganado como una planilla. ¿Cómo pudo ocurrir tal fenómeno?

Correlaciones incómodas

Para abonar a una discusión que considero de gran interés público, el pasado 11 de agosto entregué al TEPJF un documento titulado “Análisis estadístico de la elección judicial en México”, bajo la figura de amicus curiae para diversos juicios sobre la validez de tal elección. Dejando de lado una evaluación exhaustiva del proceso electoral en general, el documento se concentra en analizar los resultados a nivel casilla de la elección para la SCJN y el nuevo Tribunal de Disciplina Judicial (TDJ). Para hacerlo replicable, el insumo central del análisis fue la base de datos de los Cómputos Distritales Judiciales publicados por el INE.

Estos son algunos de los resultados principales reportados con detalle en el documento. En primer lugar, la evidencia de los resultados a nivel casilla sugiere que hubo una participación electoral atípica en un importante número de casillas. Por ejemplo, en 1,224 casillas se registró una participación igual o mayor a 50%, misma que puede considerarse atípica puesto que se encuentra a 3.4 desviaciones estándar por arriba del promedio por casilla. Si bien el INE dejó fuera del cómputo final 818 casillas por razones diversas, existe un conjunto más amplio de casillas cuya participación amerita un escrutinio adicional y que podrían representar indicios de irregularidades.

En una elección libre y auténtica, donde diversas alternativas compiten por el apoyo del electorado, una mayor participación electoral suele tener un efecto contrario al partido o alternativa dominante: a mayor participación, resulta más reñida o fragmentada la votación. En el caso de la elección judicial, se observa una relación positiva y estadísticamente significativa entre la participación electoral a nivel casilla y las tendencias de votación para la Corte.

En varias entidades hubo casillas con más de 40% de participación y donde las nueve candidaturas ganadoras obtuvieron, en conjunto, más de 75% de los votos totales. Este patrón es notorio en entidades como Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Puebla, Tabasco y Tamaulipas. En contraste, en Durango y Veracruz, donde hubo elecciones municipales coincidentes, la relación entre participación y tendencias de voto es mucho más débil. Este hallazgo es preocupante porque, en una elección con baja participación en general, este patrón puede ser un indicio de una votación dirigida o coordinada, en vez de voluntaria.

En tercer lugar, se encontró que la distribución de votos totales por candidatura para la SCJN y el TDJ muestran quiebres o discontinuidades importantes entre las nueve candidaturas más votadas y el resto de los contendientes, mismas que son más notorias y visibles en ciertas entidades. Por ejemplo, solo 13 candidaturas para la SCJN recibieron más de 2.3 millones de votos, mientras que 40 candidaturas recibieron menos de un millón de votos. Estos datos sugieren que la elección fue muy poco competida y fragmentada, a pesar de contar con una lista de 64 candidaturas posibles.

En cuarto lugar, se encontraron correlaciones positivas y significativas entre los porcentajes votos recibidos por todas las candidaturas ganadoras para la SCJN y el TDJ. Por ejemplo, el coeficiente de correlación de Pearson entre los votos de Hugo Aguilar y Celia Maya fue 0.73, mientras que la correlación entre los votos de Lenia Batres y Bernardo Bátiz fue de 0.85.

Estas correlaciones positivas son anómales porque, dado que los resultados electorales son un juego suma cero, uno esperaría correlaciones negativas entre candidaturas que compiten por un mismo cargo –o que, al menos, no hicieron campaña de manera coordinada o como una planilla–: donde unos candidatos consiguen un mayor porcentaje de votos, otros deberían conseguir menos.

En diversos medios, así como en los proyectos de sentencia que proponían la nulidad de la elección, se ha discutido mucho sobre un mecanismo de distribución de guías de votación o “acordeones” que incluyeron, precisamente, los nombres de las nueve candidaturas ganadoras. Aunque es muy difícil evaluar estadísticamente el posible impacto de los “acordeones” con los datos disponibles, los resultados a nivel casilla no parecen mostrar evidencia de una competencia entre acordeones diversos o rivales. Las correlaciones observadas son consistentes con la distribución masiva de cierto tipo de acordeón dominante, o un conjunto de acordeones cuyo denominador común fueron las candidaturas más votadas.

Lo que sí puede hacerse es otro tipo de inferencia y someter a prueba la siguiente hipótesis: si dos o más candidaturas lograron conseguir votos en su favor de manera coordinada, ya sea mediante la distribución eficaz de algún acordeón u otro mecanismo, sus porcentajes de voto deberían mostrar una correlación positiva significativa. Así las cosas, dado que hubo en total 102 candidaturas registradas para la SCJN y el TDJ, la similitud entre los porcentajes de votos obtenidos por candidaturas que aparecían en boletas separadas es muy inusual y puede sugerir una votación inducida.

En conjunto, las tendencias y patrones de votación observados en la elección judicial sugieren que existió una proporción significativa de votos inducidos o coordinados en favor de ciertas candidaturas. Dadas las reglas de la contienda y las características de la boleta, estas anomalías pueden ser indicios de irregularidades que ponen en duda la autenticidad de la votación.

Anular o validar

Según el proyecto de análisis de la validez de la elección de la Suprema Corte de Justicia de la Nación del magistrado Reyes Rodríguez (SUP-JIN-194/2025), se acreditó “la existencia de una estrategia ilícita, coordinada, sistemática y generalizada de distribución de guías de votación (“acordeones”), que constituyó propaganda electoral prohibida” y, además, “tuvo el propósito de influir en el voto de la ciudadanía y que fue determinante para los resultados electorales”. Por último, el proyecto se pronunciaba por “adoptar las medidas pertinentes para salvaguardar la integridad del sistema democrático y garantizar el cumplimiento de los principios constitucionales que rigen los procesos electorales”.

Según el mismo proyecto, se acreditó la existencia de acordeones, mismos que constituían propaganda ilícita, toda vez que las reglas de la contienda solo permitían propaganda individual y no en planillas. En segundo lugar, se acreditó una estrategia de distribución masiva y coordinada de tales acordeones con el fin de influir en el voto ciudadano. Y, en tercer lugar, que tales elementos tuvieron un efecto determinante en el resultado electoral. De manera sustantiva, la propuesta de nulidad se justificaba ante las violaciones graves en la equidad de la contienda, la autenticidad del voto, y la existencia de financiamiento ilícito en apoyo de ciertas candidaturas. Tres de cinco magistrados electorales negaron todos o alguno de estos argumentos y elementos probatorios.

Es claro que el estándar de prueba para anular una elección debe ser el más estricto posible, a fin de respetar la voluntad ciudadana expresada en los votos emitidos. Sin embargo, los magistrados de la mayoría plantearon un estándar de prueba prácticamente imposible de conseguir: evidencia documental de quién financió, distribuyó y recibió los acordeones y, más difícil aún, evidencia de que éstos tuvieron un efecto determinante en la decisión de voto o que existió algún tipo de coacción.

Dada la secrecía del voto, es claro que no se puede determinar si un acordeón determinó el sentido de un voto. Del mismo modo, tampoco se puede saber si una promesa de dádiva o una despensa determina el sentido del voto. Y tampoco se puede saber a ciencia cierta cuántos votos se consiguen con un gasto excesivo de una campaña, o con anuncios espectaculares o spots en radio y televisión. Justo por ello, la evidencia de irregularidades en materia electoral suele ser indirecta.

El problema central planteado por el proyecto de nulidad es que existió una distribución masiva acordeones que favorecieron a ciertas candidaturas que, a la postre, acabaron ganando la elección de manera contundente. Utilizar o no un acordeón frente a una boleta compleja no es ilegal por sí mismo, y hasta puede ser algo esperable en una elección democrática. Sin embargo, producir y distribuir masivamente acordeones, ya sea con recursos públicos o privados, para favorecer a ministras en funciones y a ciertas candidaturas propuestas por el Poder Ejecutivo –o en todo caso realizar campaña “en planilla”–, constituye una ilegalidad que viola los principios rectores de una elección libre y auténtica.

El argumento en favor de declarar la validez de la elección judicial presupone que esta fue, en el mejor de los casos, una especie de competencia entre acordeones donde la ciudadanía decidió libremente si hacerles caso o no.  Por desgracia, la evidencia no sugiere tal tipo de contienda, sino una elección sesgada con gran ventaja para las candidaturas que aparecieron en acordeones ilegales. La evidencia estadística de los resultados de la elección sugiere fuertes indicios de una movilización y un voto coordinado o dirigido en el cual los acordeones pudieron ser el último eslabón de una estrategia mayor.

Si las irregularidades observadas en esta elección no se atienden de manera oportuna, las próximas elecciones estarán comprometidas gravemente. Los vicios y defectos que tuvo la primera elección judicial en México –ya sea por su diseño original, por la premura de quienes la organizaron, o bien porque los tribunales no consideraron los elementos de prueba disponibles–, no deben ser normalizados o ignorados. 

Anular o validar plenamente la elección no eran las únicas dos opciones posibles para un Tribunal constitucional. El tribunal electoral pudo señalar ciertas prácticas o anular un grupo importante de casillas con irregularidades para dejar un precedente de lo que es o no admisible en una elección de este tipo. A lo largo del proceso, el tribunal pudo hacer mucho por mejorar la confiabilidad e integridad de la primera elección judicial en México. Una y otra vez, decidieron ver para otro lado. El que una elección sea “inédita” o “histórica” no implica que represente un avance democrático.

* Profesor-investigador, División de Estudios Políticos, CIDE, A. C.

javieraparicio.net  | x.com/javieraparicio

El presente texto retoma algunas de las ideas expresadas en este documento y en este resumen.

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Acordeones para la Corte: la elección judicial que nació bajo sospecha

Redacción El Diluvio

Propaganda ilícita y financiamiento prohibido que comprometieron la validez de la elección. El caso podría convertirse en una anécdota jurídica

En días pasados, Reyes Rodríguez Mondragón, magistrado de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), propuso en un proyecto de sentencia la anulación de la elección de ministras y ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), la cual se celebró apenas el 1 de junio de 2025. Su argumento: la existencia de una estrategia “premeditada, compleja, coordinada, sistemática y generalizada” de distribución de guías de votación —los llamados acordeones— que habría sido determinante en los resultados de dicha elección.

El asunto no es menor, pues por primera vez en la historia, las y los ministros de la Corte fueron electos por voto popular. Así, el naciente máximo tribunal del país enfrenta la paradoja de que su legitimidad de origen esté en entredicho.

La sentencia que no será

El proyecto de Rodríguez Mondragón parte de una base clara: la prohibición expresa de que partidos políticos o servidoras y servidores públicos intervinieran en la contienda judicial. En este diseño, solo las candidaturas podían financiar propaganda de manera limitada; sin embargo, en los expedientes acumulados ante el Tribunal Electoral se documentaron 3 188 acordeones impresos, 374 evidencias digitales (videos, fotos y publicaciones en redes), y un patrón de distribución nacional en las 32 entidades del país.

Los acordeones no fueron un fenómeno aislado, ya que existieron páginas web dedicadas a su difusión y fue visible una coincidencia sistemática entre las candidaturas promovidas en ellas y quienes finalmente resultaron electos y electas. Más del 70 % de los materiales documentados contenían combinaciones de números que correspondían a las nueve personas ganadoras.

El proyecto concluye mencionando que los acordeones constituyeron propaganda ilícita, implicaron un financiamiento prohibido y, por ende, comprometieron de forma determinante la validez de la elección. Sin embargo, aunque la ponencia es contundente, lo más previsible es que no obtenga la mayoría en la Sala Superior. El caso podría convertirse en una anécdota jurídica: un diagnóstico severo, probado y evidente, pero sin consecuencias prácticas.

La lupa estadística

El análisis estadístico presentado como amicus curiae del proyecto mencionado por el politólogo Javier Aparicio robustece la narrativa de irregularidad. Con datos de más de 84 000 casillas, Aparicio mostró un patrón de participación anómalo: la media nacional fue de apenas 13 %, pero en al menos 1 224 casillas (1.45 % del total) la participación superó el 50 % y en 811 casillas rebasó el 60 %. En 11 casillas se reportó incluso más de 100 % de participación.

De acuerdo con la evidencia, estas irregularidades se concentraron en Chiapas y Guerrero, estados históricamente asociados con movilización electoral atípica. No se trató, pues, de simples “zonas de alta participación”, sino de un patrón estadísticamente improbable que apunta a mecanismos de movilización o coacción.

Más aún: el cruce entre participación y resultados revela que las candidaturas más beneficiadas por los acordeones —Hugo Aguilar, Lenia Batres, Yasmín Esquivel y Loretta Ortiz— obtuvieron resultados significativamente mayores en casillas con participación elevada. La correlación estadística es clara: donde hubo voto atípico, hubo también ventaja para quienes terminaron ganando.

Democracia bajo examen

Más allá de la resolución formal, lo que este episodio revela es el profundo riesgo de haber diseñado una elección judicial sin contrapesos efectivos. El Instituto Nacional Electoral operó con un presupuesto recortado, las casillas carecieron de vigilancia ciudadana y los partidos estuvieron ausentes del proceso por diseño constitucional. El resultado de ello fue terreno fértil para las irregularidades.

La baja participación —solo 13 % del electorado— debilita de entrada la legitimidad del proceso. pero sumada a las evidencias de propaganda ilícita y anomalías estadísticas, la primera elección judicial de México deja un saldo preocupante: un tribunal supuestamente fortalecido por el voto popular, pero con pies de barro.

Lo que queda

Es probable que la sentencia de nulidad no prospere, sin embargo, lo cierto es que ya existe un registro oficial de que la elección estuvo viciada por mecanismos ilegales y estadísticamente demostrables. El precedente debería ser suficiente para replantear de forma seria si este experimento de elección judicial fortalece o erosiona a la democracia mexicana, pues esta no puede darse el lujo de normalizar ni dar por sentadas irregularidades que minan la legitimidad de sus instituciones más altas y fundamentales.

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Pedro Pérez Herrero

Doctor en Historia por El Colegio de México (México, 1981) y la Universidad Complutense de Madrid (España, 1982). Catedrático emérito de la Universidad de Alcalá (desde 2025). Miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Historia (2004). Condecoración de la Orden Mexicana del Águila Azteca, en grado de insignia (2015).

Juan Carlos López Rivera

Web master

Egresado de la Escuela Superior de Cómputo del Instituto Politécnico Nacional, cuenta con más de 17 años de experiencia en el diseño, desarrollo y gestión de soluciones tecnológicas. A lo largo de su trayectoria ha creado y coordinado la implementación de más de 400 sitios web, muchos de ellos con un enfoque estratégico en comunicación institucional, participación ciudadana y rendición de cuentas.

Tuvo un papel destacado en organismos como el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), donde contribuyó al fortalecimiento de plataformas digitales orientadas a garantizar el acceso a la información y promover la transparencia gubernamental en México.

Su experiencia abarca sectores estratégicos, incluyendo instituciones financieras como BBVA y Citibanamex, la firma tecnológica Getronics, así como colaboraciones en proyectos con el gobierno del estado de Nuevo León, organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación digital.

Su trabajo ha sido reconocido por impulsar el desarrollo de portales web de alto desempeño, accesibles y orientados a resultados, algunos de los cuales han sido distinguidos a nivel internacional.

Alberto Nava Cortez

Director de arte

Es lienciado en Diseño Gráfico por la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente cursa el máster en Diseño Editorial y Publicaciones Digitales en la Escuela Superior de Diseño de Barcelona.

Ha sido consejero editorial en el periódico Reforma, jefe de departamento de Diseño en el Instituto Electoral de la Ciudad de México, subdirector de publicaciones y director editorial de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México; fue asesor de Comunicación del rector de la UAM Iztalapapa; asesor de publicaciones en materia de educación cívica en el Instituto Nacional Electoral; asesor editorial en el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y Cooordinador Editorial de la Asociación Mexicana de Promoción y Cultura Social, A. C.

Desde 2013 es director general y socio fundador de La Hoja en Blanco, Creatividad Editorial, estudio de servicios editoriales y publicaciones digitales.

Catalina Botero Marino

Abogada constitucionalista e internacionalista colombiana, reconocida globalmente por su labor en la defensa de la libertad de expresión y los derechos humanos. Fue relatora especial para la Libertad de Expresión de la CIDH (2008-2014), decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes (2016-2020) y copresidenta del Consejo de Supervisión de Contenidos de Meta (Facebook) hasta 2024. Ha enseñado en universidades de América y Europa, dirige la Cátedra UNESCO en Libertad de Expresión de la Universidad de los Andes y es referente en temas como moderación de contenidos, justicia transicional y derecho internacional de los derechos humanos.

Fotografía: Comisión Interamericana de Derechos Humanos

Juan García-Morán Escobedo

Doctor en Filosofía por la UNED, donde actualmente se desempeña como profesor colaborador en el área de Filosofía Moral y Política. Su investigación se centra en los dilemas de la modernidad, con énfasis en el proyecto emancipatorio moderno y su crítica contemporánea. Su enfoque combina análisis teórico con una lectura crítica de los discursos políticos actuales.

José María Hernández Losada

Profesor titular y director del Departamento de Filosofía, Filosofía Moral y Política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España. Doctor en Filosofía Ha impartido clases en programas de licenciatura y posgrado, dirigido tesis y coordinado seminarios sobre racionalidad, política y ecología. Su obra se caracteriza por una mirada crítica y rigurosa sobre los fundamentos filosóficos de lo político.

Dong Nguyen Huu

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Lausanne. Maestro en Sociología (1968) y doctor en Sociología Económica por la Universidad de Sorbonn (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales. París). Fue oflcial superior de Asuntos Electorales y Políticos de la Secretaría de la ONU de 1992 a 2004. Fue coordinador del Proyecto de Asistencia a la Observación Electoral del PNUD-México en 1994, 2000, 2003 y el periodo 2004-2011. Ganador del Premio Joe C. Baxter del International Foundation for Electoral Systems (IFES), en 2018.

Fotografía tomada de: https://vufo.org.vn/Mr-Vietnamese-in-the-United-Nations-14-49405.html?lang=en

Jesús Rodríguez Zepeda

Filósofo político mexicano. Licenciado y maestro en Filosofía, por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y doctor en Filosofía Moral y Política por la Universidad Nacional de Eduación a Distancia (UNED), de España. Profesor-investigador titular “C” en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Iztapalapa, coordina la línea de Filosofía Moral y Política en posgrado. Autor de obras sobre discriminación e igualdad y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Jacqueline Peschard

Socióloga mexicana experta en transparencia, acceso a la información e integridad electoral y doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de Michoacán. Fue consejera electoral del Instituto federal Electoral (IFE) durante el periodo de1996-2003, comisionada y presidenta del Instituto Federal de Acceso a la Información Pública (IFAI) (2007-2014), y presidenta del Comité de Participación Ciudadana del Sistema Nacional Anticorrupción (2017-18). Actualmente es profesora titular en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e integrante de varios consejos y comités académicos.

Amparo Menéndez Carrión

Politóloga uruguayo-ecuatoriana (B.A. en Ciencia Política por la Universidad de Minnesota; MA y PhD por la Universidad de Johns Hopkins/SAIS). Especialista en política comparada, política latinoamericana, y teoría política. Fue directora de la Sede Ecuador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) por dos períodos consecutivos, y vicepresidente de la Asociación Chilena de Ciencia Política. En 2008 recibió del gobierno de Michelle Bachelet la Orden Bernardo O’Higgins en el grado de Comendador, máximo reconocimiento al mérito conferido por la República de Chile a ciudadanos extranjeros. Entre sus obras más conocidas, La Conquista del Voto en Ecuador (FLACSO-CEN, 1986) y Memorias de ciudadanía. Los avatares de una Polis golpeada. La experiencia uruguaya, 3 vols. (Fin de Siglo [2015], 2023), Premio Bartolomé Hidalgo 2016.

Paulo Hidalgo Aramburu

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad de York-Inglaterra. Ha realizado estudios de postgrado en la Universidad de Essex; Master en Estado y Sociedad de la Flacso- sede México y es Doctor en Sociología y Ciencia Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha impartido docencia en las universidades de Chile, Central, Adolfo Ibáñez, Alberto Hurtado, Flacso, y ha sido profesor invitado en la Universidad de Houston, Estados Unidos, en la Universidad Autónoma de Guerrero, México, en la Fundación Pablo Iglesias, Madrid. Ha sido Profesional Directivo del Ministerio Secretaría General de la Presidencia y Director de Estudios de ese Ministerio desde el año 2008 hasta marzo de 2010. Actualmente es profesor de políticas públicas y ciencias políticas en la Universidad de Talca, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, sede-Santiago. Se ha dedicado a las áreas de políticas públicas, estados de bienestar, sistema político chileno y latinoamericano, sociología política y de actores sociales. Ha publicado y editado ocho libros y variados artículos en revistas especializadas sobre estos temas. Su último libro (2011) fue publicado por Uqbar titulado El ciclo político de la Concertación (1990-2010). Su sitio web: www.paulohidalgo.com

María Esther del Campo García

Catedrática de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la misma universidad. Master of Arts en Política Comparada por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Directora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI) entre 2012 y 2015. Es, en la actualidad, decana de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM. Vocal de la Junta Electoral Central de España. Autora de numerosas publicaciones sobre Política Comparada centradas en el análisis institucional de las democracias, especialmente en el ámbito de las políticas sociales y culturales.

Alejandro Katz

Editor, traductor y ensayista argentino. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y realizó estudios de posgrado en Administración en la Universidad Torcuato Di Tella en Buenos Aires, Argentina. Fue director de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica y en 2005 fundó Katz Editores, dedicada a publicaciones en ciencias sociales y humanidades. Es profesor en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y ha impartido cursos en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) y en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Como analista político y cultural colabora con medios como La Nación, Clarín, revista Ñ y El País,  y participa en congresos y festivales literarios y culturales.

Fotografía tomada de: https://ar.radiocut.fm/audiocut/alejandro-katz-en-lamananaentera/

Toby Mendel

Abogado canadiense especializado en derechos de expresión y acceso a la información. Es director ejecutivo del Centre for Law and Democracy, en Halifax, Canadá, y anteriormente lideró el Programa Jurídico en ARTICLE19 durante más de una década. Ha asesorado a gobiernos y ONG en África, Asia, Europa y América Latina, ha publicado investigaciones clave sobre legislación de medios y transparencia, y es conferencista habitual en foros internacionales.

Wendolyn Veana Segura

Coordinadora Administrativa

Licenciada en diseño gráfico, maestra en administración de negocios por la Universidad Tecnológica de México y candidata a doctora en administración pública por el Instituto Nacional de Administración Pública. Actualmente es directora administrativa de Nosotrxs, A.C. y se ha desempeñado como coordinadora administrativa e investigadora en proyectos sobre administración y políticas públicas vinculados con los temas de rendición de cuentas, transparencia y combate a la corrupción, en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Se ha formado como promotora de los derechos de las trabajadoras del hogar y ha colaborado en los proyectos de exigencia de los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y construcción de paz.

Asmara González Rojas

Editora

Doctora en Ciencias Sociales con orientación en Antropología por la Universidad de Guadalajara y maestra en Estudios Internacionales de Desarrollo por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. Es profesora-investigadora de tiempo completo en el Departamento de Estudios Regionales – Ineser del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas (CUCEA) de la UdG, miembro del SNII (Nivel I) y de la Cátedra UNESCO Género, Liderazgo y Equidad con sede en la UDG. Es directora y editora de la revista científica Carta Económica Regional desde 2017.

 

Sus líneas de investigación abarcan los temas de problemas del desarrollo desigualdad, étnicidad, migración de privilegio y políticas públicas. Tiene diversas puplicaciones entre las que se encuentran obras como Diversidad migratoria en Guadalajara y Chapala (2022) y Construyendo espacios de igualdad (2020). Pueden verse en: ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4195-3698. Su experiencia como editora suma más de una década, incluyendo su colaboración en investigación aplicada y de  intervención social en el Instituto de Gestión y Liderazgo Social para el Futuro, A.C. (Indeso).

Jesús Caudillo

Editor

Periodista y maestro en Administración y Políticas Públicas por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Estratega digital mexicano con más de 20 años de trayectoria. Es fundador y director de KiMedia, consultoría de contenidos y marketing digital centrada en comunicación política y social.

Ha sido colaborador en medios de comunicación como El Universal, Televisa y ADN40. En el ánimo de explorar la cultura digital y los nuevos lenguajes de comunicación, ha organizado eventos como el Festival Internacional del Meme –en sus diversas ediciones– y colabora activamente con creadores de contenido en redes sociales, donde llevan a cabo proyectos virales.

Además, participa como conferencista en temas de medios digitales, opinión pública y narrativas políticas, uniendo rigor intelectual con estrategias de engagement innovadoras.

Jorge Javier Romero Vadillo

Director

Politólogo y académico, es profesor‑investigador titular “C” en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Xochimilco y docente de posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Estudió licenciatura en Ciencia Política en la UAM, maestría en Ciencias Políticas en la UNAM y doctorado en Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid; además, tiene un diploma en Derecho Constitucional por el Centro de Estudios Constitucionales de España.

Entre 2004 y 2006 trabajó en el Instituto Federal Electoral como asesor y coordinador de asesores en la Secretaría Ejecutiva. Ha sido parte de la mesa editorial de Nexos, colaborador de la revista Política y Gobierno, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), columnista en medios como SinEmbargo, El Universal y La Crónica de Hoy, y conferencista en instituciones como el CIDE, la UAM, la UNAM y centros académicos españoles.

Sus líneas de investigación se centran en la crisis de la democracia, militarización, política de drogas, gobernabilidad y educación. Ha publicado reportajes como “La crisis de la democracia en el siglo XXI”, en El Diluvio, y textos como “Elegía por la transparencia” en Sinembargo.mx.

Mauricio Merino

Fundador

Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, es profesor‑investigador en la Universidad de Guadalajara donde fundó y dirige el Instituto de Investigación en Rendición de Cuentas y Combate a la Corrupción desde 2020. Fue miembro del Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE) de 1996 a 2003, del cual fue consejero electoral durante la década de los noventa.

Ha sido catedrático e investigador en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), El Colegio de México, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) México, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y la Universitat Pompeu Fabra Barcelona (UPF). Además, fue Public Policy Scholar en el Woodrow Wilson Center y Associate Professor en      University of California San Diego (UCSD).

También coordinó el Programa Interdisciplinario de Rendición de Cuentas del CIDE y presidió la Asamblea Consultiva del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), fue integrante del Consejo Académico del Archivo General de la Nación y de la Comisión de Ciencias Sociales del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt). Fue también miembro del panel de acceso a la información del BID.

Ha publicado obras destacadas como La democracia pendiente (1993), El futuro que no tuvimos (2012), y recientemente Gato por liebre: la importancia de las palabras (2025), un ensayo que busca exponer la manipulación del lenguaje en la construcción del poder. Además, es articulista de El Universal y colabora frecuentemente como experto en diversos medios de comunicación.

Actualmente, es Coordinador Nacional de Nosotrxs por la Democracia, A.C.