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El secuestro del presidente de Venezuela
Pedro Pérez Herrero *
Lo que aconteció durante la madrugada del sábado 3 de enero de 2026 en Venezuela requiere de una reflexión académica. El justificante para emprender la acción militar se centró en declarar que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, eran narcoterroristas que habían introducido cocaína en los Estados Unidos provocando millones de muertos. Esta interpretación permitió a Donald Trump no solicitar el permiso al Congreso, pues no se trataba de emprender una invasión a un país extranjero, sino de una operación de defensa en el que participarían la DEA y la CIA. La captura del presidente de Venezuela y su esposa se produjo tras un rápido ataque del ejército de los Estados Unidos (Delta Forces) contra varios objetivos estratégicos en la ciudad de Caracas y otras partes del país.
Acto seguido, Maduro y su esposa fueron desplazados por helicóptero al buque Iwo Jima que los dirigió a la base naval de Guantánamo, en Cuba, donde fueron subidos a un avión que los transportó a Nueva York para ser ingresados en una prisión a la espera de ser juzgados por los cargos de narcoterrorismo, conspiración para introducir cocaína en Estados Unidos y posesión de armas automáticas. En el documento de acusación publicado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos también se imputó a Diosdado Cabello, ministro del Interior venezolano; Ramón Rodríguez Chacín, exministro; Nicolás Ernesto Maduro, hijo del presidente, y a Héctor Rusthenford Guerrero, conocido como “el Niño Guerrero”, presunto líder de la megabanda venezolana Tren de Aragua, pero ninguno de ellos fue detenido ni deportado a Estados Unidos.
A las pocas horas, Donald Trump declaró que la acción militar había sido un éxito y que la acción se había saldado sin bajas humanas en las tropas estadounidenses. De momento, las autoridades venezolanas han declarado que han fallecido 80 personas, de las que 32 son combatientes cubanos. Pero lo verdaderamente sorprendente fue que a continuación Trump manifestara ante las cámaras de todo el mundo que gobernaría Venezuela hasta que se alcance una transición democrática. El presidente de los Estados Unidos explicó con detalle que la intervención del ejército en Venezuela y la posterior gestión del gobierno no representaría ningún coste a los contribuyentes estadounidenses, pues estaba planeado que todo se financiará con los ingresos obtenidos por las empresas estadounidenses encargadas de la producción y exportación del petróleo venezolano. Subrayó que Venezuela desde ahora comenzaría una nueva etapa en la que sería libre, segura y próspera y advirtió de que no permitiría ninguna injerencia de fuerzas internas o externas en su plan denominado Operación Resolución Absoluta, para lo cual no dudó en referirse a la importancia de restablecer la doctrina Monroe de 1823 que declaró que “América (el continente) era para los americanos (estadounidenses)”, posteriormente redefinida en 1904 y utilizada por Roosevelt para fundar la Organización de los Estados Americanos. Trump repitió varias veces que gracias a su valentía y decisión a partir de ahora el continente estaría más seguro, no dudando en culpar una vez más a los anteriores presidentes estadounidenses de haber dejado cundir el desorden en la región.
Cuando fue preguntado por los periodistas cómo pensaba organizar el gobierno de Venezuela, respondió que encargaría su gestión a las personas que estaban detrás de él –Marco Rubio, Secretario de Estado de los Estados Unidos; Pete Hegseth, Secretario de Defensa; John Ratcliffe, Director de la CIA, y General Dan Caine, Presidente del Estado Mayor Conjunto–. Acto seguido, explicó que se apoyaría en la figura de Delcy Rodríguez, vicepresidenta en funciones de Venezuela de un gobierno que fue elegido fraudulentamente, en vez de haber encargado el gobierno de Venezuela a Edmundo González, ganador de los comicios de julio 2024 en representación de los partidos que conformaron la Plataforma Unitaria Democrática. Llamativamente expresó, ante la consternación de muchos, que no contaba con el apoyo de María Corina Machado, por –según su opinión– no tener el apoyo de los venezolanos.
De todo lo acontecido en esas intensas 24 horas, cabe destacar lo siguiente. Invadir un país militarmente, capturar por la fuerza a la pareja presidencial en su casa y anunciar que Estados Unidos dirigirá un gobierno de transición en Venezuela, representa una intromisión clara en la soberanía de un país extranjero y por tanto una flagrante quiebra de las leyes internacionales. Resultó llamativo comprobar que Trump explicara con detalle cómo se iba a proceder para la producción y exportación de petróleo, pero no se refiriera a cómo se iba a trabajar para restablecer la democracia, las libertades, el orden interno, los derechos de los ciudadanos, combatir la corrupción y la violencia, reducir la inflación, subir los salarios, aminorar el trabajo informal, remodelar la fiscalidad, recortar la deuda, garantizar los alimentos a la población y excarcelar a los presos políticos.
Hay que aclarar que muchas de las voces que en distintos países declararon que la acción de Trump había logrado poner punto final al gobierno de un presidente que había llegado al poder a través de un fraude electoral y que, por tanto, se restablecía de forma inmediata la democracia y el Estado de Derecho en Venezuela, no parece comparecerse con la realidad. Las palabras de Trump dejaron ver sin ambages que está más preocupado por controlar la producción y exportación del del petróleo venezolano que por restablecer el orden y las libertades en Venezuela.
No existen datos, pero todo parece indicar que, por la facilidad con la que se produjo la detención del presidente de Venezuela y su esposa cuando estaban durmiendo en su casa, la acción militar del 3 de enero de 2026 no sólo contó con el apoyo de alguien del entorno cercano del propio presidente, sino además con la connivencia de algunos grupos de poder disidentes del gobierno. No se debió, como explicaron algunos, sólo a la mala calidad de la defensa del presidente por haber sido confiada en manos de expertos cubanos. El hecho de que Trump entregara el mando a Delcy Rodríguez muestra que debió de haber habido un pacto previo con ciertos grupos disidentes del gobierno de Maduro en el que unos se comprometieron a entregar a su presidente y permitir que Estados Unidos controlara la producción y exportación de petróleo a cambio de continuar pilotando los destinos de Venezuela.
Trump estaba informado de que el gobierno de Maduro no tenía una estructura de mando centralizado y vertical, sino que funcionaba como una red de grupos de poder cuyo equilibrio era complicado de mantener. En el gobierno liderado por Nicolás Maduro, el poder no se concentraba en una sola persona, sino que se sostenía a través de la intervención de varios grupos de poder interconectados. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) era el núcleo formal del poder, que controlaba el Ejecutivo, la Asamblea Nacional, las gobernaciones más importantes y muchas de las alcaldías. Sus dirigentes clave eran Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez. Los altos mandos de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas (FANB) dirigían la defensa y la seguridad internas, pero además gestionaban los puertos, las aduanas, la minería, la distribución de alimentos, a la vez que recibían parte de los dividendos generados por la exportación del petróleo. El Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y el Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) vigilaban a los opositores y reprimían las protestas.
El grupo conocido como la boliburguesía, compuesto por empresarios cercanos al poder, recibía contratos públicos para poder actuar de forma monopólica, gestionaba los programas sociales de forma poco transparente, controlaba la distribución de las importaciones y participaba en el negocio del petróleo y la minería a cambio de apoyar al régimen. El sector energético, junto con la empresa Petróleos de Venezuela (PDVSA), se encontraba debilitado, pero seguía siendo estratégico como fuente de divisas. El Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral, además de la Fiscalía y Contraloría actuaban como instrumentos legales para neutralizar a la oposición, validar los resultados electorales y apoyar las decisiones del gobierno. En suma, el gobierno de Maduro se sostenía gracias a un complejo equilibrio entre el PSUV, los militares, el aparato de seguridad, la boliburguesía y las instituciones controladas por el régimen. En la actualidad, el grupo más fuerte eran las FANB, pero no actuaban solos, sino que entrelazaba su poder con el aparato de seguridad e inteligencia. Sin lealtad militar el régimen no se sostenía, pero sin los recursos del petróleo y sin las intervenciones de los restantes grupos de poder el PSUV no podía funcionar.
Venezuela se encuentra ahora en una situación complicada. El gobierno de transición diseñado por Trump, a modo de protectorado, no tendrá fácil garantizar la paz ni el orden interno, pues los distintos grupos pugnarán por mantener sus espacios de poder y ocupar los que han quedado vacantes, los dirigentes que se enriquecieron con la explotación del petróleo tendrán que buscar otros nichos para seguir lucrándose y las instituciones anteriormente controladas por el régimen tendrán que reconfigurarse. Como en cualquier sistema clientelar, la población que apoyaba a Maduro se dividirá siguiendo a los nuevos líderes, mientras que la actual alianza de partidos (Un Nuevo Tiempo, Movimiento por Venezuela, Plataforma Unitaria Democrática / Mesa de la Unidad Democrática) que apoyaron a Edmundo González en la campaña electoral del verano de 2024, tendrá que reacomodarse ante el nuevo escenario creado al haber desaparecido la figura de Maduro.
La unidad de oposición de 2024 funcionaba mientras había un enemigo común. Posiblemente, ahora cada partido diseñará su propio rumbo. No cabe duda de que durante los próximos meses es más que probable que habrá una reconfiguración del mapa político y que por tanto será complicado ver un restablecimiento inmediato de la democracia, la justicia, las libertades, los derechos y el funcionamiento transparente de las instituciones. Se avecinan meses de tensiones. Los más pesimistas auguran un posible baño de sangre. Esperemos que el diálogo y el consenso primen sobre los enfrentamientos.
Estados Unidos ha vulnerado la legalidad internacional y ha abierto un precedente preocupante a nivel mundial. Trump anunció que disponía del ejército más poderoso del mundo y que intervendría en el país que considere oportuno cuando lo crea necesario para favorecer los intereses económicos de los Estados Unidos. Ello demuestra que Estados Unidos se encuentra en un momento de debilidad. Hasta no hace mucho tiempo Estados Unidos era el símbolo de la democracia, las libertades, la eficiencia económica, el progreso y la confianza en el futuro. Durante muchas décadas Estados Unidos invirtió en educación, investigación y tecnología para expandir su poder cultural, político y económico. Ahora ha decidido apostar por imponer aranceles para proteger su producción, en vez de fomentar su productividad y competitividad, y por mostrar su músculo militar (todavía no sabemos el costo en miles de millones de dólares que supuso desplazar una fuerza militar de tantos barcos, portaviones, aviones, helicópteros, soldados, además del gasto en la CIA y la DEA) para hacer ver al mundo que es el país más poderoso del planeta y que por tanto debe ser temido. El blanco elegido en este caso fue Venezuela, por ser un país pequeño, con fuertes tensiones internas, un elevado descontento popular, sin una fuerza militar para responder a Estados Unidos, y sobre todo por ser la reserva de petróleo más grande del mundo. La Operación Resolución Absoluta fue filmada al estilo Hollywood para que todos viéramos en vivo y en directo el poderío militar estadounidense. Maduro fue fotografiado como trofeo de caza con los ojos vendados, las orejas tapadas y las manos atadas como el peor de los delincuentes.
Los historiadores sabemos que cuando los imperios comienzan a perder poder actúan de forma irreflexiva tratando de ganar en el corto plazo por la fuerza de las armas y la intimidación lo que perdieron en el largo plazo. Actúan como un empresario que tras haber perdido su fortuna por su mala gestión trata de recuperar su imperio cuanto antes invirtiendo lo poco que le queda en aventuras empresariales que imagina rentables, en vez de construir otra empresa con bases sólidas. Es como el ludópata que tras haber perdido su capital va al casino y apuesta todo lo que tiene al rojo. Para entender la Operación Resolución Absoluta hay que mirar de reojo a China. Como potencia emergente está actuando de forma contraria a Estados Unidos. Está invirtiendo en educación, investigación, tecnología, construyendo infraestructuras, ofreciendo créditos, expandiendo mercados y estableciendo alianzas. Está mirando al futuro y construyendo una imagen de país en el que confiar. De momento, tiene problemas de credibilidad, pues no es una democracia con las libertades occidentales, ni es un país comunista que haya conseguido eliminar la pobreza y las desigualdades.
El año de 2026 se ha iniciado con negros nubarrones. Se ha depuesto a un presidente que había accedido al poder sin haber mostrado que había ganado las elecciones, pero no sólo no se han puesto las bases para fortalecer la democracia en Venezuela, sino que se ha abierto el camino para que sean las botas de los militares y no los votos de los ciudadanos los que imponga las reglas del juego político en Venezuela y en el mundo. Ahora ha sido Venezuela, mañana podrían ser Cuba o Nicaragua, países pequeños y débiles. Cuba sin el petróleo venezolano caerá por sí misma. Colombia, México o Groenlandia, a las que se ha referido Trump como posibles países para ser intervenidos, son piezas mayores y más complicadas de asaltar. Lo que pone en evidencia la Operación Resolución Absoluta es que Trump mira al pasado (Make America great again) tratando de imponer una parte de la lógica del siglo XIX, el proteccionismo, pero olvidando que lo que hizo grande a Estados Unidos fueron sus libertades y la capacidad creativa e innovación tecnológica.
Venezuela podrá salir adelante tras superar sus tensiones internas, pero Estados Unidos parece haber puesto un nuevo clavo en su ataúd. El mundo ha comenzado a no confiar en Estados Unidos como el faro que era de la democracia, el líder de la tecnología y la innovación y el garante de la seguridad internacional. Estados Unidos se está convirtiendo en un problema y dejando de ser la solución. Representa el pasado en vez del futuro. Por ello hay que extremar la prudencia. Trump es más que probable que haga realidad sus palabras. Ya ha amenazado a países concretos y ha advertido que usará la fuerza militar. Cuando un león está viejo y herido es mucho más peligroso que cuando era joven y tenía todas sus capacidades, pues se ve obligado a cometer actos violentos sabiendo que incluso pueden ser suicidas. La democracia y el Estado de Derecho se construyen lentamente de abajo arriba con la participación de sus ciudadanos; la historia muestra que todos los intentos de construir sistemas políticos por la fuerza de arriba abajo acabaron fracasando. Mucho más cuando la fuerza se impone desde otro país.
* Académico de la Universidad de Alcalá


























